La infernal prisión cubana

Iliana Curra

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La infernal prisión cubana


Iliana Curra




Julio César Morales González es un joven cubano, preso de conciencia, de apenas 23 años. Tiene más de 10 años de sufrir encarcelamiento injusto, torturas físicas y mentales. Su máximo delito: disentir de un sistema que quiso crear al “hombre nuevo”, un experimento tan fracasado como sus métodos.

Julito, como lo llaman todos sus hermanos en prisión, ha recibido golpizas brutales, aislamientos absolutos en celdas de castigo, tratamiento con sustancias psicotrópicas. Le han negado tomar el sol por años, visitas familiares, tratamiento adecuado para sus enfermedades. Ha realizado innumerables huelgas de hambre y lo han llevado a padecer por siempre de un desequilibrio mental como resultado de las torturas. A Julito lo amenazaron con dañarlo de forma bestial. Las amenazas llegaron hasta la casa de su mamá. Cartas anónimas así se lo hacían saber.

Pasó seis meses sin recibir medicamento para sus problemas nerviosos con el fin de desestabilizarlo totalmente, y las denuncias de su madre caían en un saco roto en la Dirección Nacional de Cárceles y Prisiones. Las órdenes ya estaban dadas, el plan inescrupulosamente detallado. Aprovechándose de su deteriorado estado mental, recibía sustancias nocivas en su celda para calmar su desequilibrio nervioso. Todo se fue preparando con una crueldad sin límites, hasta que en diciembre del 2002 fue violado sexualmente por delincuentes que se venden por una visita extra o un pabellón conyugal. Cuando su madre pudo visitarlo, él le contó que había sido violado y dejado tirado en el camastro de la celda por tres días, sin recibir atención médica y sin dejarlo ver.

El dolor de una madre no se compara con nada al enterarse de algo tan espantoso: “Regresé a la casa como loca”, dijo en una denuncia radial en Miami. Sus quejas a la Dirección Nacional de Cárceles y Prisiones en La Habana nunca tuvieron respuesta. Los guardias del penal dicen que supieron de la violación, pero que no podían castigar a nadie porque no sabían quiénes eran los autores. Después de varios días en la enfermería de la prisión, lo trasladaron a otra cárcel, pero luego lo regresaron al mismo lugar y lo encerraron en una celda de castigo en muy malas condiciones de salud. La misión ya había sido cumplida. La Seguridad del Estado demostraba una vez más su sádico e irracional tratamiento a los prisioneros políticos.

Los ojos de Julito son azules y profundos, desorbitados de tanto horror que ha padecido en su encierro. Lo conocí en 1995. Coincidimos en un traslado a un hospital de Camagüey. Un carro jaula de la prisión de máximo rigor de Kilo-8 traía consigo a varios presos. En la parte de afuera de la jaula nos montaron. Éramos tres mujeres prisioneras.

Varios guardias de ambos sexos custodiaban el carro. Pegado a la reja metálica casi cerrada se encontraba un muchacho muy joven, desnutrido. Su piel era extremadamente blanca, una piel que llevaba mucho tiempo sin coger sol, sus ojos azules muy claros y profundos: era Julito. Preguntó por mi nombre y nos identificamos. Nuestro saludo consistió en tocarnos casi la yema de los dedos entre la reja, apenas un roce para identificarnos como hermanos de lucha y de encierro. Sus palabras contra el tirano no se hicieron esperar, y me di cuenta que estaba alterado, o mejor dicho: lo tenían alterado. Luego le escribí una “picúa” (una carta clandestina) a Jorge Luis García Pérez (Antúnez) le conté lo sucedido y me respondió explicándome las condiciones en que tenían a Julito, y cuánto le había afectado todo eso. Nunca he podido olvidar sus ojos en aquel encuentro, mucho menos desde que supe todo lo que le habían hecho.

Mi propósito de denunciar lo que sucede en Cuba, en particular con los presos políticos, tomó mayor fuerza. He visto y escuchado los horrores del presidio político, pero nunca algo tan espantoso, incluso, es algo más allá de la propia muerte. Es una muerte en vida, un trauma eterno, una herida difícil de cerrar. Es una vida joven, condenada al dolor de sus torturas. No tienen perdón aquellos que cometen tales salvajadas, mucho menos los que la orientan.

Pero a Julio César Morales nunca lo han podido doblegar, sigue siendo digno ejemplo de una juventud que no acepta tiranías, ni componendas, ni arreglos con el mismo régimen oprobioso que los reprime.

Ésta no es una historia ficticia, es tan real y triste como la ha vivido este joven nacido dentro de esa llamada revolución, ha vivido para contarla, y espero que continúe vivo para que en un futuro no lejano pueda recibir un tratamiento adecuado para sus nervios y aliviar sus males. Dios permita que sea pronto y en libertad.

La autora es ex prisionera política cubana.

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