Clara

Luis Sánchez [email protected]

Un hombre, joven, que trabaja como guarda de seguridad en una sucursal bancaria, en Managua, me abordó para decirme que es lector de esta columna y pedirme que escribiera sobre Santa Clara. Confieso que me sorprendió su petición, porque se suele creer que los jóvenes, sobre todo varones, no se interesan por los asuntos religiosos. Además, esa persona evidentemente no es bordadora ni lavandera —oficios sobre los que Santa Clara ejerce patronazgo—, ni tiene nada que ver con la televisión de la que la santa de Asís es protectora.

En efecto, cuenta la tradición que cuando murió san Francisco de Asís, en 1226, Clara estaba como siempre recluida en su celda conventual. Y en el mismo momento en que moría el seráfico Francisco ella vio en las paredes de su celda (como se ve en una televisión de nuestro tiempo) las imágenes de las ceremonias fúnebres solemnes que se estaban celebrando en la iglesia de Santa María de los Ángeles, en las afueras de Asís, lo mismo que de la vida del santo varón. Por eso es que se le considera como la protectora de la televisión.

También se le llama “la santa que ahuyentaba a los sarracenos” (cual era el nombre que se le daba en aquel tiempo a las tribus árabes que invadieron la Península Ibérica en el Siglo VIII, y por extensión toda persona de religión islámica), pues según la leyenda en dos ocasiones en que los invasores quisieron tomarse la ciudad, Clara se asomó a la ventana de la celda que ocupaba en el convento de San Damián y mostró la Custodia del Santísimo Sacramento a los fieros extranjeros, que huyeron despavoridos.

Clara era una bellísima doncella perteneciente a una rica familia de Asís. A los 19 años de edad renunció al mundo terrenal y se consagró a la oración y la extrema pobreza. Francisco de Asís —héroe de uno de los más hermosos poemas épicos de Rubén Darío: Los motivos del lobo— recibió en la humilde iglesia de Santa María de los Ángeles, erigida al pie del Monte de Asís, a la virginal promesante; él mismo cortó sus largos y sedosos cabellos, puso sobre sus espaldas el pesado sayo (holgada prenda de vestir hecha con una tela ordinaria y gruesa), y le hizo pronunciar los votos de castidad, pobreza y obediencia.

Clara fue conducida a un cercano monasterio benedictino, pero al poco tiempo se trasladó al más paupérrimo de todos los conventos, que era el de San Damián. Y tan ejemplar era su consagración a la pobreza y la oración, que el santo de Asís dio su nombre a las integrantes de la segunda orden franciscana (las Clarisas). Y fue precisamente en ese convento, de San Damián, que san Francisco de Asís compuso su famosa oración Cántico del hermano Sol, considerada por los entendidos como el más bello himno de agradecimiento a Dios. Y sus biógrafos estiman que el santo varón decidió escribirlo allí como un merecido reconocimiento a Clara, quien después recibió del Papa Inocencio IV la Bula del Privilegio de Pobreza.

Santa Clara nació en Asís el año 1194, murió en el convento de San Damián en 1253 y fue canonizada en 1255 por el Papa Alejandro III. Su festividad es el 11 de agosto pero en Nicaragua no se celebra ninguna fiesta patronal en su honor a pesar de que un municipio de Nueva Segovia lleva su nombre, lo mismo que un barrio de Managua.

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