Rafael Ibarguren
Tuve el gusto y el privilegio de participar, durante la última semana de noviembre pasado, del Segundo Congreso Americano Misionero (CAM 2) realizado juntamente con el Séptimo Congreso Misionero Latino Americano (COMLA 7) que tuvo lugar en la Ciudad de Guatemala.
Al mismo llegaron unos tres mil delegados representantes de las tres Américas, eclesiásticos y laicos, entre los cuales seis cardenales y más de cien bispos. Presidió el magno evento el enviado especial de Su Santidad, el cardenal Cescenzio Seppe, Prefecto de la Congregación Vaticana para la Evangelización de los Pueblos.
Todas las diócesis de Nicaragua estuvieron representadas por más de ciento ochenta misioneros, entre los cuales se destacó el señor cardenal Arzobispo de Managua, monseñor Miguel Obando y Bravo, presidente de la delegación.
Bajo el lema “Iglesia en América, tu vida es misión”, las exposiciones y debates fueron ilustrando a los participantes —y progresivamente se hará a todas las instancias de las iglesias particulares de América— sobre la imperiosa necesidad de lo que se llama la misión ad gentes.
Guardemos esa expresión del Apóstol San Pablo: ad gentes; hacia la gente, en dirección de los “gentiles”, hacia “los de afuera”. Ésta es una modalidad apostólica diferente y complementaria de lo que el Papa Juan Pablo II llama de “nueva evangelización”. Esta última procura re-cristianizar las personas y los lugares que conocieron a Cristo y a su Iglesia. La misión ad gentes orienta, en cambio, hacia los que no han conocido el bautismo e ignoran el prodigio de la Encarnación, los tesoros de la Revelación, la riqueza del Magisterio de la Iglesia. Son la inmensa mayoría de los hombres y mujeres del planeta.
América, y, especialmente, Latinoamérica, posee más de la mitad de los católicos del mundo entero. Y países como México y Nicaragua alcanzan los más altos índices de personas bautizadas. Es un bello logro. Pero, por otro lado, en la gigantesca población del Asia los católicos no llegan ni siquiera al uno por ciento.
A la vista de esa realidad una conclusión se impone: si se quiere ser fiel y coherente con las exigencias de la fe hay que lanzarse con ánimo a la arena de la misión. No hay que iludarse: algo siempre se puede hacer. En primer lugar con la oración. ¿Quién no puede rezar u ofrecer sacrificios por la extensión del Reino de Cristo? También podemos hacer algo con el aporte material, siempre indispensable. Y ¿por qué no? hasta con el compromiso personal abriendo camino…
El Papa, por la voz de su legado en al CAM 2 – COMLA 7, invita a eso. Los obispos se hacen eco de ese apelo. Y su conciencia llama a los católicos a dar gratuitamente y con alegría lo que gratis y sin merecimientos se recibe: el don inefable de la fe.
“Las Iglesias particulares de América están llamadas a extender su impulso evangelizador más allá de sus fronteras continentales. No pueden guardar para sí las inmensas riquezas de su patrimonio cristiano” (Documento Iglesia en América, 74)
En el primer milenio del cristianismo Europa recibió la semilla y la hizo fructificar. En el segundo milenio le tocó el turno a América y, en alguna medida, al África. En este tercer milenio que comienza, desde las inmensidades del Asia y de Oceanía, millones y millones de almas hundidas en el paganismo, en la idolatría o en el ateísmo, piden el concurso de nuestras iglesias jóvenes.
Mucho podemos hacer desde nuestra pequeñez, pobreza y martirio (como reza la oración del Año Misionero) El Divino Maestro lo pudo todo desde esa mismísima perspectiva.
Que María, la primera discípula y misionera del Señor, interceda junto a su Hijo para que comprendamos, amemos y vivamos los actuales desafíos de la evangelización.
El autor es miembro de la Asociación de Fieles de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio.