Balance del año 2003 y las esperanzas del 2004

Nicasio Urbina*

Llega al final otro año más. Se termina el 2003 y los problemas de Nicaragua continúan iguales o empeoran. El optimismo del presidente Bolaños sobre la inclusión en la HIPC y la firma del Cafta contrasta con la penosa situación por la que pasamos cuatro millones de nicaragüenses cuya economía está en franco deterioro, y cuyo futuro está siendo dilapidado por empresarios voraces y políticos corruptos. Los dos grandes partidos políticos están en crisis debido a la falta de mecanismos democráticos dentro de las estructuras partidarias, que permiten a los caudillos seguir manteniendo control del partido aún cuando saben que le están haciendo un daño enorme a la organización. Mientras tanto continúan las piñatas, de una marca u otra, desangrando a un país que ya no da más de sí mismo, que desde hace 24 años vive de la asistencia de la comunidad internacional, con un índice de productividad bajísimo, con un índice de alcoholismo enorme y un sistema de salud pública deplorable. A pesar de la senil alegría del presidente Bolaños es poco lo que puede festejar la mayoría de los nicaragüenses en este final calendárico.

Viendo las cosas desde el lado positivo, el gobierno actual le ha declarado la guerra a la corrupción y a la impunidad. Luchando con una Asamblea Nacional polarizada y controlada por los caudillos que simbolizan la corrupción, un Ejecutivo relativamente débil por la Constitución de 1995 ha logrado poner en jaque a ambos partidos, sin recurrir al soborno y al cañonazo. Sin prisa pero sin pausa el presidente Bolaños ha logrado que poco a poco vayan cayendo las fichas en su lugar, a pesar de que por cada ficha que cae parecen levantarse dos. La total irracionalidad de los veredictos del Poder Judicial, y la impotencia de una Corte Suprema sobrepoblada e inepta, son los principales causantes del fracaso de la lucha contra la corrupción. No es en realidad culpa del Ejecutivo, que ha hecho lo que tenía que hacer, sino culpa del Poder Judicial de Nicaragua, que como se sabe es corrupto, politizado y regido por voluntades ajenas y no por jurisprudencia legal. El modelo teórico del actual gobierno en la lucha contra la corrupción debería ser adoptado por todos los funcionarios de nuestras administraciones, de forma que se respete la independencia de poderes y se permita la libre ejecución de los diferentes cuerpos gubernamentales. Digo modelo teórico porque en la práctica hay muchas cosas que no concuerdan con la visión que tiene el Presidente de su administración. Lo que se necesita es un Poder Judicial profesional e independiente, que se rija en realidad por leyes y no por órdenes de los caudillos o por sobornos descarados. De esta forma el modelo teórico podrá tener su correlato en la práctica de la justicia y de la ejecución de la misma.

El 2003 estuvo dominado por el circo de la lucha contra los actos de corrupción de los funcionarios de la administración Alemán en lo político, y por las negociaciones del Cafta y la HIPC en lo económico. Ninguno de los dos frentes de lucha ha dado resultados tangibles inmediatos. Las negociaciones del Cafta se cerraron en Washington pero no será hasta enero del 2004 que se empezarán a conocer las condiciones a las que se comprometió al país. Hasta el momento sólo se han percibido informaciones parciales de las condiciones, y aún los mismos actores centrales de las diferentes industrias están muy poco claros de los detalles. La lucha contra la corrupción del pasado régimen ha sido muy desigual, irrisoria e inoperante como modelo de gobernabilidad para un país, pero la culpa no es de la administración sino del sistema político y de administración de justicia del país. Empezó el año con el desafuero de Alemán y termina con la fuga de Gabriel Levy Porras. Tanto la lucha contra la corrupción como las negociaciones con los EE.UU. y el FMI, con la enorme cobertura mediática que han tenido y con sus ecos vergonzosos en los medios internacionales, no hacen sino dañar la imagen de Nicaragua en el exterior y desmoralizar a cualquier inversionista con la peregrina idea de invertir en Nicaragua. Con la electricidad más cara de Centroamérica, la gasolina sin competitividad, inestabilidad laboral, inseguridad judicial, mala infraestructura y bajísimo nivel de educación académica y civil, ¿qué se puede ofrecer a las multinacionales para que se instalen en Nicaragua y creen puestos de trabajo?

Viendo hacia el futuro, ¿cuáles son las esperanzas para el 2004? La aprobación apresurada del Presupuesto General de la República ha dejado descontentos a tirios y troyanos. Ortega sabe que su futuro político es inexistente. Como líder del FSLN sólo puede llevar a sus mesnadas al fracaso ya que no tiene ninguna confiabilidad fuera de los grupúsculos más sumisos a su zarpa. Si de verdad estuviera interesado en el futuro político del FSLN les abriría las puertas a líderes jóvenes que pudieran renovar la imagen de su partido. Afortunadamente para los nicaragüenses ese no es el caso, lo que significa que Ortega hará todo lo posible para mantener su obsoleto control recurriendo al boicot y a la asonada. Azuzará a los estudiantes y a los maestros para que se lancen a la calle, ordenará a los jueces sumisos a su arbitrio a continuar la farsa de justicia que hemos visto hasta ahora, y dirigirá a su bancada en la Asamblea a continuar el tira y encoge del que hemos sido testigos en el 2003. Espero sin embargo que el Presidente siga con tacto y paciencia de viejo sabio manejando las vicisitudes de los partidos políticos mayoritarios. Se necesita que haya un entendimiento entre PLC y el GUL, que se encaucen los poderes detrás de objetivos altos y justos para la nación, y con visión de estadistas y patriotas enfrenten los problemas enormes del país. Mientras tanto cuatro millones de nicaragüenses, con una mano en el bolsillo vacío y otra extendida en posición mendicante, siguen esperando que la situación mejore, que algún día se pueda abrir el periódico sin encontrar más estafa, más injusticia, más ignominia, y que quizás el 2004 traiga un poco de paz y bienestar económico.

* El autor es catedrático de la universidad de Tulane.
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