Los colores de la muerte

Freddy Potoy [email protected]

MADRID, ESPAÑA.—El crimen de Carlos José Guadamuz Portillo plantea varias aristas para la reflexión. Las principales las centro en que la seguridad de cada ciudadano en Nicaragua se torna más frágil, la libertad de expresión pende del cañón de una arma de fuego en manos de fanáticos, las discrepancias políticas se pueden pagar con la vida y denunciar los actos de corrupción de funcionarios públicos o políticos, igualmente significaría derramamiento de sangre.

Creí que estas etapas de una sociedad en crisis estaban superadas, pero lo cierto es que no es así. Conversando con algunos nicaragüenses en Madrid y con algunas personas de Catalunya y el País Vasco, pues el panorama de Nicaragua visto desde aquí es lamentable.

Menciono que he conversado con algunas personas de Catalunya y el País Vasco, porque son de las que todavía anidan en sus recuerdos aquellos “momentos bonitos de la cooperación internacional con la revolución sandinista” en la década de los ochenta y les resulta duro admitir que entre los mismos sandinistas se estén matando.

Esperemos qué dicen oficialmente las autoridades. Digo esto porque creo que el caso no llegará más allá de donde lo dejarán llegar. No creo que las autoridades digan quién fue el autor intelectual del crimen contra Guadamuz y no creo que alguien de relevancia política sea juzgado por este hecho, si es que existe alguna responsabilidad directa. Más allá del hechor material y de algún cómplice, no pasará mayor cosa. Ojalá me equivoque, pero lo dudo.

El manto negro de la muerte y el rojo de sangre envolvió a Guadamuz y enlutó una vez más la libertad de expresión en Nicaragua. Es duro pensar que hay personas que todavía no abandonan la cultura de la muerte y siguen pensando que en la “montaña enterrarán el corazón del enemigo”; el problema es que en la propia capital están enterrando el corazón de los que en otros momentos de la vida fueron sus amigos y compañeros de partido.

Con las personas españolas que he conversado y que tuvieron algún vínculo con la revolución sandinista en los años ochenta, estiman que este crimen de Guadamuz perjudica la imagen del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), justo cuando se acercan las elecciones municipales y luego las nacionales.

Después de lo ocurrido a Guadamuz, he pensado en el intercambio de “metralla verbal” que ha sostenido el otrora comandante de la revolución Henry Ruiz, con personajes de la cúpula del partido sandinista. Ruiz ha osado desafiarlos públicamente. El asunto en este otro caso está difícil.

Conozco personas que me han comentado no desde ahora, sino desde hace muchos años que dentro de las filas del FSLN, si hay alguien que tiene temple y autoridad dentro de ellos mismos para decir las cosas como son, ése es Henry Ruiz. Así que creo que el FSLN vive un momento complicado en un contexto estampado de sórdidas situaciones.

Al margen de los ribetes políticos que envuelven el crimen contra Guadamuz, creo que esos líderes políticos que arengan en las tarimas la cultura de la violencia o se plantan en las calles a disparar morteros, así como los funcionarios corruptos, no deben representar un obstáculo para que los periodistas investiguemos y denunciemos sus fechorías.

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