Ronald Hill Á[email protected]
Una información de LA PRENSA del domingo 7 de marzo, titulada “Escalada de narcos”, hizo referencia a un informe del Departamento de Estado de Estados Unidos en el que se indican hechos reales que para los ciudadanos de este país en general y de la Costa Atlántica en particular, desfiguran las esperanzas de ver un país libre de pobreza, corrupción e injusticia.
Se indica que en el país existen pistas de aterrizaje utilizadas por los narcotraficantes que violan el espacio aéreo de noche, que se están instalando laboratorios para el procesamiento de drogas, lo que no puede ser combatido por la incapacidad del Gobierno ante la pobreza del país. Además, que en la Costa Atlántica está emergiendo “una incipiente cultura del narco” en la que los pobladores de las comunidades se confabulan con los narcotraficantes brindando apoyo con la logística necesaria y que la droga recuperada en las costas ha influido en un mayor consumo y tráfico interno. También que la fragilidad del sistema bancario es un blanco para el lavado de dinero, proveniente de la narcoactividad. Todo lo anterior es una gran realidad: nuestras instituciones son débiles para hacerle freno a la brutal embestida que el narcotráfico está iniciando contra nuestro país.
Para un joven de la costa Caribe nicaragüense estudiar no resulta atractivo. Estudiar para qué, se cuestionan, si luego de nada sirve el título porque no consigue trabajo, y si lo encuentra le pagan un salario que no cubre sus necesidades. Resulta más fácil ir a la playa a buscar un paquete de cocaína y después venderla: así resuelve las cosas de su familia. Para un policía que recibe un salario miserable resulta atractivo hacerse de la “vista gorda” ante una actividad delictiva en la que puede recibir una mordida equivalente a más de 100 veces su salario. Para un administrador, un juez, aparte de las presiones y consecuencias que puede tener para él y su familia dictar una sentencia que castigue a un narcotraficante, se ve inmerso en una situación extremadamente difícil en la que existe un mundo de intereses, y si no tiene la convicción, el carácter y la seguridad necesaria, éstos regresan nuevamente a las calles para continuar en su actividad. Para el banquero, que maneja constantemente la fórmula del capitalismo, es atractivo que ingresen en sus arcas varios millones de dólares para aumentar su liquidez y ganancias sin pensar en muchos requisitos.
Y las instituciones, ¿qué pasa en ellas? Son éstas las que con su actuar deben dar el valor y la fuerza necesaria a los ciudadanos: pescadores, jóvenes, miembros de la Policía, administradores de justicia y banqueros. Debe existir una institucionalidad fuerte, con principios y valores que estén por encima de cualquier obstáculo para cumplir con ellos. El Presidente de Nicaragua, hoy el ingeniero Bolaños, debe tener como principal preocupación este problema que a diario carcome a toda la sociedad. La lucha contra la corrupción, su principal bandera, debe ser diaria y en todos los niveles incluyendo la narcoactividad.
No es argumento válido recurrir a la pobreza del país para justificar la incapacidad de atacar este mal que acabará con los sueños y esperanzas de las futuras generaciones. La Nicaragua que todos soñamos está en peligro. ¿Hasta cuándo habrá instituciones fuertes, dirigidas por hombres y mujeres que pongan por encima de intereses partidarios el buen nombre de Nicaragua? ¿Será que el Gobierno espera lograr las metas de su Plan Nacional de Desarrollo para después destinar los recursos necesarios para que la Policía Nacional y el Ejército de Nicaragua puedan contrarrestar la embestida del narcotráfico internacional? Este problema requiere no sólo recursos internos sino que el Gobierno de Estados Unidos de Norteamérica, país en el cual se consume casi la totalidad de la droga trasegada por los narcotraficantes, desarrolle un programa conjunto con el Gobierno, con la participación activa de la Policía Nacional y el Ejército de Nicaragua, para fortalecer la capacidad de nuestro país con todos los medios necesarios y poder frenar ese mal que acabará con las esperanzas de todos: con la del hijo del pescador que confabula con el narcotraficante, con la hija del juez que teme por su vida y con la del hijo del banquero que acumula capital.
El autor es zootecnista.
Nueva Guinea, RAAS