Chikako Matsumoto*
Un día, durante mi estancia en Nicaragua, me sentí muy mal, corría por mi cuerpo un sudor grasiento. Regresé a mi casa de prisa, después de terminar el trabajo, y me acosté sobre la cama sintiendo muchas ganas de vomitar.
Después de unos minutos, tenía lleno el estómago y el intestino, sentí un dolor tan fuerte por unas horas que no podía doblar mi cuerpo.
Según el examen médico, tenía una bacteria por alguna comida que ingerí. Pero estuve completamente curada sólo 24 ahoras, y al día siguiente me fui a la UCA para mi clase, como siempre.
Un domingo, dos semanas después, fui a un lugar para ver a un amigo, pero me puse nerviosa porque lo esperé por más de una hora. Me había dejado atónita que fuera un hombre tan poco puntual, de modo que decidí marcharme. Estaba a punto de hacerlo cuando sentí un escalofrío.
Durante el regreso, en taxi, ya tenía tanta fiebre que no podía tener conciencia de ver el paisaje. Siempre que estoy enferma pierdo el ánimo, de modo que así mismo hubiera estado en mi casa de Japón. Primero me venían a la mente las comidas japonesas y se pegaban a mi cabeza. Pero como no tenía ganas de cocinar, eché en mi estómago la comida aceitosa que mi familia nicaragüense me daba, para tener ánimo.
Sólo quería descansar, tranquila, en silencio. Por eso recordé mi vida en Japón y cómo hacer el ambiente silencioso para una persona enferma.
Se oyó el ruido del radio vecino y la bocina de los buses corriendo violentamente, así como la música y la voz alta alegre en la casa. No tenía ánimo de levantarme y pedirles: “silencio por favor”. Me sentía triste y, no sé por qué, vacía, mientras pasaba las manos por mi cuerpo sintiendo los escalofríos.
Fui al hospital porque el dolor del vientre duraba ya tres días. Estaba esperando, sola, para saber los resultados de los exámenes de sangre y excrementos, pero ya hacía bastante tiempo que el médico no venía. Después de 30 minutos supe que él estaba en otro pabellón del hospital, conversando con unos doctores.
Después de dos horas todavía no llegaba, aunque otro doctor me decía: “Él va a venir pronto”. Pero no aguanté más y le dije: “Me siento mal, voy a regresar a mi casa ahora”. Y el doctor me replicó calmadamente: “Pero señorita, él va a venir pronto”.
De pronto me pareció que estar impaciente era una tontería y decidí esperar un poco más. Un hombre extraño que estaba en la misma antesala me veía. Me puse una camiseta sin mangas, pero supuse que él también estaba enfermo pues tenía el cuerpo cubierto con una manta negra. Estuvo dirigiéndole la palabra a cualquier persona, en voz alta, pero nadie se preocupaba por él.
Un bebé tuvo miedo al verle y lloró. ¡Claro! Si vagaba con todo su cuerpo cubierto con la manta, dentro del hospital, en el verano. Lo siento pero a mí me daba miedo también. Por fin el hombre me dirigió la palabra y me dijo, abriendo los ojos grandes y cariñosos de par en par, como platos: “Su doctor ahora está en otro pabellón. Me parece que estás muy cansada por esperarle más de dos horas. Nicaragua es así. Hay pocos doctores. Yo también estoy esperándole por más de tres horas. ¿A dónde se fueron los doctores, verdad?” Tal vez me enojó, pero él estuvo hablando calmadamente sin enojarse. Yo en cambio me enojaba muchísimo por esperar tanto tiempo.
¡Ah! Estoy en Nicaragua, aquí no es como Japón donde todo es muy correcto. Soy tonta, ¿por que no puedo esperarlo para saber la causa de mi enfermedad?, me decía a mí misma, y sentí que esperar ya no me molestaba.
Tardó cuatro horas para recibir el resultado del examen y darme las medicinas. Tenía la bacteria otra vez. Me enfermé dos veces en sólo tres semanas. Tenía parásitos y se me ocurrió que tal vez porque ingerí una comida deliciosa: nacatamal con cerdo.
Quería regresar de prisa a casa llevando las pastillas que me dio el doctor, tan grandes que me atragantaba al tomarlas. Eran las ocho de la noche y no pude regresar en bus porque es muy peligroso.
Busqué un teléfono público dentro del hospital, pero estaba dañado. Desgraciadamente no me devolvió el dinero. Busqué otro teléfono y traté de llamar, pero ahora no entendía cómo se usaba, y otra vez no me devolvió el dinero. Encontré un hombre en la calle oscura y le pregunté, si él sabía cómo se usaba el teléfono, pero él tampoco sabía ¿Por qué no sabe? ¿No es nicaragüense?, me pregunté a mi misma, mirándolo.
Pasó el tiempo mientras no sabía qué hacer. En un instante mucha gente se me acercó, porque los nicaragüenses son entrometidos y eso me gusta. También los hombres nicaragüenses son muy amables, y me preguntaban cosas habituales, aunque yo estaba en situación urgente.
“¿De dónde eres?”, me preguntaron (no me molestó esa pregunta.). “¿Cómo te llamas? (¿Por qué quieren saberlo? ¿Para que? Pero tampoco me molestó). “¿Eres casada?” (¡Qué bárbaro!)
Gracias a estos hombres entrometidos pude llamar a mi familia. Se cortó el teléfono de pronto, cuando todavía estaba hablando. Hablar con mi español pobre era gastar más dinero en teléfono.
Tomé un taxi, por fin llegué a mi casa. En el momento, cuando lavaba mi cara cansada, corrió algo negro rápidamente a mi lado, y grité. Pero mi voz alta que pidió ayuda no llegó a mi familia por la música ruidosa. ¡Era un ratón! Al darme cuenta, todavía ese ratón me estuvo mirando. ¿Es la coexistencia de vivir con varios insectos, como vivir en el bosque?
Mi vida en Nicaragua era tensa pero estaba contenta de saber que crecía poco a poco.
* La autora vivió en Nicaragua como cooperante japonesa.