Vuelve la ley del revólver

Joaquín Absalón Pastora*

Volvieron las imágenes de una época que se creyó superada por el ejercicio de la codificación racional. Dentro de la sindéresis está la primacía de la justicia sobre el peso ordinario del plomo.

Cuando miré a Carlos José Guadamuz Portillo convertido en cadáver por “la ley del revólver” que rapiñó una vida valiosa por la valiente exposición de sus ideas —periodista firme y crítico— vi también los restos de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal asesinado hace 26 años en circunstancias distintas pero evidentemente identificadas por la motivación de estrangular a la palabra y de poner en remojos al temor o la valentía de decir la verdad.

De aquel tiempo a éste hubo un oasis por cuanto no cayó asesinado en la misma forma otro periodista nicaragüense de tendencia combativa y controversial.

El matón reeditó a “Cara de Piedra” al planificar el mejor ángulo para vaciar sobre la víctima todo el tambor de su artefacto. Tanto Guadamuz como el pensamiento quedaron transfigurados en un charco de sangre sobre la planicie asombrada.

Fue inevitable cuando vi al colega acribillado hacer el viaje al pasado que la memorización siempre concede, principalmente en las alteraciones del sosiego.

Retrocedo a los años seseta-setenta y dos. El radioperiódico La Verdad se transmitía en esos años en Radio Mundial. Vibraba por la noche y temblaba de madrugada. Carlos hizo sus primeros trabajos periodísticos ahí. Desde muchacho era visitante de aquella catedral del arte y de la información. Casi siempre llegaba acompañado de su “hermano del alma” Daniel Ortega, amistad sublime y sufrida, años después envenenada por las entelequias pasajeras de la terrenalidad. Carlos ya estaba como redactor de planta del radioperiódico por su capacidad y habilidad de síntesis en sus crónicas. Su acompañante quería ser periodista del medio pero impresionó mal su conducta durante una conferencia de prensa a la cual concurrió con carnet de prueba. Se nos decía que los hermanos Ortega eran habitantes estables del barrio Santo Domingo, pero como en ese tiempo Managua estaba vinculada —tenía humanismo citadino— la muchachada estaba inducida por el placer libérrimo de “andar a pie”. El periplo concluía en el barrio San Sebastián y más concretamente en Radio Mundial donde se desplazaban las curiosidades de los jóvenes y de los viejos.

No conocíamos ni Francisco Carranza Chamorro ni el suscrito el deseo de Daniel Ortega de ser periodista. Carlos nos lo presentó diciéndonos: “Aquí les traigo a un prospecto, a un elemento joven con madera para ser periodista: Daniel Ortega”. Éste llegaba en coincidencia con la presentación, con los atuendos de rigor, grabadora, libreta y lápiz. Aceptó la prueba. Paco le dio credencial de principiante. Se le mandó a cubrir una conferencia de prensa presidida por el Ministro de Agricultura de Luis Somoza, de apellido Chamorro. Ya dentro del recinto oficial listo para disparar la primera pregunta, Ortega vio que quien diseñaba la conferencia —el director de relaciones públicas— había trabajado como torturador de la oficina de seguridad. Ahí mismo aseveró que dicho funcionario cuyo nombre quedó en el olvido, lo había torturado. La exclusividad estaba en que había reconocido y denunciado a su verdugo. Eso lo hizo notar públicamente al ministro a quien disgustó la imprudencia del “periodista”. Posteriormente llamó a Carranza para quejarse. Ortega llegó diciéndole: “Traigo la mejor noticia, descubrí que el secretario del Ministro es un guardia torturador y se lo dije”. Paco le rompió el carnet frente a su propio rostro sin más explicaciones que la de decirle que “era un vago comunista”.

Carlos siguió llegando pero solo. Como el escenario nacional se complicaba, también se complicaba su estado nervioso, razón por la cual ausentábase en los días de peligro. Su madre doña Adilia —madre mártir con hijo mártir— llegaba a entregarnos las cuartillas que él nos enviaba desde la clandestinidad. Si el coraje se le subía se presentaba personalmente en la redacción para quedarse a dormir, secretamente guardado en un estratégico “palomar” de la emisora, medida de seguridad ante el peligro que representaba transitar de noche por las calles.

Finalmente, después de no pocas crisis desapareció del escenario para irse al ocultamiento total y aparecer en la hora de las resoluciones.

La muerte de Carlos consterna a Nicaragua.

La tranquilidad de la Patria, vuelve a sufrir.

* El autor es periodista

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