Ana María Ch. de Holmann
Alicia, ¡qué bonita que estás!, le dije, al mirarla en su sueño eterno con su vestido blanco de cuentecitas, apretando un Cristo con sus manos y una tenue sonrisa en sus labios. Así solía decirme a mí y a muchas otras personas: ¡Qué bonita estás! Y yo iba ligero a verme al espejo, cayendo en la tentación; y nada, igualita estoy, entonces le decía que era una mentirosa.
Pero ahora, ¡Alicia estaba bonita! Es cierto, ella está con la paz del Señor, ahora conoce a Dios como Él la conoce a ella, quien se ha vuelto niña y está sentada en las rodillas del Padre, pues ha sido juzgada por el amor, como dice San Juan de la Cruz.
“El amor disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites. El amor es comprensivo, el amor es servicial…” Eso era Alicia, ése era su don, servir con amor, con alegría, siempre encontrándole el lado positivo a las cosas —al mal tiempo buena cara— buena en todas las circunstancias de la vida, tanto adversas como propicias, ella daba amor a todos: chiquitos y grandes, pobres y ricos, jóvenes y viejos. A mi madre la hizo feliz en su vejez jugando canasta con Ligia y Laura. A sus 98 años ya no jugaba tan bien y le hacían casi el juego. ¡Qué aburrido jugar así, Alicia!, le decía, y ella me aseguraba: “Todo por hacer gozar a la tía Margarita, yo no tuve madre y ella ha sido para mí como una madre”.
Alicia fue especial como esposa, como madre, como amiga; incondicional y oportuna, siempre estaba con la misma alegría y el mismo amor, nunca la vi perder el humor de siempre, ni tampoco un mal gesto de disgusto. El amor lo puede todo.
No debemos estar tristes con su partida. Alicia nos ha dejado su amor, su alegría, su servicio ejemplar el que debemos seguir para ser felices y dar felicidad a todos los que nos rodean. Nunca he oído a alguien que se exprese mal de ella, tampoco la escuché nunca expresarse mal de nadie, más bien daba un consejo práctico, dando ánimo a veces, en otras ocasiones escuchando, guardando silencio pero siempre atenta y comprensiva a las necesidades de los demás. La verdad, siempre se pasaba un rato ameno y divertido con ella, con sus cuentos y anécdotas de ocurrencias especiales y únicas.
Ella reposó en la tierra que la vio nacer un día de la Virgen de Candelaria y la luz de esa llama iluminó su camino hacia el presente futuro; luz que es símbolo de fe y amor; símbolos de los que ella fue portadora, con su ejemplo de esa fe y de ese amor del que narra San Pablo en su carta que cito al comienzo: “Ahora tenemos estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor, pero el amor es la mayor de las tres”.
No es coincidencia. A veces el Señor nos habla cuando queremos escucharle. Ese domingo primero de febrero, día del encuentro de Alicia con el Señor, Él nos dijo por medio de sus lecturas todo sobre el amor y a Alicia la recibió con un mensaje confirmando su actitud para con Él en el Cielo, y para con sus hermanos en la tierra.
El amor es así, ¿verdad Alicia…?
La autora es amiga de Alicia Monterrey de Maymi.