Bernardo Hernández R.
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Jungla del odio
Bernardo Hernández R.
Ha pasado ya más de un mes desde que mataron a Carlos Guadamuz. Yo no sé por qué se tiene que matar a alguien por decir lo que pensamos, creyéndose que de esa forma se van a eliminar las ideas. Por el contrario, las ideas se multiplican cuando se mata a una persona por su manera de pensar. Esto ha sido demostrado por la historia, pero pareciera que por un oído les entra y por el otro les sale. También la historia ha recogido hechos como: “el que a hierro mata a hierro muere”. Pero, ¿por qué llegar a esos extremos de cobardía, si la vida es muy linda para debatir ideas con la palabra y existen miles de formas para contrarrestarlas si no se está en lo cierto, porque con la verdad no se juega?
La verdad es la virtud más grande que Jesús —Nuestro Señor— nos dio para cultivar el amor a la humanidad entera. Por eso la verdad se sabe tarde o temprano. Entonces, no veo por qué privar de la vida a un ciudadano sólo para ocultar su manera de pensar, porque si miente quedará como mentiroso y su palabra no tendrá fuerza moral, además nadie lo seguirá. Y si está diciendo la verdad, ¿qué mejor y que bueno para aplaudirla en vez de asesinarle, como fue el caso del periodista Carlos José Guadamuz Portillo? Ah, pero hay verdades que duelen. Entonces ¿cómo hacemos? El mejor camino que debemos tomar, no es de la venganza ni el de la desverguenza, sino el de la honra, para que la moral camine entre nosotros y podamos llevar todos juntos la carga de la Nicaragua que necesitamos: una tierra llena de paz y trabajo para el desarrollo de nosotros mismos.
En ningún momento podemos avalar un crimen diciendo que fulano o zutano fue muerto “porque miles de nicaraguenses lo odiaban” por su manera de pensar y forma de decir las cosas. Si se tomara esta tesis descabellada como un principio de hacer justicia por las propias manos, habrían tendaladas de muertos. Y más aún, tendrían que desaparecer todos los militantes de un partido o de los demás partidos perdedores, a la hora de las elecciones, porque si pierden es porque la mayoría del pueblo no los quiere. Pero esto no puede ser posible tanto para las personas como para los partidos.
Tampoco se debe tomar como un hecho que miles de nicaragüenses odian a “X” o “Y” persona, porque sería caer en abuso social porque aquí nadie sabe lo que hay en el corazón de los demás. Hagamos a un lado la jungla del odio.
El autor es periodista