Juan Carlos Arauz
No hay nada extraño en que Daniel Ortega defienda a Saddam Hussein y sea amigo de Gadafi y Fidel Castro. También es irónico que Saddam Hussein, que animaba a los iraquíes a morir como mártires en contra del invasor, se entregó, como todos los cobardes, sin disparar un solo tiro, al igual que Danielito, que mandaba a morir a los jóvenes obligados por el Servicio Militar, mientras los hijos de los “dirigentes revolucionarios” estudiaban en Cuba.