Una japonesa en Managua

Chikako Matsumoto

Ya habían pasado ocho meses y mi trabajo en la UCA estaba marchando muy bien. El ambiente de la UCA estaba casi perfecto para mi trabajo y la pasaba bien allí, siempre con los empleados.

Dentro de la UCA todo era muy sano, pero cuando salía tenía que quitarme todas mis prendas: cadena, anillos, reloj, etc., para cuidarme a mí misma. Ya me habían robado dos veces, en pleno día y públicamente. También había experimentado la vida sencilla, sólo con velas, porque cortaron la luz en mi casa. Pero esa fue una noche maravillosa que pasé mirando una luna hermosa y dormí en una hamaca sintiendo el viento nocturno.

Me extrañó lo incómodo que es cuando cortan el servicio de luz o agua sin previa notificación. A veces se iba el agua, de pronto cuando estaba lavando mi pelo con el champú haciendo mucha espuma. Todo junto a la vez, si agua y sin luz, ¿por qué?

Ya debía acostumbrarme a la vida en Nicaragua, pero no podía en absoluto solucionar un problema de la conciencia nicaragüense.

Era natural ver la vida pobre y la realidad cuando salía a la calle. Al tomar un bus encontraba unos niños que estaban limpiando, de rodillas, los zapatos de los pasajeros, con un toalla sucia, o cantando para ganar unos pesos. Así hay de todo en el bus. Al ver afuera del vehículo, un montón de gente estaba pidiendo un peso en la calle. Mientras viajaba en el bus durante 20 minutos, todos los días, me dolía mi corazón ver esa escena.

Primero, me negaba a darles dinero cuando me pedían, porque pensaba que darlo es hacer a la persona vaga. Pero un día me pregunté a mí misma: ¿Por qué no podía darlo directamente? Había mandado un dinero por medio de mi banco japonés, automáticamente, cada mes, para ayudarle a otro país. Pero, ¡qué vergüenza!, nunca había dudado del destino de mi dinero. Así me di cuenta que sólo estaba contenta de hacerlo, pero no sabía como era utilizado pues no tenía interés en saberlo.

Al pensarlo me pareció que dar el dinero personalmente y cara a cara es más real y útil, aunque sea sólo un peso. Yo traté de dar dinero a cualquier persona que me pedía, pero preguntándome: ¿Esta manera es correcta o no? Tenía muchas dudas sobre la ayuda económica.

Un día, en la calle, un niño me pidió regalarle un jugo que yo estaba tomando. Me sorprendí porque nunca nadie desconocido me había pedido una comida empezada. Se lo di y él salió en carrera tomándose el jugo sin palabras, sin decirme ni siquiera “gracias”. Esto me extrañó pero a la vez me hizo sentir feliz al ver su sonrisa. Desde ese día sigo dando comida cuando me piden … pero nunca más dinero.

La vida continuó igual, siguieron pidiendo un peso para vivir uno y otro día. Pienso: ¿Hasta cuando seguirán viviendo de esa manera? Tal vez no puedo solucionarlo por mí misma, pero me pregunto: ¿Cuál es la forma más adecuada si pudiera hacer algo por mí misma?

Imagínese usted que ve un niño sin zapatos, con ropa rota que se acerca a usted para pedirle algo. Al verle bien, en este momento se ve a sí mismo, o a su hijo. ¿Qué sentiría?

En mi país, Japón, esta situación no se da. Si algún día se diera me parece que no podría hacer nada, porque éste no es un país como Nicaragua. Primero hay que saber la realidad del mundo, sentir y pensar algo dentro del corazón. El dinero no es la única manera de ayudar. Hay que buscar alguna manera, en la que cada uno aporte un esfuerzo para que nuestro mundo sea mejor.

La autora es cooperante japonesa que vivió en Nicaragua algunos años.

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