La ética,fundamento de su heroísmo

—Aldo Díaz Lacayo—

Es cierto: las luchas de los pueblos

producen sus propios líderes, pero es la idea la que los catapulta: la convicción de estar en lo correcto, de haber encontrado el equilibrio entre expectativas y medios para lograrlas, de poseer la capacidad para interpretar correctamente el sentimiento político nacional en cada momento histórico.

Es, en consecuencia, la conjunción lucha-idea, o viceversa, idea-lucha, la que descubre a los dirigentes frente a las masas populares, que terminan subyugadas porque sienten que esta lucha-idea-lucha interpreta correctamente sus más sentidas necesidades. Y se adhieren a ella con mayor grado de compromiso y participación cuando las sociedades están en crisis, no siempre advertidas por los pueblos, pero sí por los dirigentes. La dialéctica de la historia convierte en permanente esta conjunción: lucha-idea-lucha-idea hasta el infinito

Augusto C. Sandino es producto en primer lugar de su propia vida, y luego de su acertada interpretación de los sentimientos populares, de su lucha-idea-lucha durante la Guerra Constitucionalista (1926-1927). Cuatro hitos de su biografía hicieron posible su recorrido, desde su Niquinohomo natal hasta el Chipote, y de ahí a la historia.

En primer lugar y sobreponiéndose a su timidez, el encuentro con su padre, Gregorio Sandino, provocado deliberadamente por el niño Augusto Nicolás Calderón para increparlo, exigiéndole la verdad acerca de su paternidad. Una decisión que refleja al mismo tiempo la fortaleza de su carácter y la necesidad de sobresalir en la pequeña sociedad donde le tocó nacer: a los once años quería ser un Sandino, miembro de una de las familias predominantes de su pueblo.

Luego la riña con su amigo Dagoberto Rivas, a quien hiere de bala, situación que lo obliga a ponerse en buen recaudo de la incierta justicia y de la segura venganza. Huida que lo obliga a recorrer los campamentos de las empresas norteamericanas a lo largo de la costa Caribe de Centroamérica, donde cobra conciencia de la justeza las luchas sindicales; y finalmente a México, su verdadera universidad política, que le demuestra la relación dialéctica entre luchas sindicales y la revolución social.

El tercer hito de su vida fue el golpe de Estado de Emiliano Chamorro (1925) contra su correligionario, el presidente Carlos José Solórzano; El Lomazo, que pone a Nicaragua en la agenda de la agitada política exterior de la Revolución Mexicana, en su confrontación con el gobierno de Estados Unidos. Pone a Nicaragua en la agenda de la política exterior de ambos países, ocasión que le hace cobrar conciencia de la crisis política que vivía su patria y que finalmente lo obliga a regresar para participar en su solución.

Hasta ese momento, sin embargo, su idea aún no adquiría ni fundamento ideológico ni estructura política propia. Sólo perseguía el restablecimiento del orden constitucional, roto por El Lomazo. Porque, si bien es cierto que Sandino era un hombre reflexivo y estudioso, era la timidez la característica predominante de su personalidad; una timidez potenciada por su condición de extranjero que lo inhibió de participar públicamente en las actividades de las organizaciones sindicales a las que perteneció.

El siguiente paso ya es parte de su nueva biografía política, el primero de su heroísmo. Después de un año de pertenecer al Ejército Constitucionalista y a raíz de que su Comandante en Jefe, José María Moncada, decide deponer la lucha armada pactando con las fuerzas extranjeras, Augusto C. Sandino percibe claramente que para el pueblo el problema más sentido era la dominación extranjera, la humillación de su nacionalidad. Entonces desarrolla su idea-lucha sobre la base de categorías universales incuestionables: el nacionalismo, el antiimperialismo, la soberanía nacional, y los principios de autodeterminación y no intervención. Y acertó, sólo el apoyo popular explica la larguísima, desigual y efectiva lucha que mantuvo durante siete años (1927-1932), hasta el retiro del último marine-norteamericano porque se quedaron los nacionales.

Nunca superó la timidez, pero, atemperada por la lucha, funcionó como valor exponencial de sus otros dos atributos naturales: la reflexión y el estudio autodidacta. De todas maneras, no logró trascender el límite que a su idea-lucha le impuso el objetivo de la expulsión de Nicaragua del ejército norteamericano. No logró desarrollar un curso de acción alternativo a la retirada de los marines. No logró desarrollar la nueva idea para esta nueva circunstancia. No estaba preparado para las negociaciones políticas, con interlocutores políticos, en el peor sentido de la palabra: “Bola de canallas”, como él mismo les llamaría. Porque la timidez, la reflexión y el estudio se expresaban en el marco de su valor ético: la honestidad y la honradez.

Por eso se le recuerda: por el fundamento moral de su heroísmo. A setenta años de su asesinato, nadie habla de sus acciones militares, pero sí de su ejemplo moral paradigmático. Y aún aquellos que lo reivindican como estratega militar en la táctica de la guerra de guerrillas —como Mao Tse Tung, en China, o el Che en América, para mencionar sólo a dos connotados—, jamás lo valoraron al margen del valor ético de su ejemplo, al contrario siempre lo subrayaron.

Como en el caso de Simón Bolívar, el Libertador, el pensamiento de Augusto C. Sandino trascendió su acción, simplemente por ser auténtico, propio.

El autor es historiador

Editorial
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