Joaquín Absalón Pastora
Don Manuel Arana Valle se fue de este mundo dejando frutos germinantes en cuanto a modernizar los rizos de Hertz y contribuir a que la comunicación en más de cinco décadas, tuviese la importancia que antes no vislumbraba.
Manuel Arana Valle dejó a su Granada natal después de innovar el sistema de radio-aficionados, de pulsar las noticias a través de los parlantes callejeros y de montar Radio Sport. Se instaló en Managua para fundar Radio Mundial, cuyo nombre está ligado a la historia oriunda en varios aspectos.
Fuera de la distracción sentimental propiciada por las radio-novelas, lo que más me interesa destacar es el compromiso que él tuvo y retuvo con el periodismo independiente mucha de cuya membresía hizo trajines riesgosos tras los aleros de su radio, incluido el Mártir de las Libertades Públicas, doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal con su noticiero La Prensa en el Aire.
Más de la mitad de su vida este personaje la expuso al peligro. El lapso era dorado desde el punto de vista externo más no así desde el ángulo interno en que cada uno de los periodistas sentíamos caer sobre la cabeza la Espada de Damocles. Ese período coincidió con los años más tormentosos padecidos por el pueblo nicaragüense, durante la dictadura somocista, los cuales tuvieron su “punto de partida” con una seguidilla de balazos impulsados por las manos obreras y poéticas de Rigoberto López Pérez contra Anastasio Somoza García.
De ahí despegaron los compromisos que Radio Mundial debía asumir con la perseguida oposición. Para la lucha con fuste de intrepidez patriótica no hubo nunca por parte del propietario ningún acto de censura, hasta que el 5 de agosto de 1958 en el gobierno de Luis Somoza, delincuentes jefeados por la Nicolasa Sevilla se encargaron de destruir a la emisora, vapuleada la humanidad de su propio dueño.
Aún así después de la agresión la política de la estación no cambió y, por el contrario, se llenó de superior bravía al enfrentarse a otro monstruo: el código de radio y televisión cuyo artículo 47 tenía la potestad de sancionar con multas desproporcionadas a los medios y de cerrarlos en los casos de reincidencia.
Anastasio Somoza Debayle transfigurado en una fiera lo llamó para decirles: “Manuel, de ahora en adelante cero política”. En la reunión posterior con los periodistas que dirigíamos los noticieros independientes de su emisora, el advertido no mostró ninguna señal de temor y mas bien apoyó el derecho de informar y de opinar.
Nunca fue político. Demostró ese singular desinterés cuando el doctor Fernando Agüero Rocha –de ello fui testigo– le ofreció la candidatura a la Vicepresidencia por el Partido Conservador como reconocimiento a la solidaridad a favor de su campaña. La propuesta fue cortesmente rechazada.
Dentro de las muchas aristas con que podría calificársele y dejando para un libro otras estampas, veo a Manuel Arana Valle como un defensor de la libertad de expresión, talante que lo hizo beneficiario del premio nacional de Humanidades otorgado por unanimidad por las más altas autoridades culturales del país.
Creo que la prole actual vinculada a la comunicación social debe conocer y reconocer a estos arquetipos. Corresponde a la nueva militancia del espectro radiofónico darle continuidad a la fibra de ese tejido por polifacético y global.
Porque ejemplos de la naturaleza expresada alcanzan en todo presente donde está ausente la indocta y fútil ambivalencia.
El autor es periodista.