Jorge Eduardo Arellano
Gracias a Oscar Acosta —mi colega hondureño y hermano mayor literario— pude apreciar la significación para el vecino país norteño de la presencia de ese paradigmático espeleólogo humano que ha sido Mario Vargas Llosa. Invitado por la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán, el peruano-español estuvo de visita recientemente en Tegucigalpa —la única capital iberoamericana que no conocía— para recibir el doctorado honoris causa de esa institución académica: un merecido lauro más de este gran escritor que honra, antes que su persona, a la intelectualidad catracha. En particular, al rector Ramón Ulises Salgado Peña y a Oscar Acosta, gestor de esa iniciativa que, por desdicha, no podemos esperar de nuestras universidades financiadas por el Estado, más próximas a la esterilidad y al parasitismo burocrático que a la extensión cultural creadora y a la investigación científica.
Acosta sugirió otro logro que en Nicaragua tampoco seríamos capaces de realizar: un libro-homenaje en el cual convergen y se muestran al mundo —afirma el Rector Salgado Peña— “las distintas y no menos sugestivas visiones que de la vida y la obra de Mario Vargas Llosa suscita entre nosotros”. Nueve trabajos, incluyendo el primero de Acosta (“El sol de Lima”), lo integran: distribuidos en dos secciones (“Confidencia en alta voz” y “Hallazgos y extravíos”), fueron solicitados a Dante Gabriel Ramírez (1930), Marcos Carías (1938), Julio Escoto (1944), Rigoberto Paredes (1948), Rodolfo Pastor Pasquelle (1948), Hernán Antonio Bermúdez (1949), Roberto Castillo (1950) y Héctor M. Leyva (1963). ¿Su título? “Las Honduras de Mario Vargas Llosa”.
En realidad, dicho título corresponde a su contenido. Oscar Acosta revela su experiencia peruana como diplomático entre 1952 y 1958, lapso durante el cual trató al homenajeado, cuando éste aprendía historia del Perú en la biblioteca del historiador Raúl Porras Barrenechea. Julio Escoto, no sin censurable irreverencia pero con maestría expresiva, rememora sus dos encuentros con “don Mario”. Uno de ellos tuvo lugar en Granada, Nicaragua, año de 1985. Entonces Vargas Llosa evaluaba nuestra Nicaragua como experto analista/inquisidor/preguntador/esculcador/juzgador/relacionador, escoltado por un “comisario cultural” con vozarrón de locutor veracruzano, según el mismo Escoto, quien consideraba a Lisandro (con zeta, no con ese), Julio Chávez Alfaro “el novelista con mayor dignidad que quizás jamás haya conocido”. Y también evoca la confrontación entre dos figuras político-culturales, ya explicitada en el tercer volumen de memorias “La revolución perdida” de uno de los antagonistas. Así, el más consistente novelista hondureño percibió:
“Nicaragua se adentraba en un delicado espiral en búsqueda de su propia identidad, destructivo como es en alguna forma, entre conflictos densos de caudillos literarios renombrados y prosecuenciales (Ernesto Cardenal) y adalides súbitos que asumían un nuevo liderazgo (Rosario Murillo), dispuestos a inventar la historia, cualificar el Hombre Nuevo, pontificar desde un divinismo dudoso de realidad y dictaminar cuál era la solución para los males intelectuales de un país que ni imaginaba entrar en la derrota sino en los cauces obligatoriamente exitodos de la revolución”.
Los restantes colaboradores ofrecen asedios más hondos. Ramírez destaca en Vargas Llosa sus impugnaciones novelescas de los dogmas y fanatismos, su proclamación erótica y ensayos críticos, entre los cuales uno encuentra siempre aspectos insospechados. Pastor Pasquelle privilegia su sentido de la libertad como leitmotiv y preocupación central, sus reflexiones sobre el fanatismo y el conflicto cultural, la problemática social y política latinoamericana, el arte, la literatura, la estética. Y, sobre todo, su concepción de la política como quehacer creativo, justiciero y civilizador. En esta línea, la cita vargasllosiana se torna indispensable: “Hay que incitar a los jóvenes, y sobre todo a los más idealistas y preparados, a que en vez de alejarse de la despreciable política, se zambullan a ella para volverla más digna… y más decente, y para que, de este modo, la política, en vez de ser el reino de la maniobra pequeña y de la intriga sórdida, se convierta en el instrumento de la justicia, del progreso y de mejores formas de vida para el conjunto de la sociedad”.
Los otros hondureños citados no fueron menos profundos. Pero la limitación de espacio no permite reseñar sus visiones de lectores ávidos y lúcidos intérpretes del corpus narrativo y ensayístico de Vargas Llosa, uno de los literatos e intelectuales en lengua española, señeros y prestigiosos de nuestro tiempo. Consciente de ello, el Presidente de Honduras invitó a sesenta personalidades locales para compartir un almuerzo en su honor. En contestación al emotivo discurso de ofrecimiento, Vargas Llosa improvisó unas palabras en donde ratificó sus posiciones eminentemente liberales, sin dejar de reafirmar su solidaridad con los pueblos desheredados del mundo que aspiran a un desarrollo sostenible y próspero.
Para concluir, la visita de Vargas Llosa a Honduras enalteció la imagen de este país, sumida en su tradicional “insularidad” y debe servirnos de ejemplo. Porque una circunstancia significativa nos vincula con el excepcional escritor: su tesis en la Universidad Nacional de San Marcos sobre los cuentos de Rubén Darío. Inédita aún, podría editarse en Nicaragua y constituir el motivo de su presencia entre nosotros. El Gobierno no debería despreciar esta oportunidad.
El autor es secretario de la Academia de Geografía e Historia.