Sobre una enorme locomotora negra llamada Maruca

Róger Mendieta [email protected]

La vez primera que tuve noticias de Maruca, fue cuando la enorme locomotora negra —enorme para la década de los cuarenta en el siglo pasado— comenzó a dar la vuelta en la curva del ferrocarril frente el trillo de los Briceño en San Marcos, hacia la estación del ferrocarril del pueblo. Maruca le habían puesto a la máquina, en honor de Maruca Sacasa, la hija del Presidente.

Todo mundo estaba en la estación, porque iba a llegar el candidato Anastasio Somoza, hijo de mama Julia Somoza, dueña de El Porvenir, hacienda de café, cultivada de extensas alamedas de naranjos, cocos, guineos de chancho —hoy en los supermercados disputando preferencias con plátanos—, mameyes que servían de cercos, gran cantidad de colmenas y unos cien chanchos, que andaban vagabundeando entre los cafetos —más libres que el de la luz del día del anuncio revolucionario—, y que doña Julia llamaba al redil con palmoteo de manos, o simplemente silbándoles.

Como a los pueblos, del color político que éstos sean, le prendan y subyugan payasadas demagógicas de candidatos ofreciendo el oro y el moro, un millar de ciudadanos llegó a la estación a esperar al hijo del pueblo. Estábamos allí, felices, con vestidos de ir a misa de domingo, echando gritos de júbilo.

Como nos dijeron que la tal máquina se llamaba Maruca, en mi inocencia de niño imaginé a una hada madrina, o princesa encantada, como Blanca Nieves, encaramada en el andén del carro ornamentado del candidato, pero no estaba allí.

La tal Maruca me estaba dando vueltas en la cabeza.

La segunda vez que conocí de Maruca fue cuando comencé a investigar y recopilar información sobre la vida y la muerte de Sandino. Leí que algunos minutos más tarde que Sandino fue hecho prisionero frente al costado sur de El Hormiguero, se hizo un alto al vehículo presidencial en que Maruca Sacasa bajaba de La Loma, luego de la ceremonia protocolaria por la firma del convenio Sandino-Sacasa, que centraba de manera puntual en el desarme del guerrillero.

Reclamó por el fuero y el respeto que se debía a su padre. Pero la patrulla al mando del sargento Juan Emilio Canales —en 1959 fue mi carcelero en las cárceles de La Aviación—, aclaró que ellos sólo obedecían órdenes de la Guardia Nacional y de su jefe, Somoza. No pudo hacer nada la hija del Presidente.

Maruca relató, espantada, lo que ocurría a Sandino, a don Gregorio, padre de Sandino, al ministro Salvatierra y a los ayudantes Estrada y Umanzor.

Hace unos días leí la nota en LA PRENSA que había muerto doña Maruca. Fue una sorpresa para mí. Me alegré de alguna manera que haya vivido tanto, para contar un trozo de historia de Sandino que había vivido en carne propia.

El autor es novelista, y ex presidente del Partido Conservador.

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