La amenaza del “bolivianazo”

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La amenaza del “bolivianazo”





En estos días de crisis Daniel Ortega ha amenazado dos veces al presidente Enrique Bolaños con derrocarlo mediante un “bolivianazo”, en referencia a las recientes revueltas callejeras ocurridas en La Paz, Bolivia, que derrocaron al ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada. La primera vez que Daniel Ortega amenazó al presidente Bolaños fue en la reunión que sostuvieron el lunes 24 de noviembre, en Casa Presidencial, y la segunda, en el discurso que el caudillo sandinista pronunció el viernes de la semana pasada.

Al presidente Bolaños le faltó, ya en la primera ocasión, levantarse en el mismo momento en que Ortega lo amenazó con el “bolivianazo”, echarlo a la calle y desafiarlo a que fuera de inmediato a derrocarlo, a ver si es cierto que tiene pantalones para hacerlo.

No los tiene. Daniel Ortega está jugando a antigua táctica ultra-izquierdista y aventurera de agudizar deliberadamente y al máximo las contradicciones, para obligar a su adversario o enemigo a negociar al borde del abismo y obtener las mayores ventajas. Pero Ortega no tiene valor para derrocar al presidente Bolaños y asumir él mismo la Presidencia, o poner al actual vicepresidente, José Rizo (ya que se habla de “bolivianazo”), o a cualquier títere del FSLN o el PLC “designado” por la Asamblea Nacional.

Es cierto que cualquier gobernante de América Latina está expuesto a ser derrocado por asonadas callejeras como la que en octubre recién pasado tumbó al ex presidente boliviano Sánchez de Lozada. Inclusive en la tradicionalmente estable Costa Rica, la izquierda callejera ha tomado gran fuerza como lo ha demostrado en las manifestaciones contra las privatizaciones. La Carta Democrática de la OEA, que “prohíbe” los derrocamientos de gobernantes electos por voto popular, no ha servido para nada. Y no sólo en el caso del “bolivianazo”, sino que en otros anteriores, como los derrocamientos del ex presidente de Argentina, Fernando De la Rúa (diciembre del 2001), del peruano Alberto Fujimori (noviembre del 2000), y de los ecuatorianos Jamil Mahuad (febrero del 2000) y Abdalá Bucarán (febrero de 1997).

En toda América Latina —tal vez con la excepción de Chile— las crisis económicas, las convulsiones sociales y los tumultos políticos alteran a menudo el desarrollo de los procesos democráticos. Esa inestable situación fue examinada a profundidad —poco antes de la celebrarse la XIII Cumbre Iberoamericana del 14 y 15 de noviembre recién pasado en Santa Cruz de Bolivia— por el IV Foro Iberoamericano en el que participaron “lumbreras” intelectuales como Carlos Fuentes, el ex presidente uruguayo Julio Sanguinetti, el presidente del BID Enrique Iglesias, el economista ex FMI Joseph Stiglitz, el ex ministro de Economía argentino Domingo Cavallo, el ex primer ministro de Portugal Francisco Pinto Banselmo, el ex canciller de Brasil Celso Lafer y otros.

En ese IV Foro Iberoamericano que tuvo lugar en Campos do Jordao, Brasil, se señaló que la inestabilidad latinoamericana es lógica e inevitable, porque América Latina es la región con mayores desigualdades del mundo; y señalaron que es ante todo una desigualdad en la educación, cultural, lo que impide a la gente y a los políticos sobre todo comprender la importancia de fortalecer y respetar las instituciones. Sin embargo, como muy bien dice el eminente intelectual e historiador mexicano Enrique Krauze, a pesar de los graves problemas económicos, sociales, culturales y políticos que sufren los países latinoamericanos, y no obstante que los jinetes del Apocalipsis parecen cabalgar de nuevo sobre estas tierras, la democracia sigue siendo el único sistema legítimo para vivir y subir al poder en América Latina.

El aventurerismo izquierdista y corrupto de Ortega y Alemán representa, sin duda, a ese caballo apocalíptico que galopa en Nicaragua con la pretensión de arrasar todo lo que de dignidad, decencia e institucionalidad democrática queda en el país; para lo cual le golpean la mesa al Presidente de la República y amenazan con el caos, creyendo que así podrían alcanzar más fácilmente sus perversos objetivos.

Pero, repetimos, Ortega no tiene valor para derrocar al presidente Bolaños. Aún así, las personas honestas, democráticas y dignas de Nicaragua no deben confiarse. Ortega y Alemán son capaces de cualquier cosa, por eso hay que enfrentarlos si es preciso en su mismo terreno, antes que causen más daño, con la seguridad de que serían inexorablemente derrotados.

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