José Adán [email protected]
Muy bonito el carro, para qué negarlo: amplio, cómodo, seguro, estable, limpio, presentable y oloroso a “chica fresa”. Un Toyota casi nuevo, modelo 2001, blanco. Pero no tenía cinturón de seguridad al lado del asiento delantero derecho, y fijándome mejor, ni al lado del conductor. Reclamé sin ánimo de pleito, casi como una observación, que no había cinturones y que eso era peligroso.
Walter, señor cristiano, dice él que sin vicios ni malas mañas, me pidió disculpas y me explicó el motivo: una noche de abril del 2003, lo asaltaron un par de rufianes y lo amarraron con los cinturones, los que a punta de navajas, fueron desprendidos para atarlo.
Era de noche, quizás las siete y media; recuerda él que cuando estaba cerca de donde se ubica la Cooperativa Parrales Vallejos, un par de sujetos le hicieron parada y pidieron que los llevara a Sabana Grande.
Va pues, 20 cada uno, y sin chistar, los pasajeros se montaron. Uno adelante, el otro detrás de la silla del conductor. Un segundo había pasado, recuerda Walter, cuando la sangre se le heló sin saber por qué. El miedo le entró en las manos, las sienes y sobre todo en la espalda.
El que iba adelante se quejó del estómago: “Tómese una Alka Seltzer, si gusta pasamos por una farmacia”, se ofreció Walter. Y el hombre que no, iba rápido. Al llegar al sitio donde iban, un árido asentamiento de grandes potreros polvorientos, sintió el miedo convertirse en un frío y puntiagudo puñal en la espalda. Un par de golpes en la nuca, unas amenazas soeces y unas manos callosas apretándole la nuca, le indicaron que sería la última noche de su vida.
–Sacate el mecate, –le dijo el de adelante a su compinche.
–¡No ando, no jodás, te dije que se nos quedó con el maje del Lada!, –respondió el de atrás.
-¡Ala gran puta maje!, siempre te digo que vengás listo, ahora vamos a tener que pasarle la cuenta, –exclamó el de adelante y Walter sintió, más helado que nunca, el frío en la espalda, pero aún así tuvo aliento para defenderse: “No hombre, para qué me van a matar, ahí tienen los cinturones, con eso bien me amarran”. Fue buena idea.
Los cortaron, lo ataron, le quitaron la camisa y lo vendaron. Luego lo patearon en la espalda, donde tenía el miedo alojado, hasta botarlo boca abajo en el suelo polvoriento y frío.
Antes de irse escuchó con terror cómo uno de ellos, al que reconoció por su voz de adolescente rapero, ordenó lo siguiente: “No seas mala onda, dale sus chochadas al otro”. Entonces pensó Walter: “Ahora sí, me fui” y escuchó los pasos ligeros acercándose a su cara: “Tomá loco, ahí dejo tus cosas”.
Una hora después, cuando pudo zafarse de los cinturones de su carro, vio a su lado la cartera con la licencia de conducir, el carnet del seguro, la cédula y otros papeles personales. “Al menos no fue tan maldito”, dice Walter.
Puso la denuncia en la Policía la que, 12 horas después, encontró el carro en la Laguna de Xiloá, sin las llantas y sin batería; con restos de colillas de cigarrillos, olor a humo, latas de cervezas vacías, condones usados y prendas íntimas de mujeres. Desde entonces, Walter siente el miedo en la espalda cada vez que un cliente pregunta por los cinturones de seguridad.