Miguel Ernesto Vijil Ycaza
Es una verdad innegable que a todos nos corresponde fomentar el cultivo y la transmisión de valores éticos en la sociedad y que la manera más común de hacerlo es mediante el buen ejemplo.
El ejemplo arrastra, dice el adagio, pero sobre todo el de aquellas personas a quienes sus méritos, habilidades, circunstancias, o la simple casualidad, colocan en la mira de muchos de los simples ciudadanos. En esta era de globalización y comunicación instantánea, lo que estos personajes hacen, o dejan de hacer, se conoce de inmediato en los más remotos confines del planeta.
Mucho de lo malo que hoy acontece y mucha de la pérdida de valores éticos es consecuencia de malos, o pésimos, ejemplos que los famosos han dado y que siguen dando. Y nos les vale aducir que ellos no quisieron asumir ningún papel de modelo moral, o reclamar una libertad individual que realmente perdieron cuando se convirtieron en famosos. Héroes otrora convertidos en villanos, eximios deportistas caídos en el vicio, luchadores por causas nobles convertidos en corruptos aprovechados. La responsabilidad por la imitación de sus bajezas que hacen sus “fans” los perseguirá hasta el fin de sus días. Por eso es refrescante cuando algunos de ellos protagonizan actos nobles que la sociedad nota e imita.
Doña Leticia Ortiz, prometida del Príncipe Felipe de España, regaló a su novio el día del compromiso una versión encuadernada de una novela de Mariano José de Larra, publicada a mediados del siglo XIX. En un mundo cada vez más inculto y falto de tradiciones, esta demostración pública del noble interés por la lectura que adorna a Leticia es un hito refrescante que puede contribuir a detener un tanto la marea de barbarie que nos amenaza. Sin lectura no hay educación, ni historia, ni ética. Los resultados de su gesto fueron instantáneos: Larra fue redescubierto, aparecieron nuevas ediciones de su novela y la cultura española respiró con alivio.
Luciano Pavarotti, el famoso tenor, ha contraído nuevo matrimonio ya cerca de los setenta años. Fue una boda de multitudinaria invitación, pero los invitados no recibieron esquelas indicando donde adquirir los regalos que los novios preferían. A cambio una nota con la lista de siete entidades de beneficencia en donde depositar el equivalente de lo que pretendían gastar en ellos.
En nuestro medio también hay famosos. Lástima que hoy no tenga ningún ejemplo suyo que agregar.
El autor es profesor universitario