Fernando Centeno [email protected]
Carlitos tiene apenas nueve años. A esa edad monta excelentemente una potranca a puro pelo en las verdes praderas de las comarcas que bordean el río Sábalo, en el municipio de Cárdenas. Además de ser un buen jinete, trabaja con el ganado, pone cercas, siembra y cosecha plátanos, o cualquier otro producto, caza y pesca, conoce bien toda la zona, acarrea agua a su rancho en pichingas, o en baldes, en fin, es todo un “hombre de campo”.
Hace poco le pregunté a su padre por qué Carlitos no iba a la escuela y la respuesta ya la había escuchado en ése y otros lugares de las zonas rurales del país: ¿para qué?
La escuela más cercana dista a cuatro kilómetros, a veces intransitables en el invierno. Sus padres, sumamente pobres, a veces sólo tienen para comer, ya no digamos para comprarle uniforme, zapatos, útiles escolares, o pagar transporte cuando llega a pasar la camioneta, etc.
Al igual que este niño miles como él quedan sin ingresar este año a las aulas escolares, la mayoría de ellos por el patrón cultural de que los hijos deben quedarse para ayudar en las tareas del campo y las hijas en la casa. Entonces, ¿para qué estudiar?
Al comenzar un nuevo año escolar se hace patente la necesidad de que Nicaragua dé saltos cualitativos en su sistema educativo para no seguir presenciando el dramático panorama de cómo, de un millón 300 mil estudiantes que ingresaron a la escuela el año pasado, 300 mil desertaron, lo que sumado a los que no pudieron entrar, más de 800 mil quedaron sin estudiar, y que de un millón 200 mil que quedaron en las aulas un 35 por ciento tendrá que repetirlo.
Con un déficit de 30 mil maestros, y cinco mil aulas, el futuro de la educación primaria y secundaria en nuestro país es desolador y preocupante. Debido a esto, apenas tenemos un promedio de escolaridad de 4.6 por ciento, y una tasa conservadora de analfabetismo del 18.
De la Población Económicamente Activa, (PEA), el 71 por ciento no tiene educación secundaria, sólo el 3.2 por ciento educación técnica y el 4.1 por ciento educación universitaria. Pero lo más grave es que la población en situación de pobreza apenas alcanza un grado de escolaridad de tres años y sólo el 1.2 por ciento ingresa a las universidades.
Carlitos es el caso generalizado de los niños que empiezan a trabajar muy temprano, que las escuelas le quedan lejos, que no hay seguridad que llegue el profesor, que no tiene el apoyo de sus padres ni el recurso económico, y que su pobreza continúa siendo una de las principales causas del bajo nivel educativo que lo encierra en un círculo vicioso e inicuo socialmente.
A esto se agrega la falta de presupuesto para los programas educativos, ya que mientras en Nicaragua se invierte 74 dólares por estudiante por año en Costa Rica es mayor de 500 y en los países industrializados más de 5 mil, a lo que hay que agregar la mala distribución del presupuesto, destinando fondos exagerados a las universidades, así como la falta de programas educativos audaces, la promoción del empleo y los incentivos en el campo a través del fortalecimiento de la educación técnica y agropecuaria en vez de seguir financiando escuelas de computación en la ciudad.
Posiblemente Carlitos no sabe leer ni escribir pero sí es un excelente contador de plátanos y hace actividades que muchos estudiantes de secundaria, universitarios y hasta profesionales jamás aprenderían con la rapidez que él lo hizo. De esto estoy completamente seguro.
Al igual que miles de niños nicaragüenses están esperando una oportunidad que los haga salir de la pobreza y poder aportar más de lo que están haciendo en beneficio de un país que necesita dejar atrás sistemas obsoletos de educación para enrumbarse a través de la tecnología hacia nuevos derroteros que nos permitan salir más rápidamente de la situación en la que nos encontramos.
El autor es periodista, miembro del Consejo de EDUCREDITO.