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Justicia auténtica
Se dice que la verdadera prueba de la justicia consiste en demostrar hasta qué punto se es justo con quienes no lo son. Y es cierto, pues uno de los sentimientos más naturales del ser humano es el de cobrar los agravios con la misma moneda, aplicando la llamada ley de talión de “ojo por ojo, diente por diente”.
Al respecto el jueves de esta semana la justicia de Estados Unidos de Norteamérica pasó airosamente —una vez más— esa difícil pero necesaria prueba, al resolver dos tribunales federales que el presidente George Bush no puede ni debe mantener bajo arresto a nadie, nacional o extranjero, sin ponerlo en el término legal a las órdenes de la justicia ordinaria y protegido por las garantías del debido proceso que amparan a todas las personas, aunque sean acusadas de terrorismo.
Se trata, específicamente, de los casos del norteamericano de origen puertorriqueño, José Padilla, acusado de querer hacer estallar una bomba radiológica; y del australiano miembro de Al Qaeda que fue capturado en Afganistán y está preso en la base norteamericana de Guantánamo, en Cuba, David Hicks. Según los tribunales, Padilla deberá ser sometido al debido proceso en el término de 30 días, o dejado en libertad, y Hick debe ser visitado por su abogado defensor, de manera que los otros terroristas presos en Guantánamo también podrán gozar de ese derecho constitucional.
Dicho con otras palabras, la justicia ha anulado la decisión presidencial de mantener como prisioneros de excepción no sólo a los miembros de Al Qaeda, sino también a cualquier acusado de terrorismo, lo que según el presidente Bush es necesario para defender a la nación y lo puede hacer por su condición de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, con poderes de guerra.
En realidad, lo que han hecho las cortes federales es confirmar la orgullosa tradición de independencia y ecuanimidad de la justicia estadounidense, a partir del cumplimiento escrupuloso de la VI Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que garantiza a todo acusado el derecho a un juicio expedito y público, a ser procesado por un jurado imparcial del lugar donde se haya cometido el delito, a ser informado de la naturaleza y causa de la acusación, y a ser asistido por un abogado defensor.
Los terroristas son asesinos despiadados y fanáticos que no tienen ni respetan ningún concepto de justicia. Cuando ellos hacen estallar sus infernales artefactos para asesinar deliberadamente y a ciegas a decenas y centenares de personas, incluyendo a niños y ancianos; y cuando se ven las imágenes de la destrucción que causan, y los pedazos de cuerpos de numerosos seres humanos que son asesinados de una sola vez en la forma más brutal que cabe imaginar, de manera inevitable el primer sentimiento que aflora es el deseo de que se castigue a los asesinos lo más fuerte que sea posible, de que no es justo favorecerlos con ninguno de los beneficios y derechos que proporciona la justicia moderna y civilizada, de que lo único que cabe es aplicarles, sin contemplaciones de ninguna clase, el antiguo precepto bíblico de que “el que a hierro mata a hierro muere”.
Pero la gente normal no puede actuar en ningún caso como los terroristas. En una sociedad democrática y civilizada, hasta los terroristas que no respetan el derecho ni la vida de nadie y son la peor escoria humana, deben ser amparados por garantías procesales y juzgados por tribunales independientes cuya función es hacer justicia y no ajustar cuentas, por muy comprensible que sea el deseo de venganza.
Hace unos días, al comentar la captura de Saddam Hussein por militares de Estados Unidos, en Irak, señalamos la enorme diferencia que hay entre la democracia y la dictadura, ya que en esta última no se captura vivo a ningún enemigo, sino que se le asesina y luego se le da por muerto “en combate” o en intento de resistirse a la captura y de escapar. La diferencia se ve también, inclusive con mayor brillantez, en el caso de la justicia, que en las dictaduras es vengativa, arbitraria y criminal, y en la democracia respeta los derechos hasta de los peores criminales, aunque sean terroristas.