Luis Sánchez [email protected]
En el último número de la Revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua se publica el artículo “Estrada y Chamorro, ‘El Cincinato’ y ‘El Bayardo’ de Nicaragua”, escrito por el polígrafo nicaragüense y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA, Jorge Eduardo Arellano.
Arellano recuerda que: “A José Dolores Estrada el escritor Enrique Guzmán lo llamaría ‘nuestro Cincinato’, aludiendo al general y político romano, cónsul en 460 antes de Cristo, que labraba su campo cuando llegó la Embajada del Senado para comunicarle que le había sido dado el poder. Venció y volvió a empuñar el arado”.
Cincinato (su nombre era Lucío Quinto; Cincinato, que significaba crespo o colochón, era un apodo), nació en el 519 y murió en el 438 antes de Cristo). Siendo un prominente político y militar, Cincinato renunció a sus honores e investiduras y se fue a trabajar la tierra (él mismo empuñaba el arado), molesto porque su hijo fue exiliado después de enfrentar verbalmente a los tribunos (jefes de tribu y representantes de la plebe); aunque según otra versión renunció porque siendo patricio se oponía al excesivo poder que tenían los tribunos.
Pero he aquí que las tribus de los ecuos (los de a caballo) invadieron el país y avanzaban hacia Roma. Entonces el Senado (consejo de los ancianos) consideró que sólo Cincinato con su inigualable valentía y talento militar podría salvar la ciudad. De manera que lo nombró Dictador (cuya palabra es ley), cargo que duraba seis meses y confería un inmenso poder.
Cincinato vistió la toga orlada de púrpura, propia del Dictador, llamó a los ciudadanos a las armas y partió a enfrentar a los ecuos, a los que venció en uno, dos y en todo caso en no más de cinco días, según las distintas versiones. Luego regresó triunfante a Roma, pero a pesar de que el pueblo lo aclamaba y el Senado le rogaba que siguiera en el poder, Cincinato entregó la toga de Dictador y regresó a su finca, a seguir labrando la tierra.
Veinte años después una hambruna azotó a los romanos y muchos de ellos, desesperados, se arrojaban al río Tiber. Así las cosas, el ambicioso y aventurero Espurio Melio quiso asaltar el poder para destruir la república. Y el Senado de nuevo nombró Dictador a Cincinato, a pesar de que tenía ya más de 50 años, pero el héroe, por su dedicación al trabajo y sus sanas costumbres, conservaba todo su vigor físico y capacidad intelectual. Y otra vez Cincinato dejó el arado y marchó a defender la república y la libertad, e igual que antes, después de derrotar al enemigo rechazó los halagos del poder y volvió a su finca a continuar manejando al arado.
De manera que para los romanos —y después para toda la humanidad— Cincinato fue un símbolo de la virtuosidad cívica, paradigma del hombre que sube al poder sólo para servir a su pueblo, no para servirse de éste.
Por eso —dice Isac Asimov en su obra La República Romana— cuando terminó la guerra de independencia norteamericana, a George Washington lo llamaban “el nuevo Cincinato”; y los oficiales del ejército revolucionario fundaron la Sociedad de los Cincinatos (Cincinati), y en 1790 dieron ese nombre a la ahora gran ciudad que se yergue a orillas del río Ohio.
Y por eso también don Enrique Guzmán llamó “nuestro Cincinato” al héroe de San Jacinto, José Dolores Estrada, de una estirpe de hombres que al parecer no hay ahora en Nicaragua, y en cambio abundan los Espurio Melio.