Primero justicia, después el Estado de Derecho

Mario Alfaro Alvarado

¿Por qué arman tanto escándalo los admiradores, los seguidores y los cómplices de Arnoldo Alemán, porque una juez política, en un juicio político, le aplicó una justicia política?

Se habían acostumbrado a que la justicia políticamente solamente se aplicaba a los robagallinas, pero no a los defraudadores de los bienes del pueblo. La justicia que condenó a Alemán es la misma justicia que impusieron los liberales en 1893: la justicia con que Zelaya fusiló a Castro y Guandique, quemó sus cadáveres en la plaza pública y arrojó sus cenizas al lago; es la misma justicia con la que los Somoza organizaron consejos de guerra para juzgar civiles y condenarlos a humillantes confinamientos y largos períodos de prisión; es la misma justicia que permitía las torturas como método de investigación y la “ley fuga” para asesinar legalmente; es la misma justicia que acusó a muchos jóvenes, casi niños, de comunistas, revolucionarios y terroristas.

Es la misma justicia que convirtió al Senado en Tribunal político para condenar a penas exageradas a los senadores de la República, Emiliano Chamorro y Abel Gallard y al diputado Raúl Arana Montalván; es la misma justicia a cuyo amparo la Corte Suprema calló, toleró y avaló las arbitrariedades sentencias de los tribunales militares y nunca cogió las apelaciones de los prisioneros.

Pues ésa es la justicia, la justicia política, que juzgó y condenó a Arnoldo Alemán por lavado de dinero y por otros delitos cometidos contra el pueblo de Nicaragua. Ahora vienen sus seguidores, los amigos que compartieron el festín y la reparación de los bienes estatales a proclamar con fanatismo la inocencia del gran delincuente que despojó al pueblo nicaragüense de más de cien millones de dólares.

El sistema judicial ha sido llamado la cenicienta de la administración pública, porque se le ha visto con o ningún interés y se le asignaron escuálidos presupuestos, como por no dejar; de manera que los juzgados, hasta hace poco, eran menos que tabucos carentes de todo lo necesario para impartir justicia. Ésa era la justicia impuesta al pueblo de Nicaragua, donde prevaleció y siguen prevaleciendo los intereses caudillistas y los intereses partidarios.

Desde tiempos inmemoriales existe en los seres humanos la justicia como una necesidad inherente coincidente con las interrelaciones sociales. Desde el clan primitivo hasta los grandes imperios de la Mesopotamia hubo formas diversas de ejercer la justicia, como lo atestiguan los códigos legales, que son los más antiguos documentos arqueológicos.

Las justicia es una de las cuatro virtudes cardinales que dan contenido a los valores morales del ser humano. Sin justicia no puede haber moral. La justicia impulsa a la voluntad del hombre el bien, le da fuerza para reclamar lo que le pertenece y lo aconseja a dirimir sus diferencias sin recurrir a la violencia y a la arbitrariedad.

Son los jueces los instrumentos vivos de la justicia. En sus conciencias debe palpitar “la perpetua y constante voluntad de dar a cada quien lo suyo”, como afirma la Suma Teológica. Pero ¿qué se puede esperar de magistrados que en la Corte Suprema de Justicia, uno de ellos manifestó sin inmutarse que él estaba allí para defender los intereses de su partido; y otro que con arrogancia definió su rol en el alto tribunal; sacar al reo Arnoldo Alemán de la cárcel? ¿Se puede pensar que los demás no piensan de la misma manera? Debe haber allí alguna excepción ¡Enhorabuena!

Básicamente el Estado sin derecho es un simple fenómeno de fuerza, porque sin derecho no puede haber justicia y la falta de justicia incuba la violencia. Un Estado con justicia política es lo que hemos tenido siempre y es lo primero por cambiar para tener algún día el prometido Estado de Derecho.

El autor es periodista.

Editorial
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