Justo Pastor Ramos*
El primero de marzo de cada calendario el periodismo nicaragüense celebra una efeméride más del devenir histórico de la información, efeméride que sin duda alguna fortalece en las mujeres y hombres de prensa el anhelo de libertad e independencia que debe prevalecer en la información escrita, radial y televisiva, así como inspira la fuerza y sana voluntad del periodista humanista y filósofo, cuyo génesis se inscribe en 1866 con don Enrique Gottel, personaje histórico y legendario que como el Teseo griego viene desmadejando desde su lejana Prusia el maravilloso hilo para no extraviar el camino de anacoreta y trovador, al asentarse en nuestro territorio y fundar el primer órgano impreso que habría de conocerse como El Porvenir de Nicaragua, impreso quincenal que él mismo distribuye por Managua, montado en su borrico, y que al desaparecer físicamente continúa la publicación el erudito escritor italiano don Fabio Carnevalini, con la colaboración de los doctores Felipe Ibarra, Felipe de la Fuente Ruiz, Antonio Aragón, Modesto Barrios, Bruno H. Buitrago y Manuel Blanchard, los ingenieros Ronfaut y Federico Dutzeys y la no menos notable de nuestro poeta, Rubén Darío.
Veinte años después, es decir, en 1886, don Fabio Carnevalini, ya experimentado en los avatares de la profesión, funda El Managüense, entre una serie de publicaciones literarias que ya se difunden por León, Granada, Masaya, Rivas y Managua; El Correo de Nicaragua, del polémico escritor don Carlos Selva; El Centroamericano, dirigido por don Anselmo H. Rivas; El Ferrocarril, fundado por el doctor Jesús Hernández; El Termómetro, dirigido por el historiador don José Dolores Gámez; El Constitucional, una publicación diferente a las otras por promover la cultura con un exquisito estilo castelariano; El Diario de Nicaragua, el primer diario del país bajo la dirección de don Anselmo H. Rivas y Rigoberto Cabezas, el cual en 1884 habría de conocerse como El Diario Nicaragüense y cuya línea política se enmarcaba en la ideología conservadora de los treinta años y salía por la mañana. También se publicaban El Ateneo, La Tertulia, El Cardenista, La Verdad, La Unión Nacional, La Tribuna y El Cable, de tendencia política unos y otros de carácter literario, reflejando la imagen del helenismo, inspiración nostálgica de la Hélade inmortal, vinculada culturalmente con el pensamiento literario nacional como en una inaudita universalidad.
Esta corriente periodística habría de continuar entre diversos criterios donde escritores y poetas inspirados bajo el fragor de sus fueros ideológicos manifestaban en las páginas de los medios publicitarios, sentimientos acordes con sus ideas; por ejemplo: Víctor Dubarry, un metafórico de gran imaginación hacía de La Estrella de Nicaragua, una tribuna para la epopeya; José María Moncada, en El Centinela dejaba escapar se ímpetu político y abre intensas polémicas; Buenaventura Selva y José Benito Hernández, dirigen La Opinión Nacional, en cuyas páginas mantienen una marcada intransigencia doctrinaria, don Manuel Riguero de Aguilar funda El Imparcial y El Liberal, el último convertido en un baluarte para la defensa del presidente José Santos Zelaya, y don Leoncio Bello, en 1895 con El Mensajero cierra una época brillante del periodismo nacional del siglo XIX en la que todos los protagonistas alcanzan llegar con sus sueños a los jardines de Venus, despertando bajo la luna de Atenas.
En los albores del siglo XX sale a la luz El Siglo XX bajo la dirección de Abraham Zamora Calderón, dando apertura con gran impulso técnico y científico al desarrollo del periodismo, el cual se enaltece con la fiel fisonomía de un enjambre de célebres periodistas de recia y original personalidad y en la que se advierte un soberbio temple ético cimentado en el valor y la dignidad:
Santiago Argüello, Jerónimo Pérez, Felipe Ibarra, Hildebrando Castellón, Jesús Hernández Somoza, Gustavo Alemán Bolaños, Gratus Halftermeyer, José Antonio Lezcano, Manuel Coronel Matus, Samuel Meza, Mariano Barreto, Enrique Guzmán, Andrés Largaespada, Manuel del Palacio, Rafael A. Ríos, Anselmo Flores Bolaños, Modesto Barrios, Francisco Huezo, Adolfo Altamirano B, Carlos A. Bravo, Alex Escobar, Serapio Orozco, Gabry Rivas, Hernán Robleto, Juan Ramón Avilés, Salvador Buitrago Díaz, Adán Selva, Gustavo Abaunza Salinas, Pablo Antonio Cuadra, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Carlos José Guadamuz y tantos y tantos más pioneros, apóstoles y mártires de las libertades públicas, que con su talento y sacrificio conforman el inmarcesible corolario del periodismo y las letras nicaragüenses que reciben en esta fecha el rendido tributo de admiración eterna que se riega airoso por las arterias del pueblo nicaragüense y como decía Alberto Ortiz:
“Yo no sé que hay en estos crepúsculos de rosa, que da sobre las almas una mano de unción; cuando el sol va regando su mano luminosa siento que riega también mi corazón”.
* El autor es historiador