Jorge A. Huete-Pérez [email protected]
Una investigación realizada por científicos estadounidenses y publicada en la revista Nature podría considerarse entre las más impactantes del 2003. El descubrimiento de algunas variaciones del gen daf-2, involucrado en la regulación del metabolismo celular y responsable de alargar la vida de animales de laboratorio, indica que un día no muy lejano será posible prolongar la expectativa de vida del ser humano de forma impresionante.
Las investigaciones sobre las bases genéticas del envejecimiento se enmarcan en un área aún muy especulativa y poco desarrollada. Sin embargo, a la luz de los hallazgos recientes de la biología molecular y la medicina, pueden replantearse un sinnúmero de interrogantes que vienen preocupando al ser humano desde tiempos antiguos. ¿Por qué se deterioran nuestros cuerpos al paso de los años? ¿Sería posible revertir la vejez? ¿Existirá un elixir de la juventud?
Científicos de todo el mundo buscan afanosamente las respuestas a estas preguntas a través de diversas estrategias, dentro de las cuales destaca el estudio de las bases biológicas del envejecimiento. Hoy día existen trabajos que explican convincentemente las causas del envejecimiento celular y de tejidos. Se han determinado diversos factores epidemiológicos y ambientales que favorecen la longevidad. Se conoce, por ejemplo, que el ejercicio físico y buenos hábitos alimenticios, así como también el desarrollo de las habilidades mentales, juegan un rol fundamental en la prolongación de la vida.
Estudios epidemiológicos en individuos “centenarios” señalan la presencia de una resistencia auténtica e innata a las enfermedades. Los últimos hallazgos de la genética molecular revelan, además, la existencia de los llamados genes de la longevidad que permiten a las personas hacer frente a una diversidad de procesos celulares, los cuales normalmente se ven perjudicados en la población anciana.
Los mejores ejemplos de estos factores genéticos son los genes que protegen contra los “radicales oxidantes” y aquellos que participan en la reparación celular. Se sabe que los compuestos oxidantes lesionan el ADN y destruyen las células en los diversos tejidos. Algunas características genéticas de ciertos individuos podrían estar marcando la diferencia en la respuesta al ataque de las moléculas oxidativas. En otros mecanismos, proteínas reparadoras podrían estar corrigiendo errores del material genético ocurridos en los procesos de división celular.
Por otra parte, una corriente importante de especialistas argumenta que la combustión de energía por el consumo de alimentos conlleva a un deterioro progresivo del organismo, por lo que la batalla contra el envejecimiento podría librarse asimismo a través de una drástica reducción de la ingesta calórica. Tanto en células de levadura como en diversos mamíferos se ha demostrado experimentalmente que una disminución de calorías en la dieta puede prolongarles el período de vida hasta en tres veces más que lo ordinario.
Otros estudios fundamentales sobre la vejez abordan los mecanismos necesarios para lograr una vejez sin decrepitud y en pleno uso de las facultades físicas y mentales. Las enfermedades llamadas “de la vejez”, como las cardiovasculares, diabetes y Alzheimer, se han extendido considerablemente en las últimas décadas como resultado del alargamiento de la vida mediante la mejora de las condiciones del entorno, una alimentación adecuada y reducción de enfermedades transmisibles. De hecho, los científicos especulan que, a la par de un mejor manejo del estrés, las limitaciones sensoriales, motoras y neuronales que caracterizan a la vejez, podrán ser tratadas satisfactoriamente en las próximas décadas.
Aunque son pocos los científicos que se refieren explícitamente a la probabilidad de la inmortalidad humana, muchos están convencidos que al menos será posible mermar el proceso de envejecimiento, duplicando hasta los 150 años la vida de las personas. Obviamente, estas esperanzas parecen más factibles y gozan de mayor receptividad en las sociedades económicamente más prósperas. La esperanza de vida va siempre apareada al desarrollo de las naciones. Sin embargo, dada la enorme brecha existente entre ricos y pobres, estas esperanzas seguirán siendo el privilegio de los más afortunados.
No obstante la universalidad de los hallazgos de la ciencia moderna, en países menos desarrollados como Nicaragua la simple mejora de las condiciones de vida podría permitir aumentos extraordinarios en la esperanza de vida del ciudadano promedio. En particular, la disminución de los niveles de miseria y de muertes infantiles, y la mejora de los servicios de salud, son metas que, por alcanzables y justas, deben ser compromisos mínimos ineludibles de toda sociedad moderna y que deberían incluirse en cualquier iniciativa de desarrollo. Las consecuencias derivadas de la implementación de estas modestas medidas podrían llegar a revolucionar el concepto que hoy se tiene de la vejez en Nicaragua, permitiéndonos aspirar a una vida más larga y digna.
El autor es doctor en biología molecular.