Rafael [email protected]
Si la historia, con el rigor de su crítica, no corroborara la veracidad de la existencia de ese titán de la fe que fue San Pablo Apóstol, se diría que es un personaje de leyenda.
Su pertinacia idealista en perseguir al cristianismo naciente, su fama y su prestigio en las filas farisaicas, la mítica caída del caballo en circunstancias fantásticas: luces, voces, milagros; su conversión repentina que muda el fanatismo en celo, la determinación en docilidad, la persecución cruel en servicio abnegado… todo eso nos habla de una personalidad nada banal.
Pablo es un hombre de contrastes. De ardiente defensor de la ley, de los preceptos y de los ritos judaicos, se convierte en el misionero entre gentiles que va hasta a enfrentar a San Pedro, oponiéndose a que los recién conversos se circunciden. En una de sus cartas llegó a escribir “Cristo nos rescató de la maldición de la Ley” (Gálatas, 3, 13)
Por los Hechos de los Apóstoles y por sus epístolas, medimos la importancia de su misión y la fidelidad con que la llevó a cabo hasta el derramamiento de la sangre. Sin hacer parte del Colegio Apostólico, es un apóstol infatigable que hace más por Cristo con sus viajes y padecimientos que lo que hicieron los otros doce.
Pero lo que más fascina en esta figura paradigmática es la ruptura frontal entre el que fuera Saulo de Tarso, ufano de su judaísmo, y quien pasó a ser, desde el camino de Damasco y para la posteridad, el Apóstol “ad gentes”, el apóstol de los gentiles, el apóstol por antonomasia. ¿Cómo se puede explicar esa tan radical mudanza?
Hablando en tercera persona, el apóstol nos da una explicación que no deja de ser misteriosa: “(…) fue arrebatado hasta el tercer cielo (…) fue arrebatado al paraíso donde oyó palabras que no se pueden decir: son cosas que el hombre no sabría expresar” (2 Corintios, 12-2)
Después de la caída del caballo, convivió en una intimidad inefable con Dios que lo instruyó y lo confirmó en su gracia. A partir de entonces, toda su gesta maravillosa toma sentido. La mano providente de Dios posó sobre él y lo transformó. Al punto que en las vísperas del martirio pudo afirmar lleno de paz en su conciencia: “He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Por lo demás, ya me está preparada la corona de la justicia” (2 Timoteo 4, 7)
A mi ver, tres lecciones nos trae esta conversión espectacular. Tres lecciones sencillas y llanas, nada espectaculares por cierto, validas para cualquier bautizado.
1) La iniciativa de la conversión viene de Dios; cualquier conversión que se opere en un alma es obra de la Divina Voluntad de Dios. Saulo estaba determinado a perseguir a Cristo. En esa tarea se debatía. Pero Dios pasó por encima de ese obstáculo (¿hay obstáculos para quien es todopoderoso?) y de Saulo hizo a Pablo.
2) En la transformación de una persona que hace un itinerario del mal rumbo al bien, la vida pasada poco o nada condiciona al designio de Dios. La maldad humana desaparece ante la Bondad misma que es Dios. El peor de los criminales puede llegar a la cumbre de la santidad… si se arrepiente. La confesión, la reconciliación, la penitencia, lava y no deja sombra de pecado.
3) La gracia de Dios lo puede todo. Nuestras solas fuerzas naturales son impotentes. Podremos emprender grandes obras, trabajos arduos, en fin, hacer mucho ruido y atraer la atención del mundo entero. Pero esa labor no tendrá mérito sobrenatural y no nos servirá para el único, grande y definitivo negocio importante de nuestra existencia: la propia salvación.
Estas luminosas lecciones nos las ofrece el Apóstol en el día en que celebramos su conversión en el calendario litúrgico. Son lecciones capitales, porque sitúan al Creador y a las criaturas en sus verdaderas dimensiones. Me hacen pensar en lo que escribe San Juan sobre lo que es el amor de Dios. Nos dice el Evangelista que el amor “consiste en que Dios nos amó primero (…) en esto está el amor” (1 Juan 4 – 10).
Una conclusión se impone: el amor que baja (el que nos brinda Dios) es más importante que el que sube (el que le tributamos) San Pablo fue amado. Pero… ¡Atención!: ¿quién no es amado? El problema está en dejarse amar.
El autor es miembro de la Asociación de Fieles de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio.