Leonel Arana*
Ha sido costumbre de los pueblos civilizados que en ocasión del funeral de alguno de sus líderes o personajes importantes, uno de sus amigos se dé a la tarea de recordar algunos pasajes significativos de la vida del difunto que permitan a sus familiares y amigos más cercanos recordarlo como era en vida, y a otros que tal vez no tuvieron la ocasión de tratarlo, llegar a conocerlo un poco.
Se celebra generalmente con gran pompa la vida de hombres supuestamente valerosos que enfrentaron y mataron a otros en batalla. Y digo supuestamente valerosos porque quienes van a la guerra no tienen la certeza de morir en el combate, y por el contrario se aferran a la posibilidad de quedar con vida, sabiendo que sus probabilidades de lograrlo son por lo general bastante altas. Es por eso que en las guerras el soldado mata más que nada por miedo a que sea el otro quien dispare primero.
Pero, ¿qué decir del valor de quien estando en pleno disfrute de su salud de súbito se entera que padece de un mal grave y que sus probabilidades de vivir más allá de unos pocos meses son sumamente bajas, pero que ante tan terrible noticia que haría temblar a los más valerosos no se desespera ni se amilana, sino que por el contrario enfrenta la situación con calma y lucidez, más preocupado por los efectos de su desaparición en su esposa, sus hijos y hasta en sus amigos?
Ante un hombre que actuara de esa manera tendríamos que decir que se trata de un valiente en el sentido más profundo del término, y más aún si no ha sido quien se hubiera ufanado de valentía anteriormente, pues los que son y se saben valientes no necesitan pregonarlo.
Se tendría también que decir que se está frente a un hombre que fue un marido amoroso como ninguno, pues sólo un amor conyugal profundo y desinteresado puede llevar a un ser humano a sobreponer su propia situación personal, sus propios temores y dudas internas, los que de seguro tuvo en ocasiones por ser la reacción natural y lógica en todo ser humano que deba enfrentar una situación tan seria, pues hay que recordar que hasta el mismo Cristo las sufrió en el Monte de los Olivos, pero a las que no permitió ni por un instante que lo derrotaran, para tener luego la suficiente paz interna para dar ánimo y confianza a su esposa en momentos trágicos para ambos. Y eso de seguro lo sabe Leonor mejor que nadie.
Tendría que decir también que se tiene enfrente a un padre ejemplar hasta su último suspiro, a alguien que no abandonó y por el contrario magnificó su función paternal en los días y meses en que sus hijos más necesitaban una voz de aliento, dejándoles con ello la mejor herencia que un padre puede darles: el recuerdo imperecedero de una conducta ejemplar, de la cual Roxana, María Alejandra, María Leonor y Christian estarán, y con toda razón, orgullosos por toda la vida.
Yo tuve la inmensa satisfacción de conocer y tratar a mi amigo Enrique Paguaga por más de 20 años, desde que el destino y las vicisitudes que continuamente se sufren en nuestra querida Nicaragua me trajeran a las tierras neoyorquinas. Enrique había llegado muchos años antes, por la ruta de Francia y España, la Universidad Complutense y la Sorbona como embajador de Nicaragua ante la Organización de Naciones Unidas. Cuando lo conocí ya no era embajador, pues en plena Guerra Fría soplaban en la patria vientos de opresión y Enrique se encontraba ya en plena labor opositora.
La primera vez que lo traté fue en ocasión de organizar un plantón frente al consulado de Nicaragua en Nueva York. Ya concluida la reunión, al despedirnos, nos dijo a Guillermo Brandt y a mí: “Recuerden que mañana hay que venir de sombrero, y si pueden, con paraguas”. No entendí claramente el porqué de la recomendación, hasta que ya parados frente al consulado vimos como desde el octavo piso la señora cónsul y los empleados consulares nos dejaban caer todos los líquidos de que pudieron echar mano.
Posteriormente nos hicimos amigos todos, nuestras esposas y nuestros hijos. Pude así conocer otras facetas de su personalidad y sus inquietudes intelectuales, su inclinación por leer y escribir poemas, a las que llamaba “ideas rimadas”, su conocimiento del Derecho Canónico, su gusto por la historia, sobre todo la de los pueblos latinos y su poliglotía, en la que destacaba su dominio del latín.
Pasaron los años. Nicaragua “volvió a ser República” y Enrique volvió a la carrera diplomática. Primero a su antigua posición de embajador ante las Naciones Unidas, posteriormente como embajador ante Costa Rica y finalmente ante la República Dominicana, distinguiéndose siempre en forma singular. Fue en Costa Rica donde la labor de Enrique alcanzó mayor difusión al hacerse eco los periódicos de los dos países de su labor hábil y decidida en defensa de los derechos del más de medio millón de compatriotas que residen en ese país.
Y fue esa popularidad la que lo mantuvo en su puesto a pesar de que la rectitud de su carácter y su manera de expresarse libremente y sin tapujos sin preocuparse demasiado de represalias, lo llevaran a enfrentarse directamente con personajes poderosos del entorno personal del entonces Presidente, personajes que –debe ser dicho– fueron posteriormente encarcelados pero mientras tuvieron poder e influencia buscaron su salida por todos los medios después que Enrique los denunciara por corruptos. No lo lograron y al final de su gestión pasó a ser embajador de Nicaragua ante la República Dominicana.
Ese es el Enrique Paguaga Fernández que yo recuerdo. Jinotepino, nicaragüense y universal. Diplomático, lingüista, historiógrafo y poeta. El mejor esposo y el mejor padre que alguien pueda tener, y un amigo como pocos.
* El autor es ingeniero agrónomo.