- Charles De Gaulle (1890-1970)
Aldo José Martínez C.
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El filo de la espada
| Charles De Gaulle (1890-1970) |
Aldo José Martínez C.
Presidentes hay, y muchos. Gente que destaque, descolle y triunfe, pocos. Éste es el caso de Charles de Gaulle, quien escribiera una página importantísima en la historia de Francia. Un hombre que destacó en todos los órdenes y al que hoy muchos recuerdan. Tal vez no siempre se termine con honores, pero la gloria de cierto modo perdura para siempre.
En estos días he tenido la dicha de leer el libro del general de Gaulle: El filo de la espada, que es un resumen de discursos pronunciados en la Academia de Guerra Francesa en el año 1932; descubro que su pensamiento y los consejos encerrados en él se han mantenido incólumes a pesar del paso de los años, demostrando su calidad y valía.
Los pasos de los grandes líderes son como truenos que hacen retumbar la historia.
¿Qué tuvo de Gaulle que tanto impresiona? ¿por qué destacó tanto en el siglo XX, más que muchos líderes de naciones más poderosas que Francia?
Mucho antes de llegar a la preeminencia y el poder escribió lo que era en realidad un manual de liderazgo: El filo de la espada.
Este libro nos proporciona, así, el medio de examinar a su autor y el marco indispensable-para comprenderlo. El general De Gaulle define tres cualidades cruciales que ha de poseer el líder: para trazar el camino apropiado, necesita inteligencia e intuición; y para persuadir a la gente que avance por ese camino, necesita autoridad.
Como los especialistas en ciencias políticas viven en el mundo académico, ponen de relieve, comprensiblemente, el aspecto intelectual del líder. Pero el general De Gaulle señaló que los líderes han comprendido siempre la importancia crucial de la intuición que, según él, permite al líder “ir al fondo de las cosas”. La inteligencia puede proporcionar el conocimiento teórico, general, abstracto de lo que es, pero sólo la intuición puede hacer sentir lo práctico lo particular, lo concreto. Además, penetra en lo complejo de la situación y escoge lo esencial. Luego, la inteligencia elabora, da forma y refina lo que él llamaba “la materia prima” de la comprensión intuitiva. Sólo cuando un líder logra el equilibrio correcto entre inteligencia e intuición, sus decisiones estarán marcadas por la presciencia.
La presciencia (saber por qué camino conviene avanzar) está en el meollo mismo del líder, palabra que entraña la capacidad de actuar como guía, de ver más allá del presente al trazar la vía hacia el futuro.
De Gaulle sabía que la presciencia no basta. Un líder no sólo ha de decidir correctamente lo que debe hacerse, sino que ha de persuadir a los demás y conseguir que lo hagan. Un líder ha de ser capaz de crear un espíritu de confianza en los que están a sus órdenes. Ha de ser capaz de afirmar su autoridad y ésta deriva del prestigio.
El general De Gaulle estaba consciente de que Francia era en el fondo un país latino. Hablando cierta vez de su propia herencia latina dijo: “ Estoy orgulloso de mi herencia. Nuestra devoción a la familia y a la Iglesia, nuestras aportaciones a la Filosofía, la música, el arte, son admirables pero los latinos no servimos para gobernar. Nos resulta difícil encontrar el equilibrio entre orden y libertad. Vamos a los extremos: demasiado orden y poca libertad, o demasiada libertad y poco orden”.
El genio del general de Gaulle consistía en su capacidad de lograr que en Francia existiera este delicado equilibrio.
Lo que en política separa a los hombres de los muchachos es que los segundos quieren ocupar cargos con el fin de ser alguien y los primeros los desean con el fin de hacer algo.
El general de Gaulle no deseaba el poder por lo que éste pudiera hacer en su favor, sino por lo que él pudiera hacer con el poder.
En este mes de efemérides en la vida de este prohombre es necesario reflexionar y meditar en sus consejos. Llegan a mi mente como un eco las palabras que pronunciara en el discurso de toma de posesión don Enrique Bolaños, Presidente de Nicaragua, diciendo “que en el futuro le gustaría que se le recordase como el mejor presidente de la historia”. Para lograr esta misión extraordinaria él debe ser extraordinario en todo el sentido de la palabra, debe ser guía del Parlamento y no su seguidor, por lo que dijera el general De Gaulle: “Los parlamentarios pueden paralizar la acción, pero nunca pueden iniciarla”. La grandeza de un líder radica en enfrentarse a las dificultades y dominarlas, revivir cuando se enfrentan a grandes pruebas, nadar en contra de la corriente y no a favor de ella, aprender de los errores.
Las lecciones sobre liderazgo de De Gaulle son sencillas pero tajantes: Si un líder posee misterio, carácter y grandeza, puede adquirir prestigio. Si sabe combinar prestigio con el carisma tiene autoridad. Y si consigue agregar presciencia a la autoridad, entonces, como De Gaulle, puede convertirse en uno de esos pocos gobernantes que dejan huellas en la historia. Ojala don Enrique sea uno de ellos.
El autor es Postulante MBA.