Sor María y la “fiestecita” de la Asunción

Ruth C. de Fuentes

En 1949, en la concentración de una fiesta (María Auxiliadora o Navidad) se tenía que pagar, sólo por el pan, 500 colones que no estaban, ¡claro! Llegó el panadero con los cestos llenos y entregó la factura a Sor María Romero. “Es de suponer qué congoja nos invadió”, escribe ella misma. Pero, le dijo al panadero: “Espere por favor un momento”. Y mientras estaban ya despidiendo a los niños de la Primera Comunión levantó la mente y el corazón hacia su Reina:

“Pon tu mano, Madre mía… Al abrir la puerta, apareció una cooperadora nuestra, feliz, con cara de pascua por habernos visto sin tener que hacer antesala”. La cooperadora le dijo a Sor María que cogiera limosna “que había ofrecido a la Virgen por la venta de unos terrenos”, y se fue. En el sobre —bondad de María— habían 500 colones. El panadero los recibió con naturalidad, pero Sor María y las pequeñas misioneras pensaron en la “bondad de nuestra Madre Santísima y Jesús Sacramentado”.

Se quería celebrar la fiesta de la Asunción invitando también a las mamás de los oratorianos y oratorianas. Dos días antes, Sor María llamó a las misioneritas para preparar el acontecimiento. “Desde este año –dijo– celebraremos también la fiesta de la Asunción de María. ¿Verdad?”.

“¿Y cuánto costará?”, preguntó una muy práctica en la administración, con el billetero vacío. “Para empezar sólo 2,090 colones y en la caja tenemos ¡un colón!”. Todas se rieron, pero Sor María continuó impertérrita: “Y los necesitamos enseguida porque mañana es el último día de trabajo antes de la fiesta, y hemos de comprar lo que necesitamos, precisamente mañana”.

Se volvieron a reír. Pero, llegó la directora y… se callaron, Sor María le dijo amablemente: “Hermana directora, hemos deliberado en el grupo celebrar la fiesta de la Asunción, ¿qué le parece? Necesitaríamos 200 colones.

¿Sólo doscientos colones?, preguntó la directora.

—Sólo doscientos.

—Bien. Aquí están –y le entrega un sobre– un señor lo ha traído ahora, para los niños pobres.

Hubo un grito de admiración por parte de las pequeñas misioneras. Dijo Sor María: “¿Y qué más pobres que los niños de Oratorio?”. Así “quedó establecida la fiestecita de la Virgen en el día de la Asunción”.

Ellos siempre le oían y cumplían y le ayudaban en sus necesidades para los pobres y necesitados.

Pidámosle al Señor que nos enseñe amarlo, acercándonos a él especialmente con la Eucaristía si se puede diariamente alimentarnos con su cuerpo y sangre, el verdadero alimento espiritual que nos da la fuerza para evitar las tentaciones y estar siempre cerca del Señor.

La autora es miembro de la Asociación Sor María Romero

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