Ariel Granera Sacasa
El miércoles 14 de enero, en la sede de la NASA en Washington, el presidente Bush presentó un ambicioso plan que redefine las prioridades de su Administración en materia de política espacial para los próximos años.
El anuncio del Presidente de Estados Unidos hizo recordar, por su trascendencia, la célebre intervención del presidente Kennedy el 25 de mayo de 1961, orientando a la NASA enviar un norteamericano a la Luna antes de 1970.
Las circunstancias y el entorno internacional en que se produjo el anuncio del legendario Presidente, eran totalmente diferentes a las que existen ahora. En aquel entonces la directriz presidencial se inscribía en el marco de una intensa competencia con la Unión Soviética por la supremacía en el espacio, durante un período álgido de la guerra fría.
Hoy la URSS ya no existe, la bipolaridad en el ámbito internacional desapareció y Estados Unidos ejerce en un mundo unipolar una supremacía tecnológica, económica y militar, que le ha dado un giro radical a las relaciones internacionales.
El plan del presidente Bush prevé reenviar astronautas a la Luna entre el 2015 y el 2020 a fin de establecer allí una presencia humana permanente e instalar una base de lanzamiento para futuras misiones habitadas al planeta Marte, alrededor del 2030, y hacia mundos situados más allá. “No sabemos dónde este viaje parará, pero sí sabemos que los seres humanos están orientados hacia el Cosmos”, resaltó el Presidente en su intervención.
No obstante este nuevo giro en su política espacial, Estados Unidos reiteró que va a cumplir los compromisos contraídos con sus quince socios de la Estación Espacial Internacional (ISS), y en tal sentido anunció que recomenzarán en cuanto les sea posible los vuelos de las tres naves espaciales disponibles después de la destrucción del Challenger en 1986, y del Columbia hace un año, el programa de las actuales naves espaciales se terminará en el 2010 cuando la construcción de la ISS habrá concluido. Paralelamente la NASA va a iniciar el desarrollo de un nuevo vehículo espacial Crew Exploration Vehicle (CEV, por sus siglas en inglés), su primera creación de este tipo después del programa Apolo, el módulo de exploración lunar de los años sesenta. Se prevé iniciar sus pruebas a partir del 2008 y que esté en capacidad de realizar vuelos habitados en el 2014. Mientras tanto, a partir del 2010 los viajes a la ISS deberán ser asegurados con lanzadores europeos o rusos.
Las misiones enviadas a la Luna tienen por objeto reducir los costos de expediciones ulteriores, ya que el lanzamiento de vehículos espaciales a partir de la Tierra es caro, debido a la fuerza de gravedad.
Según diferentes expertos, trazarse la Luna como un objetivo en sí no es de mayor interés desde un punto de vista científico. Para ellos su verdadero sentido está en ser utilizada como trampolín para la colonización de Marte, ya que, por ejemplo, las pruebas de re-despegue y aterrizaje de futuros vehículos espaciales hay que hacerlas a partir de un cuerpo planetario.
Estos mismos expertos consideran que la utilización de la Luna reviste también otros intereses diversos, como por ejemplo servir de soporte para la instalación de telescopios de un alcance y potencia hasta hoy desconocidos y por el potencial que ofrece para la utilización del mineral Eliu 3, abundante en su seno, y que no emitiendo ningún neutrón es para los ingenieros nucleares el combustible ideal de un futuro reactor de fusión.
El hecho que se haya presentado este proyecto en un año electoral, cuando el presidente Bush deberá buscar su reelección, no ha dejado de provocar suspicacias políticas en determinados sectores, que han llegado incluso a tildarlo de oportunismo electoral. Por otra parte se han elevado voces a lo interno de Estados Unidos cuestionando destinar tanta cantidad de recursos al programa espacial, cuando existen serios problemas con el déficit presupuestario y un debate abierto en relación con las asignaciones para salud y educación.
No se sabe con certeza cuánto costará este ambicioso programa. Algunos han adelantado cifras del orden de los 800,000 millones de dólares. En todo caso la NASA ha declarado que continuará gastando menos del uno por ciento del presupuesto federal anual.
Independientemente de cual sea su costo total y de las inevitables dificultades tecnológicas que implicará ponerlo en práctica, este programa pone a la humanidad a las puertas de una extraordinaria epopeya cuyos límites y dimensiones son difíciles de imaginar por ahora.
El autor es diplomático, asesor del Canciller de Nicaragua.