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Educación sexual y laicismo
Hay asuntos privativos de las personas en cuyas interioridades el Estado no debería inmiscuirse, como son, por ejemplo, las relaciones intrafamiliares, la formación ideológica y la educación sexual de los menores de edad.
Hacer que los niños reciban obligatoriamente una enseñanza religiosa o sexual basada en determinados conceptos y prácticas, significa una intromisión del poder público en la formación que sus padres o tutores han decidido darles. Y en un Estado democrático –a diferencia del totalitario en el que se hace lo que quieren los gobernantes y se atropella sin piedad los derechos, la libertad y los sentimientos de las personas– las autoridades deben cuidarse de disponer medidas que, aunque pretendan objetivos loables, pudieran encubrir posiciones ideológicas que no comparten sectores de la población a la que están dirigidas.
La educación sexual de los menores es algo que compete a los padres y a las familias, porque roza necesariamente con principios fundamentales de ética y con sentimientos religiosos que son sagrados para cada persona, y el Estado no debería inmiscuirse en ella. Sin embargo esto no significa que el Estado deba cruzarse de brazos ante amenazas tan terribles como el sida y en general las enfermedades de transmisión sexual; ni ante problemas tan dolorosos como el aborto, o tan preocupantes como los embarazos no deseados y la maternidad entre las adolescentes.
En realidad, la propagación del sida y otras enfermedades de transmisión sexual, y el cada vez más alto índice de adolescentes embarazadas, así como el aumento incontenible de la población a un ritmo mucho más rápido que el crecimiento económico, convierten estos problemas en asuntos de interés público y por lo tanto estatal.
Pero en este caso las medidas del Estado deben fundarse inexcusablemente en la aceptación voluntaria de la intromisión gubernamental y de la aplicación de las políticas públicas, por parte de las personas y ante todo de los cabezas de familia, en lo que se refiere particularmente a temas como el de la educación sexual. O sea que no se debe hacer sólo lo que dispongan por sí y ante sí los funcionarios gubernamentales correspondientes, ni teniendo en cuenta únicamente los criterios de los representantes de organizaciones de una u otra tendencia ideológica, sino que se debe consultar a toda la sociedad por los medios que sea factible y pertinente.
Al respecto, en el nuevo proyecto de manual para la educación sexual en las escuelas y otros centros públicos de enseñanza (Educación para la vida. Guía de educación del afecto y la sexualidad), que en realidad es apenas un borrador, se dice que “el docente debe brindar un criterio ético y sólido, objetivo y científico, sin subjetivismo. No debe prestarse al servicio de una ideología y/o imponer sus propios puntos de vista o su experiencia personal de vida” (página 16). Esto es básicamente cierto, sin duda, pero en otra parte del documento se menciona que la abstinencia sexual hasta el matrimonio es “para estar bien con Dios” (página 33), lo cual es correcto en el caso de las personas creyentes pero no en el de las no creyentes, además de que tratándose de un programa estatal no deben incluirse en la educación sexual consideraciones de carácter religioso.
De manera que en este aspecto tienen razón las personas que defienden el laicismo en la educación que está expresamente señalado y garantizado por el artículo 124 de la Constitución: “La educación es laica”. Sin embargo hay que dejar claro que el laicismo no es, como parecen creer algunos, para rechazar y combatir a la religión, como tampoco tiene por misión crear espacios vacíos contra las creencias religiosas; el laicismo es más bien para asegurar que todos los ciudadanos, creyentes y no creyentes en ninguna religión, puedan debatir sobre las diferencias que es necesario respetar y los abusos y excesos que hay que impedir, sin atentar contra las convicciones de los demás.
Es aconsejable, pues, suprimir del nuevo borrador de manual para la educación sexual, las referencias religiosas que molestan a quienes no profesan el catolicismo o ninguna religión. Pero también los antirreligiosos no deberían pretender que el documento para la educación sexual se base en cualquier forma de ateísmo, hedonismo y libertinaje sexual.