La desculturización de Nicaragua

César Augusto Bravo Vargas

La palabra “cultura” es un término que ha sufrido diversas modificaciones; ocupando significados diferentes en tiempos diferentes. En la amplia estela de registros que ha dejado la historia en su galopar por el tiempo, podemos encontrar un primer significado —en los tiempos romanos— como “el cultivo de la tierra”, pasando por “cultivo de especie humana” modificándose nuevamente en el romanticismo (siglo XVIII) que se utilizaba para referirse al cultivo de las facultades intelectuales.

Fue después de aquellos ulteriores significados, añejados con el desarrollo de las tendencias teóricas de la antropología y sociología contemporáneas, que en un nuevo replanteo se redefine este término de manera inversa a la conceptualización romántica. Cuando se dice cultura europea o suramericana, se refiere a todas las prácticas o patrones de conducta que superan la naturaleza biológica, o sea, atañe a todos los actos humanos en una comunidad dada, ya sean estas prácticas clasificadas en económicas, políticas, artísticas, científicas etc. Con este nuevo significado el término evita la discriminación de los pueblos que, como los nativos de América, fueron vistos por los europeos como salvajes, por el sólo hecho de tener culturas diferentes.

En este punto conviene hacer una pausa. Si decimos que la cultura es el conjunto total de todos los actos humanos en una comunidad, entonces podemos agregar que “la cultura es el rostro de los pueblos”. En este sentido, ¿cómo anda la cultura o rostro de los nicaragüenses?… “¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?” (R.D.)

El día en que los estadounidenses celebraban la “noche de brujas” los medios de comunicación nacionales y otras organizaciones afanosamente promovían el culto a los muertos en nuestro país, nacionalizándose en Nicaragua una costumbre de origen inglés que nada tiene que ver con nuestro origen indigenista o con nuestro legado hispánico. “¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?” (R.D.) Pero esto es tan sólo la cresta del gallo, pues las actividades o costumbres que forman parte de nuestra cultura han caído en su nivel más bajo. Nicaragua no sólo atraviesa una terrible crisis económica e institucional sino también la peor crisis cultural que se ha registrado en los últimos 30 años.

Aunque la presencia tecnológica es muy pobre en Nicaragua, la poca que existe está ejerciendo una forma de control efectiva y agradable sobre los nicaragüenses, trayéndonos consecuencias fatales como la pérdida constante y progresiva de nuestra verdadera identidad cultural, sin que ni siquiera podamos percatarnos de ello. La radio, la prensa y la televisión están cortando con la misma tijera el cerebro de cada nicaragüense, pues estos medios nos sugieren las ideas, los pensamientos, los gustos y hasta las necesidades. El único canal de cobertura nacional (Canal 2), el 45 por ciento de su programación lo destina a las telenovelas y ni siquiera un uno por ciento a fortalecer la cultura de los nicaraos. Nueve novelas al día me parece desproporcionado para un pueblo que nada en las turbulentas aguas del hambre y el desempleo. Pero esta decadencia de nuestra cultura no es un mal moderno. Ya el “Príncipe de las Letras Castellanas” hace muchos años lanzó una advertencia de tono apocalíptico en un solo verso alejandrino de su poema “Pax”: “Y pues aquí está el foco de una cultura nueva”. Hoy la podemos interpretar como una clara alusión que hace el poeta a los medios de comunicación más influyentes de nuestros días. Todos o casi todos los medios de comunicación no escapan a esta realidad, ni siquiera las radios estatales, todo lo ven bajo la perspectiva del dinero y la rentabilidad de sus medios. El único medio que destina su programación a elevar nuestro nivel cultural, se desangra lentamente y su hemorragia muestra el rostro pálido de la Radio Güegüense. Si el Gobierno no tiene sensibilidad social, ¡qué menos cultural!

El viejo de El Raizón se debate entre los temas de la corrupción y la HIPC, sin percatarse que ahora la robadera forma parte del folclor. El ingeniero Bolaños no necesita ver los modelos fallidos de Daniel y Alemán para enterarse de esta verdad, basta con que él mismo se proyecte en un espejo y mire que la persona que está dentro recibe megasalarios y megapensiones a la vez, como parte de ese nuevo folclor, mientras nuestra cultura recibe nada a cambio de pretender darnos una genuina identidad. Una vez comentó el ingeniero Bolaños: “La cultura no tiene ningún valor empresarial, de ahí su falta de prioridad en el presupuesto”. “¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?” (R.D.)

Miles y miles de nicaragüenses morirán sin presenciar una sola vez en sus vidas un ballet folclórico de la talla y alcurnia de Haydée Palacios y Ronald Abud Vivas.

Todo apunta a que muy pronto desaparecerá nuestra verdadera identidad nacional, las arenas del tiempo la están enterrando en el olvido, mientras la inercia lleva a ver crecer a los hijos con rostros ajenos. Una vez comentó Otto de la Rocha con un claro tono profético: “Cuando ya nuestra música esté al borde del olvido, vendrá una generación de músicos plagiadores y la arruinarán”. Esta profecía ya se cumplió porque las agrupaciones musicales que dicen ser nicaragüenses, de nacionales es lo menos que tienen. En su afán desesperado por mantener su popularidad y favorables sus balanzas económicas, han reciclado nuestra música despojándola de ese rico “son nica” para poner en su letra y música el ritmo del merengue, la cumbia y la salsa. Ya no hay más polca, mazurca ni güegüense acompañados de guitarras y marimbas para identificarnos, sólo hay perreo, regaae, merengues, cumbias, etc. El único grupo verdaderamente nacional también ha caído en la distorsión de la música costeña nacional: Dimensión Costeña le quitó el sabor caribeño a su música poco después del plagio más descarado que hizo Macolla de su música. La Nueva Compañía, Macolla, Los Mokuanes etc. debería de estar defendiendo la música puertorriqueña, cubana y dominicana en vez de estar arruinando la nuestra. Cualquier explicación que trate de justificar estos plagios no dejará de ser un sofismo burdo y descarado. A esto es lo que José Ortega Gasset llama: “Remotos y fenecidos restos de cultura”. Dios quiera y algún día los nicaragüenses estemos dotados de una cultura que no está abierta a los cuatro vientos del mundo. “¿Callaremos ahora para llorar después?” Y yo no quiero llorar.

El autor es escritor.

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