Todo turbio pero claro

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Todo turbio pero claro





A nadie sorprendió que el asesino del periodista Carlos Guadamuz asumiera toda la responsabilidad, ni si su interés en eludir el juicio público y que lo condenaran de inmediato. Es obvio que el asesino no quiere que se siga investigando el trasfondo del crimen. ¿Por qué? ¿Para encubrir qué o a quiénes?

La verdad es que si no hubiera sido porque el hijo de la víctima impidió que escapara el asesino, la identidad de éste no se hubiera conocido y LA PRENSA no habría podido seguir las pistas de sus antecedentes y conexiones. Y el asesinato de Carlos Guadamuz y el sangriento atentado contra la libertad de expresión hubieran quedado en el misterio.

Sin embargo, al parecer no se quiere y no se va a llegar al fondo del caso. Es obvio que hay poderosos y temibles intereses empeñados en desviar la atención del caso, y en confundir a la opinión pública con desinformación y diversionismo ideológico, para que se acepte acríticamente la versión de que el asesino material de Guadamuz lo mató por su propia iniciativa, sin conexiones con nadie. Y hasta se nos ha amenaza de manera directa e indirecta para que no sigamos investigando y ni siquiera hablando de este asunto.

Lamentablemente, algunos funcionarios de los poderes públicos han ayudado a ese interés, de manera deliberada o involuntaria, con declaraciones acerca de que “tal vez” el móvil del crimen fuera pasional, o que no se debe opinar sobre los posibles móviles del asesinato para no crear más tensiones, pues hasta el Presidente de la República ha sido amenazado de muerte, especulación que fue negada enfáticamente por el presidente Bolaños, y hasta el jefe de la Policía dijo no saber nada de eso.

Por otro lado, es espeluznante el argumento de que al periodista Guadamuz lo mataron porque sus comentarios molestaban a algunos, y que un millón de personas habrían hecho lo mismo. Y es siniestro el planteamiento delictivo de que lo malo no es el asesinato del periodista, sino investigarlo, informar sobre el caso y pedir justicia.

Sin duda que Carlos Guadamuz, con sus diatribas en radio y televisión provocaba la ira de las personas contra las que disparaba los “dardos al centro”, como se llamaba su programa. Pero es monstruoso justificar que lo mataran para silenciarlo. En la sociedad civilizada, inclusive en Nicaragua a pesar de todo, hay mecanismos legales apropiados y efectivos para llamar al orden a quien abuse del derecho a la libertad de expresión, e insulte, difame, injurie o calumnie a otras personas.

Quienes se sentían afectados por las expresiones ofensivas de Carlos Guadamuz pudieron llevarlo a un juzgado y conseguir que un juez lo sancionara de conformidad con lo que establece el Código Penal. Inclusive, con una orden judicial se le habría podido obligar a abstenerse de seguir molestando a quienes ofendía, difamaba e injuriaba.

Sin embargo, prefirieron asesinarlo porque la intolerancia desmedida se vuelve irracional y criminal, y “resuelve” estos asuntos con ajustes de cuentas. Y porque, además, es obvio que con el asesinato de Carlos Guadamuz pretendían atemorizar y silenciar a otras voces críticas que hacen sus investigaciones y denuncias en el marco establecido por la ley y con respeto a la ética de la libertad de expresión.

Pero si bien es cierto que pueden o han podido intimidar, neutralizar y llamar “al orden” a algunos medios de comunicación, eso no lo podrán hacer con LA PRENSA. Nosotros seguiremos ejerciendo el derecho a la libertad de información, de investigación y de expresión, cueste lo que cueste y sin perder la esperanza en que se haga justicia.

Ya es tiempo de comenzar a poner fin a esa percepción vergonzosa que tienen de Nicaragua los observadores extranjeros, de que éste es un país donde con raras y honrosas excepciones no hay políticos, sino ladrones, hampones y matones.

Y con respecto a las amenazas de Daniel Ortega sólo advertimos al pueblo de Nicaragua y la comunidad internacional lo que ocurriría si ese individuo volviera al poder. Y al comandante Ortega le decimos que si no le tuvimos miedo cuando tenía el poder absoluto, menos que se lo tengamos ahora; y que esperamos, con serenidad, que haga lo que quiera.

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