Oscar Gallo
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Plantas hidroeléctricas y precio de la electricidad
Oscar Gallo
Las plantas hidroeléctricas transforman la energía potencial de una masa de agua que está a una cierta elevación sobre un nivel de referencia, en energía eléctrica que es transportada a los centros de consumo mediante líneas de transmisión de alto voltaje.
Para hacer esta transformación es necesario construir obras civiles ingenieras como diques, presas, tuberías de presión, túneles, casas de máquinas, etc, y obras electromecánicas como turbinas, generadores, subestaciones y líneas de transmisión.
La masa de agua normalmente es el caudal o los caudales de uno o mas ríos que se regulan mediante las obras civiles antes mencionadas. Mientras mayores sean estos caudales y la elevación del agua almacenada, mayor será la energía eléctrica obtenida mediante la citada transformación de energía potencial en electricidad.
En cuanto a que la energía hidroeléctrica es más barata que la termoeléctrica, como dicen normalmente incluso personas supuestamente conocedoras de la materia, esto depende en realidad de los costos de todas las obras ingenieras, civiles y electromecánicas, asociadas a una planta determinada, siendo los costos más importantes los de las obras civiles.
Estos costos dependen principalmente de tres elementos: la hidrología, o sea la cantidad de agua aportada por los ríos; la topografía, o sea el relieve del terreno donde se construye la planta; y la geología, o sea la constitución del suelo.
Entre las obras electromecánicas, cuando la planta está muy lejos de los centros de consumo, los costos de las líneas de transmisión pueden ser determinantes.
Estos costos de inversión hacen que efectivamente algunas plantas tengan costos por unidad de energía producida más bajos que las plantas termoeléctricas, pero en cambio para otras plantas sus costos pueden ser tan altos que no pueden competir con las térmicas. En este caso las plantas sencillamente no se construyen.
Entre los beneficios de las plantas hidroeléctricas el más conocido es el de reducir la dependencia de los combustibles fósiles importados, dando cierta seguridad en la oferta de la energía y estabilidad en los precios de la misma. También tienen beneficios colaterales como el control de inundaciones y el suministro controlado de agua para otros fines como la irrigación o el consumo humano.
Pero también estas plantas tienen sus desventajas; por ejemplo, en períodos secos prolongados, países que dependen principalmente de este tipo de plantas han tenido serios problemas de abastecimiento, con todas las consecuencias que esto tiene para la economía de un país. También con caudales extraordinariamente altos se ponen en peligro las obras civiles llegando a crear situaciones de emergencia para la población aledaña a la planta. Recuérdese que el huracán Mitch destruyó la planta Santa Bárbara.
Otra desventaja de las plantas hidroeléctricas es el riesgo financiero resultante de los imprevistos que normalmente hay en la construcción, principalmente de las obras civiles, que pueden aumentar sus costos y prolongar sus tiempos de construcción. En las plantas térmicas convencionales este riesgo es mínimo.
La construcción de grandes embalses afecta también la fauna y la flora locales, le quita tierras a la agricultura y puede provocar otros problemas ambientales y socioeconómicos.
En resumen, si bien es cierto que es conveniente y necesario conocer y explotar racionalmente los recursos hidroeléctricos del país, también es cierto que no siempre esta energía es más segura y barata que la producida por sistemas térmicos o hidrotérmicos. Más importante es la eficiencia con que se manejan los sistemas eléctricos; por ejemplo, un sistema eficiente entrega al consumidor final entre 85 y 90 KWh por cada 100 KWh generados, en cambio en Nicaragua por los mismos 100 KWh sólo se venden 70 KWh. En cifras reales, en Nicaragua hay un exceso en pérdidas de energía de casi 500 millones de KWh por año, o sea la totalidad de la producción anual de las dos plantas hidroeléctricas existentes en el país, la Centroamérica y la Santa Bárbara.
Desgraciadamente estas pérdidas las paga siempre el consumidor final, por lo que en muchos casos las empresas no tienen ningún interés en reducirlas a un valor óptimo.
El autor es ingeniero en Sistemas Eléctricos de Potencia.