Mauricio Mendieta Herdocia
La historia de Nicaragua revela que en diferentes oportunidades y épocas ha sido objeto de intervenciones directas de distintos países. Por consiguiente, lo sucedido en la reciente elección de la nueva Junta Directiva de la Asamblea Nacional no fue un caso aislado.
Hay que recordar que algo similar a la situación de la elección del actual directorio de la Asamblea Nacional ocurrió en 1979, cuando Fidel Castro tuvo que poner “de acuerdo” a los dirigentes del Frente Sandinista para unir a las tres facciones, debido a la falta de entendimiento entre sus miembros.
En la época del gobierno sandinista no solamente hubo injerencia de la Unión Soviética, Cuba, Alemania Oriental, Bulgaria y otros, sino que el país sufrió una verdadera intervención de parte de estos países y en especial de Cuba y de los llamados internacionalistas, quienes dictaban y daban órdenes a los nicaragüenses y en muchas ocasiones los nacionales fueron reprimidos y hasta torturados por esos extranjeros.
El señor Julián López, embajador cubano de esos años, impartía directrices políticas al Ejecutivo y los miembros del Ejército eran verdaderos subordinados del general Arnaldo Ochoa, de tal manera que la década de los ochenta podría perfectamente llamarse “década del espino rojinegro”.
Me llamó la atención que varios dirigentes del Frente Sandinista, y Daniel Ortega en particular, manifestaran sentirse ofendidos por la injerencia de la embajadora Moore, de Estados Unidos, cuando hace 24 años ellos permitieron que otras personalidades y países intervinieran directamente en la política interna de Nicaragua.
El PLC y el FSLN se encuentran en una situación de injerencia versus injerencia, reprochándose mutuamente sus actuaciones y tratando de restarle importancia a lo sucedido, como si tal proceder hubiera sido correcto y justificable aunque lesione la soberanía y nacionalidad, porque beneficia sus propios y particulares intereses partidarios.
Así como los sandinistas quieren aparecer como los auténticos y legítimos defensores de la soberanía y la dignidad nacional en relación al ingerencismo, de igual manera se quieren proyectar como los grandes promotores y defensores de la importante y necesaria lucha contra la corrupción, cuando demostraron lo contrario y se pusieron en evidencia al final de su administración con la famosa e histórica “piñata”.
Ernesto Cardenal, uno de los principales intelectuales de la revolución sandinista, señala en su reciente libro La revolución perdida, lo siguiente: “La mayoría de los miembros de la Dirección Nacional y otras autoridades del partido, altos funcionarios del gobierno y líderes sindicales se quedaron con cuentas bancarias, casas, vehículos, empresas comerciales, supermercados, haciendas cafetaleras y ganaderas, ingenios de azúcar, fincas bananeras, restaurantes, televisión, radio, empresas comercializadoras de carne y de banano, empresas financieras y bancarias y ahora muchos de ellos son millonarios, y en la revolución no había millonarios”.
El injerencismo y las intervenciones de que hemos sido objeto los nicaragüenses y el país, ha sido consecuencia de la falta de capacidad de entendimiento, de la actitud excluyente y la falta de sentido de dignidad nacional que han tenido en diferentes épocas y situaciones algunos políticos y personajes que han desempeñado un rol protagónico en la vida nacional.
El autor es médico.