La virtud de la templanza

Roberto Rosales

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La virtud de la templanza


Roberto Rosales




Cada día se ve una gran cantidad de anuncios publicitarios, escritos o en televisión, en los que dan mil y una técnicas para bajar de peso, mejorar la figura, etc. Me pregunto si será que estamos en una época en que se sube más fácil de peso o es una excesiva preocupación por la figura. Hay estadísticas que hablan por sí solas. En la Unión Europea, según datos de Eurostat, alrededor del 17 por ciento de los adultos tienen sobrepeso y un 6.5 por ciento son obesos. En Estados Unidos la proporción se dispara hasta un 30 por ciento de gente con kilos de más. En Nicaragua me parece que no nos quedamos atrás.

Puestos a buscar algún culpable de la “epidemia” del sobrepeso y la obesidad, le echamos las culpas a los estilos de vida. Algo que, sin duda, forma parte de la explicación, y que ofrece la ventaja de comprometer poco la responsabilidad personal. Otra explicación es el sedentarismo, que es el caldo de cultivo del sobrepeso, y todo contribuye a favorecerlo en la sociedad de hoy. Las largas horas sentados en el trabajo, la mecanización de las tareas que ha sustituido al trabajo manual, los desplazamientos en vehículo sin apenas andar (en algunos casos), el aumento del ocio pasivo de los niños (TV, play station, etc.) con menos juegos al aire libre, todos conspiran para reducir la actividad física.

Dentro del estilo de vida está también la modificación de los hábitos alimenticios, es decir, comer a deshora y especialmente cosas dulces y, por qué no, sabrosas. La tendencia a picar algo frecuentemente en vez de sentarse para hacer una comida formal significa que se come más y peor. Por eso, la recuperación de las comidas familiares en vez de saquear el refrigerador o comer a cualquier hora en el trabajo, contribuye no sólo a mejorar el diálogo familiar sino también a la salud.

Ahora bien, ¿las dietas y/o los gimnasios son la única solución al problema?, pienso que no. El no comer a deshora o reducir la cantidad de comida es un ejercicio que exige recuperar un hábito del que se habla poco pero que es decisivo en este problema: la virtud de la templanza. El pensamiento clásico y el cristiano han tenido claro que la búsqueda del placer que se obtiene de la comida y del sexo necesita ser moderado. Y no sólo por motivos de salud física, sino también espiritual. El filósofo alemán Josef Pieper lo explica así: “La tendencia natural hacia el placer sensible que se obtiene en la comida, la bebida y en el deleite sexual es la forma de manifestarse y el reflejo de las fuerzas naturales más potentes que actúan en la conservación del hombre. (…) Pero precisamente porque esas potencias representan la actividad irrefrenable constitutiva de lo que es vida, y por ir insertas como elementos en el núcleo mismo de la definición del hombre, sobrepasan también a todas las energías en capacidad destructora cuando se desordenan”. (Las virtudes fundamentales).

De ahí la necesidad de una moderación que guarda al hombre defendiéndolo contra sí mismo. No en vano la práctica del ayuno aparece en todas las religiones como un elemento para elevar al ser humano.

La “epidemia” del sobrepeso o el querer tener mejor figura nos pone delante de los ojos un desorden que exige cambios en los estilos de vida, en las prácticas de la industria alimenticia y en los hábitos alimentarios. Pero esos cambios no dispensarán del hábito de la templanza, esa dieta del espíritu que va dirigida a poner orden en el interior de la persona antes que en el perímetro de la cintura.

El autor es ingeniero mecánico.

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