El milagro de la Camerata

Mercedes Gordillo

En este pobre y desolado país, donde diariamente escuchamos noticias de robos, crímenes, asaltos, atropellos de toda índole a toda hora, por semanas, meses, años y hasta décadas, los nicaragüenses buscamos afanosamente oportunidades para comentar actitudes positivas que eleven nuestra forma de sentir y pensar.

Una Nicaragua necesitada de fe en nosotros mismos, porque no tenemos muchas razones para sentirnos orgullosos de “nada o casi nada, que no es lo mismo pero es igual” como canta Silvio Rodríguez. Dentro de este contexto quiero mencionar el milagro exquisito del conjunto musical la Camerata Bach. Digo milagro porque lamentablemente en nuestro país, especialmente en los últimos años, la cultura es la criatura más desasistida, la cenicienta entre los cenicientos institutos y ministerios del país.

Es un verdadero prodigio que exista aquí un conjunto de cámara de la excelencia, conocimiento, disciplina y profesionalismo. Corazón del talento musical nicaragüense que llena de aliciente nuestros ánimos.

He visto y han visto y oído con el corazón estremecido cómo se mezclan sonidos de oboes, violines, violas, flautas, voces…

Contrabajos, fagotes y violoncelos, unidos por el conocimiento y la pasión que provoca la buena música, la gran música que afina nuestra sensibilidad. No creo poder transmitir en palabras sencillas la impresión que produjo la Camerata en su homenaje a Los Beatles, con armonía y creatividad de alcances insospechados, pero veamos.

A teatro lleno, un público enardecido, de pie, cantaba, vibraba, aplaudía ese fervor, incluso creo haber visto algunas lágrimas cuando la Camerata junto a notables grupos de músicos brindó este homenaje, que se ha presentado cinco veces ante teatros abarrotados. De por sí esto dice mucho de la Camerata, pero es que además ellos vienen trabajando con profunda seriedad y constancia, desde la ya lejana década del ochenta, cuando Ramón Rodríguez ex director y otros estudiantes fueron enviados a estudiar música clásica en distintos países y escuelas superiores de música: La Habana, Berlín y Bratislava durante nueve años. Nueve años es todo una carrera profesional, digamos el tiempo que toma una licenciatura y un doctorado. A su regreso a Nicaragua comenzaron a organizarse en forma modesta, con un afán de superación que aún perdura.

En su trayectoria de músicos profesionales han logrado, desde su fundación de 1992, rescatar obras de grandes artistas nicaragüenses. Han interpretado música sacra, como el Padre Nuestro, de Juan Manuel Mena, y Agonía, del maestro Vega Matus. Valses de José de la Cruz Mena. Música de los Ramírez de Masatepe, y don Carlos Tünnermann López. Camilo Zapata. Cantos de la Purísima y Sones de Pascua. Bellísimos boleros de Gastón Pérez y Víctor M. Leiva, entre otros, José Adán Torres, autor del bolero Almohada.

Len cuanto a difusión han llevado a cabo una labor de gran importancia, como es haber organizado en Nicaragua seis festivales de música clásica, con más de 800 músicos asistentes. La Camerata Bach ha realizado once CD, en los que ha demostrado su calidad, así como una profunda labor de investigación y recopilación.

Por si fuera poco, pensando en el futuro y el relevo, han formado la Academia Nicaragüense de Música, actualmente con 60 alumnos. Bajo la dirección de Ramón Rodríguez, nos brindan un extraordinario ejemplo: reunir, organizar y alcanzar una meta. Demostrando gran sentido solidario y fraterno, invitaron a otros músicos y cantantes nicaragüenses que participaron en el homenaje a Los Beatles: Macolla, La Calle, Sajonia. Las espléndidas voces de César Torres, que parece una reencarnación de lo esencial de Los Beatles. Luis Enrique Mejía Godoy, con su talento y un inglés de acento somoteño como él mismo dice, despertó simpatía y muchos aplausos. Cecilia Ferrer, otro valor nicaragüense, María Belén Cardenal de tierna voz, José Antonio Argüello, Lía Barrioz, Cristina y muy especialmente las múltiples voces del Coro de Cámara Nicaragüense, todos inolvidables conjuntos y participaciones personales.

Un milagro extraordinario nunca antes visto en esta tierra, donde se juntaron talento y amor a la música, en un abrazo de voces e instrumentos. Un público cantando con ellos, sus músicos.

Memorable noche del 14 de enero del 2004, en que 1200 personas recordaron con nostalgia la época del 60. Ramón Rodríguez, con su modestia característica realizó un verdadero acto de amor y unión entre nosotros. Aquí existen los milagros, he sido testigo de un portento que ha llenado mi corazón de orgullo nicaragüense. El numeroso público y yo misma salimos levitando del Teatro Nacional Rubén Darío.

La autora es escritora nicaragüense.

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