Ariel Montoya
La lucha contra la corrupción, y el Plan Nacional de Desarrollo (PND), alma, corazón y nervio de la misión administrativa y política del Gobierno del presidente Enrique Bolaños, representan hoy por hoy no sólo la expectativa de una ruta moral anti-rapiña, sino también la más clara advertencia para políticos corruptos de Nicaragua y de Iberoamérica, a no incurrir en el inhumano atropello del enriquecimiento ilícito, como ha sido la costumbre por gobiernos y siglos, de Pedrarias a Alemán. De hacerlo, correrían el riesgo de ser enjuiciados y encarcelados.
La gestión que desde el Poder Ejecutivo ha realizado el primer mandatario, contendiendo con adversarios naturales como los sandinistas en algunos casos, y en otros con las fuerzas liberales con las que se llegó al poder (que se siguen considerando, oficialmente, opositoras a él) permiten que su administración reciba el calificativo de exitosa, civilizada y valiente, tomando en cuenta el grado de estabilidad mantenido así como los logros macrofinancieros, decisivos para el repunte económico inmediato vaticinado ya estadísticamente para lo mucho que aún falta en su período.
El reordenamiento fiscal, concebido en la reducción de la deuda externa, la recuperación crediticia ante la comunidad internacional y la puesta en marcha de los TLC, nervios coherentes y orgánicos del PND, vienen cambiando aceleradamente el hereditario cuadro social de los ochenta.
Los sandinistas creyeron que con su revolución (y lo dijeron), Nicaragua se partía en dos: la anterior y la posterior a ellos. Hubo alguien incluso que dijo que todo su pasado podía irse perfectamente por el orificio de un excusado. Se creyeron dioses. Igualmente pudieron haberlo pensado Zelaya o los conservadores con sus glorificados Treinta Años. O los mismos Somoza.
Sin embargo, el presidencialismo actual (redimensionado con la actitud personal del mandatario, independientemente del falso parlamentarismo pregonado por ahí), empuja al fortalecimiento de una conciencia pública capaz de conducirla a la modernidad consecuente con la era global e integracionista.
Esto, junto a una inédita visión humana establecida en el respeto a los derechos de la mayoría, entre los que se incluye fundamentalmente el castigo al enriquecimiento ilícito (como ya se está viendo con la condena a 20 años de prisión al ex presidente Arnoldo Alemán), conlleva en gran medida a la ansiada propuesta de nación añorada por la política visionaria y reclamada por la intelectualidad. A lo que hay que añadir, además, la renovación de una nueva clase política a partir del fin a la concepción del Estado-botín, el prebendarismo y la fatídica terquedad caudillista.
Vale señalar, además, que la “Nueva Era” (esa auténtica revolución cívica, sin precedentes en la era de las chatarras revolucionarias, vanguardizada por una tecnocracia liberal ilustrada, encaminada a perfeccionar el rol ético del funcionario público), no se está quedando únicamente en la retórica circunstancial, pues independientemente de las imperfecciones, empieza a incubarse en el sentir poblacional el rechazo cultural al caudillaje, llámese con nombre y apellido de Arnoldo Alemán o de Daniel Ortega, vitoreados en los palenques electorales por las minorías exaltadas (y beneficiadas) en el caso del último, o bien, por la militancia acuerpada en la efigie bonachona, en el caso del primero. Las últimas encuestas señalan que más claro no canta un gallo.
De cara al futuro aunque partiendo del presente, la vigencia del PND resulta ser el otro pilar que da pie a la propuesta de una refundación del Estado Nación. En dicho plan, se conciben las estructuras de un desarrollo sostenible de país que trasciende no sólo a los partidos políticos (genéticamente herrumbrados), sino también a futuros gobiernos.
Recientemente la prensa mundial editorializó e informó sobre lo que está ocurriendo en el país. Del New York Times a El Mercurio de Chile, pasando por El País de España, entre otros, se ha vuelto a poner su nombre muy en alto, anunciando que los pantalones los lleva bien puestos el pueblo de Nicaragua reconociendo la valentía, el sacrificio y el liderazgo del presidente Enrique Bolaños, en su tenaz ataque a la corrupción. Dejando entrever también que esta vez, salvo la rapiña, será la única capaz de irse por el orificio de un excusado.
El autor es periodista. Director de Publicaciones de la Secretaría de Comunicación