Jorge J. Cuadra V.*
Según los miembros de la Contraloría, el doctor Arnoldo Alemán no tiene nada que ver con el caso de la famosa cuenta de Taiwan, en donde ingresaron casi sesenta millones de dólares para después ser reingresados en diferentes cuentas de bancos de Panamá. Toda la responsabilidad es de los funcionarios del Ministerio de Hacienda y de otros organismos de Gobierno. Todos tienen responsabilidades civiles y penales, sólo el doctor Alemán se mantiene tan blanco como un lirio en medio del pantano.
Por lo que se ve, con el tiempo todos los nicaragüenses le vamos a tener que pedir perdón a esta víctima de la calumnia y de la envidia. Somos como los primos Heredia (los nicaragüenses) con respecto a Antoñito el Camborio (el doctor Alemán), que lo que en otros no envidiamos “ya lo envidiábamos en él”. De acuerdo a los furibundos arnoldistas, los nicaragüenses le envidiamos al gitano de El Chile, las haciendas y las mansiones y los negocios y las cuentas bancarias y los vehículos y todo lo que posee este “esforzado trabajador”, cuyo capital es producto estrictamente del esfuerzo y del trabajo “honrado”.
Lo que muchos nicaragüenses no nos explicamos es cómo este oscuro abogado que en la década de los ochenta se desplazaba en un Lada destartalado, al que frecuentemente le fallaba la batería y tenían que empujarlo, llegó a ser tan rico en menos de una década. Sus negocios de esos tiempos de pobreza eran tan corrientes, como vender huevos o repartir carbón, actividades totalmente honorables, pero a cien años luz de la posición de magnate que ahora ostenta. Para salir de esas llanuras, hay que pegar un buen loteriazo de los de Miami, y que nosotros sepamos, eso no ha ocurrido con el doctor Alemán.
Tiene que haber una explicación bien convincente para justificar tanto éxito económico en tan corto tiempo. Cuando llegó a la Alcaldía de Managua a base de serrucharle el piso al verdadero candidato, Agustín Jarquín Anaya, tenía una posición económica tan estrecha, que a veces que tenía que prestar algunos córdobas para ponerle gasolina al carrito proletario y así poder llegar a las reuniones de Upanic. Sin embargo, al salir de la Alcaldía ya declaraba tener más de novecientos mil dólares de capital. A partir de allí, todo fue un solo éxito y al terminar su período presidencial, su capital sencillamente era indetectable de tan cuantioso y complejo.
¿Cómo explicar tanto éxito en un país en donde todos nos conocemos y sabemos quién es quién? Los señores Pellas declaran dos mil quinientos millones de dólares en activos, pero todos sabemos que tienen cien años de estar trabajando ardua y transparentemente. El otro gran capital, el de los Somoza, todos conocemos su procedencia, pero sabemos también que lo lograron acumular a lo largo de cuarenta años de dictadura.
El capital de la familia Alemán tiene un origen oscuro y de nueva data. Su trayectoria está salpicada de trampas, sombras y chanchullos y la tinta con que se autorizaron todos los recursos del Estado para favorecer tal acumulación de riquezas, aún está húmeda. Desde el Banco Central de Nicaragua, con su presidente a la cabeza, hasta la última oficina de Gobierno, fueron usadas para hacerle la bolsa a este patético reyezuelo que supo comprar las conciencias de muchos funcionarios a base de concesiones, de coimas y de viajes escandalosos, pero según los contralores de la República, el doctor Alemán no aparece implicado en ninguna fechoría.
Por eso digo que con el tiempo le vamos a tener que pedir perdón a este probo varón, que puede decir todo lo que quiera pero jamás va a poder explicar el origen de su escandalosa fortuna.
* El autor es analista político.
[email protected]