Mercedes Gordillo
El bolero es sin duda el ritmo tropical más romántico, bello, popular y nostálgico de nuestro Continente. Canción del amor feliz, contrariado, tímido, acaso avergonzado. Tema para bailarlo “en un ladrillo”, juntos y abrazados en un estado deslumbrante de ternura o pasión. Provocador de punzantes memorias desde las primeras décadas del siglo XX. Triunfa en este milenio porque el amor como la música y la poesía no termina nunca.
Rafael Hernández, compositor puertorriqueño, creó éxitos inolvidables. ¿Quién no recuerda al Jibarito en su Lamento borinqueño o Capullito de alelí que aún cantamos jóvenes de la primera y la tercera edad, o sea, los mayores, los viejos en el peor de los casos?
Este ritmo fecundo ha abordado temas como la última guerra mundial en la voz inolvidable de Daniel Santos: “Yo ya me voy para la guerra, ya me despedí de mi adorada”. Cuenta la tradición oral que hace muchos años Santos cantó en Managua sobre una tarima colocada en el centro de la Plaza de la República, capturado por la Guardia Nacional somocista por provocaciones de índole bohemia. Aún escucho aquella Virgen de media noche o El perdón de mi vida…
Los amores se pierden fácilmente y Pedro Flores, autor desdeñoso, canta a su amor en la voz de María Luisa Landín, se le fue toda la ilusión en la Vereda tropical.
Y llegó la Sonora Matancera con sus voces, pianos, trompetas. Vicentico Valdez, Bienvenido Granda, Celia Cruz y Celio González, Leo Marini, Carmen Delia Dipini, de voz chillona, cautivó a muchos. Se junta la percusión con grandes melodías, llenando de música: parques, calles, ciudades, roconolas del Caribe, Centro y Sur América.
Como un rey surgió el músico, poeta y loco como le decían a don Agustín Lara, artista bien amado de México, América y España. Son tantas maravillas las que compuso y cantó acompañado al piano que no sé cuál es mejor: Te vendes, quién pudiera comprarte, al amor, que conoció muy hermoso, fugaz y traicionero. Agustín se bebió su propio llanto, vio palmeras borrachas en ojeras femeninas, y eso que solamente una vez amó en la vida. Se sintió pájaro herido y el viento fue su rival. Estuvo en Nicaragua por los años cincuenta y sesenta, trajo violines, un piano de cola, secuestrado aquí por la gente que moría por verlo. Aquel Agustín, flaco, con la mejilla machacada, “el hombre más sexy del mundo” como lo definió “La Doña”. Canta por todos, antes, durante y después: Toña la Negra, Pedro Vargas, Julio Iglesias, Luis Miguel, entre otros.
En Estados Unidos se escuchaba Bluemoon, canción romántica blue en esos días de radio, como Begin the begin de Cole Porter. Quizás, quizás, quizás cantada por Nat King Cole. Mientras Jaramillo en Ecuador lanzaba un juramento con tinta de sangre del corazón. María Greever, suplicaba que contaran sus latidos. El bolero hecho tango de Gardel, “el día que me quieras, las estrellas celosas nos miraran pasar…” Es difícil oír esas palabras, sin morir de amor.
El corazón es profundamente analizado, desde los cancioneros se llega a comparar a las gardenias con tu corazón y el mío. Flor de Azalea… con espumas de un caudaloso río que arrastró la vida durante horas negras como flores negras del destino.
En los cincuenta invade la voz acariciante de Lucho Gatica, chileno de ojos negros. Roberto Cantoral, no concebía la razón de que la distancia es el olvido, Olga Guillot tendrá siempre sabor a mí.
En Cuba, país donde surge el danzón y a principios del XX el bolero, chachachá, la guaracha y otras maravillas, también se lloraba lágrimas negras, sufriendo la negra pena de un extravío, con lágrimas negras como su vida y su amor, ay amor ya no me quieras tanto…
La noche más triste se convierte en noche de ronda, hiere y lastima los corazones, la luna se quiebra porque las rondas hacen daño, se acaba de llorar …Serenatas en las temporadas de mar y juegos de prendas en la arena a través de palmeras y lunas de plata. En la madrugada: despierta dulce amor de mi vida…
Chabela Vargas ruega en el increíble canto de luz de luna por su noche triste. Voces y guitarras mezclada en tríos: Los Panchos, Los Diamantes, Los Tres Reyes con sus Tres regalos: el cielo, la luna y el mar. Los mariachis se hicieron presentes, boleros rancheros. La vanidad se vuelve dorada y tiene alas, cantada como copa triste a capella, o sea, sin ningún acompañamiento por Tania Libertad.
Manzanero avanza en momentos sublimes cuando ve pasar la lluvia, averigua que la semana tiene más de siete días, y aprender a ver la luz al otro lado de la luna. Yo no olvido a la cantante que pide a un pintor, pintar angelitos negros. Tampoco la tristeza de los ángeles negros que dejaron una ciudad vacía, sin mí.
Al paso del tiempo el bolero se convierte en cualquier expresión latina musical: sea tango, cumbia, chachachá, merengue, bachata con Juan Luis Guerra, incluso salsa. Por ahora nosotros que nos queremos tanto debemos separarnos, lo único que te pido es que el reloj del tiempo y la nostalgia no marque las horas para vivir amores eternos… con absoluta sinceridad, la misma de nuestro Rafael Gastón Pérez.
La autora es escritora nicaragüense.