Foto 1: Han caminado más de 70 kilómetros de Chinandega al empalme de Izapa, y ya algunos están tan cansados que no pueden caminar, muchos se rinden del desvelo y el cansancio, pero aún faltan cerca de 70 kilómetros para llegar a la capital. Foto2: Un equipo médico de León que atendió a los caminantes, diagnosticó que los campesinos que van en la marcha están mal alimentados, deshidratados, con infecciones en la piel por dormir en el piso, y agotados físicamente.

Peregrinos del Nemagón

Un equipo del diario LA PRENSA acompañó durante tres días la marcha a pie, que de Chinandega a Managua, iniciaron el pasado sábado unos dos mil ex trabajadores bananeros y sus familiares, quienes participan en un juicio masivo contra compañías norteamericanas que produjeron, vendieron y aplicaron Nemagón en haciendas bananeras del Occidente nicaragüense. En silencio, […]

  • Un equipo del diario LA PRENSA acompañó durante tres días la marcha a pie, que de Chinandega a Managua, iniciaron el pasado sábado unos dos mil ex trabajadores bananeros y sus familiares, quienes participan en un juicio masivo contra compañías norteamericanas que produjeron, vendieron y aplicaron Nemagón en haciendas bananeras del Occidente nicaragüense. En silencio, mal comidos y harapientos, avanzan en búsqueda de respaldo gubernamental para una indemnización que parece cercana y a la vez más lejana que los 140 kilómetros que vienen caminando.

José Adán Silva [email protected]

Deja caer el trío de ases sobre el plástico que sirve de mesa y la última carta en mano, un rey de bastos, la coloca bajo la reina del mismo color que yace extendida en una escalerilla de números negros que inicia con el siete. Ha ganado el juego de “desmoche”.

Toma las monedas de la apuesta y, como si fuera una fortuna, las cuenta dos veces antes de guardarlas en la bolsa de la camisa. Arriesgó los últimos 30 córdobas que lo acompañaban, y ahora ha ganado 20 más.

“Ya saqué para la comida del viaje. Con 50 bien le hago capricho” dice sin ánimos un señor al que en el círculo de cartas le dicen Juanillo, quien comparte bajo una enramada de cocoteros, a la orilla del río La Leona, una improvisada mesa de naipes donde cuatro viajeros con destinos similares matan el tiempo en espera del anochecer que les dará el descanso del día, porque ese martes 3 de febrero el alba los sorprendió al término de una marcha silenciosa de 20 kilómetros sobre el asfalto de la carretera León-Managua.

LA ASAMBLEA ES EL DESTINO

El viaje al que hace referencia “Juanillo” es la marcha a pie que junto a unas dos mil personas más, iniciaron los demandantes del Nemagón el pasado sábado 31 de enero. Salieron de mañana de Chinandega, bajo un sol de verano que pica como ácido en la piel. El viaje, tercero en los últimos tres años, implica recorrer a pie los 140 kilómetros de asfalto que separan a ese caluroso departamento del Occidente del país, de la también abochornante Managua.

Cuando LA PRENSA llegó a ellos, la madrugada del martes tres de febrero, los caminantes ya habían recorrido la distancia que los separa de León y estaban asentándose en una finca vecina al puente La Leona, donde el río del mismo nombre, de aguas verdosas y riberas frescas, les serviría de oasis.

Todos venían en silencio en la oscurana fría de los llanos áridos de Occidente. Unos tras otros, en fila india, a las orillas de la carretera. Cargando sus mochilas, sonando los pasos ligeros sobre el piso. Al frente, como estandarte, el pendón nacional azul y blanco se agitaba ante las ráfagas de polvo frío que se levantaba de los patios y azotaba el rostro de los marchistas.

Victorino Espinales, el líder de esos caminantes, y quien llevaba la bandera, y parece que la batuta en esa protesta (porque aunque a pie y silencio, es una protesta), se introduce en una finca y tras él, todos entran.

Recientemente cuatro compañías norteamericanas que ellos acusan de haberles perjudicado al exponerlos a los efectos del plaguicida Nemagón, los contrademandaron en Estados Unidos y los ex trabajadores, muchos de ellos en harapos y analfabetas, fueron acusados por los abogados de las compañías americanas de pertenecer a una mafia internacional (aliada con abogados nicaragüenses y estadounidenses) que mediante falsas pruebas y mañas, quieren estafar a las empresas para arrancarles una gigantesca indemnización de 17 mil millones de dólares.

“Si ya nos mataron en vida, ahora que nos maten de verdad, porque sólo matándome voy a dejar que me roben” dice Cayetano Tobal Guevara, hombre de aspecto bonachón que dice conocer las 44 labores básicas de una finca bananera.

Espinales, quien no abandonó su decente camioneta verde de doble tracción y descansa en una hamaca de manta azul (diferente a los centenares de hamacas de sacos y cabuyas que cuelgan de los árboles) señala que la marcha irá hasta Managua, a plantarse frente a la Asamblea Nacional, para pedir a los diputados, y al presidente Enrique Bolaños, un respaldo para el nuevo reto que enfrentan los ex trabajadores bananeros, en esta pelea judicial que ya lleva más de 10 años.

