La virtud del liderazgo servidor

Irene de Franco*

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La virtud del liderazgo servidor


Irene de Franco*




En la obra “Viaje hacia el Este”, Hermann Hesse cuenta la historia de un grupo de personas que, en búsqueda de iluminación, tratan de ponerse en contacto con una orden secreta de espiritualidad.

En el viaje son atendidos por Leo, un sirviente que hace todo el trabajo desagradable. El servicio de Leo y sus canciones sostienen el ánimo del grupo a lo largo de la jornada hasta que Leo desaparece.

El grupo se pierde y, con la excepción del que narra la historia en primera persona, todos los demás del grupo abandonan la búsqueda. El protagonista continúa con gran sufrimiento físico y emocional y eventualmente se da cuenta que era Leo, su sirviente, quien sostenía al grupo y a él mismo.

Después de ir a la deriva por varios años el narrador encuentra a Leo, quien resulta la cabeza de la comunidad espiritual tan buscada. El protagonista es iniciado en la comunidad y se da cuenta que el sirviente ha sido, todo el tiempo, su líder y mentor.

La historia es resumida por Robert Greenleaf, un autor en temas gerenciales, para introducir la idea del líder servidor, en una aparente oposición de conceptos ya que a la palabra líder siempre se le asocian las palabras poder, influencia o fuerza.

Lo que distingue al líder servidor es que primero es un servidor y después un líder. Es decir, busca entregarse con lo más bueno de sí mismo, no para ser el mejor o el más destacado o para recibir los aplausos, sino para que su grupo, su organización o su país, sea lo mejor y más destacado y para que cada uno de sus miembros desarrolle su potencial y brille.

Esta reflexión me lleva al tema del poder e influencia, tan debatidos y trágicos en Nicaragua. Lord Acton, un profesor de Historia en Cambridge y católico activo ha sido citado muchas veces con su frase de 1870: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto tiende a corromper absolutamente”. Qué mejor ilustración de este dictamen que la reciente trilogía de las películas El señor de los anillos, basada en las novelas del mismo nombre de Tolkien, quien fuera electo en el mundo de habla inglesa como el autor más destacado del siglo XXI, para rabia y desmayo de muchos intelectuales e intelectualoides, llenos de envidia porque aparte de ese honor la edición de los libros (y del Hobbit) supera los 150 millones de volúmenes a nivel mundial.

Tolkien, un profesor de filología en Cambridge y un católico devoto, concibió a lo largo de casi cuatro décadas un mundo y una era llamada la Tierra Media.

No pretendo resumir las más de nueve horas de película, ni tampoco las mil y pico de páginas de los libros mencionados. Basta saber, para los propósitos de esta lección, que la historia gira alrededor del poder malévolo, representado por un anillo mágico que permite realizar prodigios, pero que corrompe y destroza el espíritu.

Le corresponde a Frodo y a un grupo de personajes destruir el anillo en el fuego del Monte de la Condenación. Frodo, así como su sirviente Sam, es un hobbit, un grupo de criaturas similares a los humanos, excepto en sus pies, sus orejas y en su baja estatura, que los hace confundirse con niños. Los hobbits aman su hogar y están interesados en todo menos en las aventuras.

A lo largo de la saga,conocemos a los espantosos jinetes de la noche, reyes que cedieron a la tentación del poder del anillo y fueron transformados en seres suspendidos entre la vida y la muerte, y al repugnante Golum, que arrastrándose habla esquizofrénicamente con él mismo y que fue originalmente un hobbit y ha sido reducido por el anillo del poder a un ser espantoso.

Todos los que logran en la historia ponerse el anillo del poder son poseídos, como títeres, por el poder. Frente a lo malévolo de este poder se opone el sacrificio y el servicio desinteresado.

La misión de Frodo de destruir el anillo no es buscada por él, sino que tiene que asumirla, con miedo y temor, transformándose de un ser alegre y despreocupado en un servidor doliente y sacrificado en busca de un bien mayor.

Sin embargo, el heroísmo de Frodo es superado por su siervo Sam Gamgee. Su papel en la obra y en las películas, es servir a Frodo desinteresadamente y con amor. Es hacer que Frodo persevere en su misión. Sam es la persona común y corriente, pero humilde y lleno de sentido común, entregado a su amigo Frodo.

Es Sam, el siervo, quien carga a Frodo cuando éste se desespera frente al Monte de la Condenación, en cuyo fuego hay que destruir el anillo. Le da ánimo y fuerza. Carga a su señor y le dice “Llegaré, aunque deje todo, aún los huesos por el camino… y llevaré a Frodo a cuestas, aunque me rompa el lomo y el corazón”.

Es Sam quien cuando Frodo, sucumbe a la tentación, trata de impedir que Frodo se pierda para siempre. Al final de la trilogía, uno queda con la firme impresión que no importan tanto los numerosos héroes que Tolkien nos presenta, sino que se necesita un Sam para que el bien triunfe.

Sam, al igual que Leo en la obra de Hesse, es un líder servidor. Primero es servidor y luego líder. Es de las personas que hace posible que el bien triunfe, sin estridencias, ni pompas para él mismo y sin nunca dejar de ser ellos mismos.

Se necesita ser un poco como Sam para que la tendencia del poder a corromper no nos domine y nos desvíe de nuestro verdadero destino y de nuestro verdadero ser.

Finalmente, quiero mencionar al maestro de todos, Sócrates, quien usó la metáfora de una jarra que chorrea para ilustrar la diferencia entre el poder sobre los demás y del poder para los demás.

Dos hombres, dice Sócrates, tienen cada uno una jarra. La del tirano tiene agujeros por todos lados y chorrea, así es, que para estar medio llena necesita rellenarse continuamente de autosatisfacción, riqueza y adulación. Cualquiera, dice el filósofo, puede tener esa clase de poder, refiriéndose a los tiranos.

La persona con la jarra intacta es, en cambio, un símbolo de los que tienen poder auténtico, que de acuerdo con Sócrates, es el dominio de uno mismo, sin ponerle tanta importancia a los bienes materiales y valorando en cambio la virtud y la justicia. Éstas son precisamente las cualidades de un líder servidor.

No deja de ser paradójico que por enseñanzas como éstas Sócrates fue considerado un corruptor de la juventud y condenado a muerte.

* La autora es rectora de la Universidad Thomas More. Artículo basado en su discurso de clausura de la IV Promoción de Licenciaturas e Ingeniería, y la V de Maestría Ejecutiva en Gerencia Empresarial, el tanto de tanto de 2004.

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