La emoción del boxeo les contagió y se liaron a golpes un padre y su hijo, que esperaban la pelea de Ricardo Mayorga y Cory Spinks. Sus amigos ayudaron a evitar que el pleito pasara a más.

¡Y se aguó la fiesta!

Del optimismo y la euforia se pasó a la frustración y el enojo Mirna Velásquez Sevilla [email protected] Lo que inició con mucha energía terminó con una mezcla de tristeza y enojo. Los espectadores que vieron con suma atención cada round de la pelea entre Ricardo Mayorga y el norteamericano Cory Spinks, en el restaurante El […]

  • Del optimismo y la euforia se pasó a la frustración y el enojo

Mirna Velásquez Sevilla [email protected]

Lo que inició con mucha energía terminó con una mezcla de tristeza y enojo. Los espectadores que vieron con suma atención cada round de la pelea entre Ricardo Mayorga y el norteamericano Cory Spinks, en el restaurante El Establo, se frustraron al conocer el resultado de la pelea que para ellos fue un “robo”. De inmediato, la masa de gente que se encontraba sentada, frente a la pantalla, se levantó y abandonó el lugar, molesta.

Otros discutieron y se agarraron a golpes. La Policía tuvo que intervenir y limpió el lugar de los eufóricos fanáticos.

Las caras lánguidas contrastaban con el ambiente de optimismo con que momentos antes los fanáticos siguieron las tres peleas de campeonato que protagonizaron los nicaragüenses, en al menos 25 bares que dispusieron pantallas gigantes en Managua.

¡Nicaragua! ¡Nicaragua! ¡Nicaragua!, coreaban los fanáticos eufóricos, emocionados en el octavo round de la pelea. Transcurría un minuto cuarenta y seis segundos, cuando Luis Pérez, conocido en el mundo del boxeo como “El Demoledor”, tiraba golpes a su contrincante, el venezolano Félix Machado.

Era uno de los tantos momentos en que el público, embelesado por la pantalla grande del Restaurante El Establo, en Managua, disfrutaba de la transmisión de la pelea de los tres campeones mundiales, Rosendo Álvarez, Luis Pérez y Ricardo Mayorga.

Félix Machado abrazaba la cintura de Luis Pérez y el público se mofaba. ¡Uuuh!, resonaba en todo el lugar, dominado por un público masculino de todas las edades.

Minutos antes, la tristeza abrigada por tragos de ron, cervezas y boquitas, inundó el espacio, cuando el campeón Rosendo Álvarez, “El Búfalo”, se enfrentaba a Víctor Burgos, de México. El enfrentamiento no tenía la misma fuerza con la que peleó Pérez. Los jueces vieron un empate y el rostro de los espectadores denotaba decepción.

Y es que en Managua, los aficionados se trasladaron hasta el cuadrilátero de Atlantic City, a través de la televisión, para disfrutar la velada más importante que se registra en la historia del boxeo nicaragüense, donde el ministro de Transporte, Pedro Solórzano, se dio el lujo de presenciar en primera fila.

“¿De dónde habrá salido el dinero que financió ese viaje?”, preguntó un espectador que prefirió omitir su nombre.

Mientras Luis Pérez, de origen humilde, se persignaba y bailoteaba en el ring para dar un puñetazo en la barbilla izquierda de Machado, en el Z Bar, mujeres y hombres, jóvenes y adultos, degustaban traguitos de ron, alitas de pollo o cigarrillos.

Durante las dos primeras peleas, la de Rosendo Álvarez y la Luis Pérez, en el Z Bar, el público se desesperó, pues la pantalla gigante no funcionaba, y veían desde pequeños televisores la emoción de ese rudo deporte.

“Mayorga es mi ídolo”, “Ese maje está cayendo” (refiriéndose a Félix Machado), decía con evidente emoción Carlos Ulises Bojorge, en medio de aplausos y manos alzadas.

Cuando se subsanó el problema de una de las pantallas grandes, el público se apostó al aire libre y pudieron apreciar las últimas escenas de la pelea de Luis Pérez. Minutos más tarde, la atención de los concurrentes se centró en una pareja que bajo los efectos del alcohol hacían una demostración de boxeo callejero, sin guantes. Era un padre y su hijo que por cualquier motivo se agarraron a golpes. “Le pego porque es mi hijo”, dijo el señor.

Paradójicamente, mientras en los bares donde suele reunirse la clase alta de Managua, enaltecían a los púgiles, en el ring se desplazaban los campeones criados en barrios, de extracción pobre, se lucían, dando lo mejor de sí. Y en ese momento las diferencias sociales eran asunto olvidado.

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