CÍRCULOS DE CAFÉ Y ESPERANZAS

La tarde de ese martes cayó muy rápido. El día se fue entre baños y lavadas de ropa en el río la Leona, búsqueda de leña en los bosquecitos vecinos, descansos horizontales entre la maleza del lugar e interminables filas de personas que buscaban inscribirse por primera vez en la demanda, ante dos improvisadas mesas plásticas donde inexpertas jóvenes amanuenses contratadas por un bufete de abogados llenaban cuestionarios a nuevos demandantes.

Alrededor de pequeñas fogatas donde hervían frijoles y plátanos, a veces café, se aglutinaban grupos de personas a comentar el caso de sus vidas: “Dicen que ahora sí van a soltar plata”, dice uno por ahí y todos quieren comentar algo en voz baja.

Cerca de un círculo de estos duerme un señor; recostado sobre una toalla con las botas puestas, descansa sobre una mochila azul cuya leyenda dice “Honestidad: Cumplí tu palabra. Jugá limpio. No mintás. No robés. No engañés. Gobierno Bolaños, Nueva Era”.

ENFERMEDADES DE HAMBRE Y POBREZA

Antes de que las sombras llegaran, una camioneta del Ministerio de Salud entró en el lugar y empezó a dar consultas a los ahí presentes.

Ante las doctoras y el cuerpo de enfermeras del Centro de Salud Mántica Verio, los caminantes expusieron sus males: dolores de cabeza, gastritis, dolores de estómago, mareos, ganas de vomitar, hongos y picazones en la piel, ardor al orinar y calambres.

Consultada al respecto del diagnóstico de los enfermos y las causas de sus quejas, la directora del centro médico, Irene Caballero, fue contundente: “No están graves, pero sí muy enfermos. Todo se debe a que están caminando mucho, no se están alimentando bien ni hidratándose lo suficiente y están durmiendo en el suelo. Ahí están los dolores de cabeza y estómago, las chistatas (ardores al orinar), los mareos y las picazones”.

En la noche, en completa oscuridad, apenas se distinguían sombras fantasmales que buscaban las profundidades de las malezas en búsqueda de un lugar donde defecar, o descansar alejado del hedor y los ronquidos que por momentos invadían el improvisado campamento.

LA ESPERA SENSIBLE

A las tres de la madrugada del miércoles 4 de febrero ya todos están en pie, enrollando las hamacas, sacudiéndose el polvo y listos a caminar. Sin órdenes, sin voces, sin luces, inician a caminar en pequeños grupos a orillas de la carretera.

Esta vez fueron 12 kilómetros: del puente La Leona al empalme de Izapa. Al llegar ahí se extendieron por los confines de maleza, polvo y piedra que rodean el lugar. Esta vez, a diferencia de las anteriores estaciones, las hamacas se cuelgan en plena vía pública, bajo las vallas publicitarias de hoteles y bebidas; las pequeñas fogatas arden a orillas del pavimento, y todos procuran conseguir algo de comer, porque aunque van unidos, a la hora de comer se separan y cada cual busca cómo alimentarse en solitario.

Aunque todos parecen muy pasivos, son muy sensibles y están dispuestos a demostrarlo. Un equipo de un Canal de TV que llegó al lugar cuando todos descansaban, les pidió que hicieran una demostración de la marcha, pero que levantaran las manos y gritaran consignas. Ellos lo hicieron, las cámaras los filmaron y se fueron, y ellos quedaron enardecidos, maldiciendo al Gobierno, pidiendo violencia y amenazando con desnudarse (una señora se desmayó al recordar a su marido muerto).

Luego se calmaron y llegó la noche. Al día siguiente (ayer jueves 5 de febrero) se repitió la misma rutina: caminar de madrugada, buscar un lugar donde acomodarse y matar, de algún modo, el tiempo que aún les falta para la próxima caminata rumbo a Managua, donde ellos creen, y esperan, que alguien les va ayudar a conseguir la indemnización prometida desde hace más de una década.

NOTICIAS EN SILENCIO

El amanecer del miércoles cuatro de febrero dejó sin líderes a la masa de caminantes pobres: su líder, Victorino Espinales y cinco dirigentes más, abandonaron la marcha para irse a una reunión urgente a Managua, con las autoridades de la Procuraduría General de la República, funcionarios de la Presidencia, y abogados de las compañías transnacionales.

Más de doce horas después, a las ocho de la noche de ese día, el grupo de negociadores de los caminantes regresó al campamento al aire libre donde aguardaban los campesinos ex bananeros. Muchos, la mayoría, yacían dormidos en sus hamacas y rincones, y unos cientos aún esperaban las noticias de la reunión de Managua.

Cuando por fin llegaron, y empezaban a rodear a sus dirigentes en busca de las noticias, éstos no les permitieron formar el círculo: hoy no, es muy tarde y venimos rendidos, vayan a descansar, mañana les informamos”.

A la mañana siguiente les explicaron los detalles de la reunión: fue una reunión positiva, el Gobierno a través del procurador Víctor Manuel Talavera se comprometió a servir de “facilitador” entre los campesinos y los abogados de las compañías, quienes se mostraron abiertos y dispuestos a negociar. Todos rieron, hubo aplausos y gestos de victoria. Pero los dirigentes estaban aun serios: “Es que la batalla es dura, y no nos confiamos mientras no veamos resultados”, alegaron, antes de retirarse a descansar a sus hamacas.

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