- Hace 29 años, Alexis tumba a Rubén en aquel round 13
Edgard Tijerino M. [email protected]
Veintitrés de noviembre de 1974. El Forum de Los Ángeles echa humo. De pronto, aquella izquierda envió un mensaje macabro.
Fue fulgurante y precisa, producida por un swing trazado por Leonardo, tan enigmático como la sonrisa de la Gioconda que ilumina el Louvre, y Rubén Olivares se derrumbó dramáticamente, como el cíclope frente a Ulises.
Me sentí estremecido por un sismo, próximo al 8 ó 9 en la escala Richter, y así se sintió Nicaragua entera.
Escuchen esto: nunca se dejen arrastrar por el calor de la sangre. El machismo te traiciona y te empuja al suicidio. ¿No es así Rubén?
La esquina de Alexis Argüello ofrecía una llamativa combinación de imágenes. El Curro Dossman vibraba como cuerdas de guitarra obedientes a los dedos magistrales de Eduardo Araica; la frialdad de Miguel Ángel Rivas, nuestro Kid Pambelé, parecía permanecer inalterable como una noche apacible no necesitada de ninguna Luna, ocultando su angustia; un poco atrás, Eduardo Román no podía controlar su gesto de asombro y sus ojos desmesuradamente abiertos denunciaban esa inquietud enloquecedora; y a un lado, el panameño Harmodio Icaza, daba la impresión de “olfatear” como si fuera un sabueso graduado con honores, la oportunidad dorada que todo noqueador espera fabricar en algún momento.
Atrás había quedado la arquitectura boxística hasta cierto punto deslumbrante, de un Rubén Olivares empeñado en hacer trizas los pronósticos. En ese momento de expectación suprema, cuando Alexis cambió su pasaporte al infierno por uno directo al cielo y en primera clase, Olivares estaba adelante en las tarjetas.
¡Maldita imprudencia! ¡Qué caro me costaste!, dijo Rubén en los vestidores, cuando ya todo estaba consumado.
Después de haber quedado pecho en tierra y soltado el protector bucal, Olivares se levantó de la lona, escuchó imaginariamente la estimulante música de los mariachis y se lanzó de frente a las bayonetas.
Alegremente, como su manera de vivir. Y murió.
Frente a la temeraria propuesta de un furioso cambio de golpes, los puños de Argüello, destructivos, funcionaron impecable e implacablemente, y el azteca volvió a derrumbarse.
El árbitro Dick Young sabía que todo había terminado.
Ocurrió hace 29 años y el rugido de la multitud continúa provocándonos escalofríos.
Ahí, en la cima de la montaña, con sus brazos extendidos, Alexis Argüello, el primer nica en conquistar una corona mundial, elevaba una plegaria al Creador.
¡Gracias Señor!, dijo, sujetando las lágrimas mientras un nudo bloqueaba su garganta y el corazón gemía aceleradamente, con la agitación de un pájaro que trata de salir de la jaula.
Un confuso montón de desperdicios. Escombros y fatiga por doquier. Esa impresión me atrapó en el camerino de Olivares, quien antes de subir al ring, había advertido con una confianza absoluta: “No me asustan con el petate del muerto. Lo voy a desequilibrar. No sabrá que hacer”.
Naturalmente, nadie le creyó.
“Todo listo para que Olivares se corone”, tituló por la mañana el diario Esto. “Rubén, sin alcanzar su mejor forma, no tiene chance”, apuntó La Afición. “Argüello, exuberante, puede abreviar la pelea”, Excelsior. “No se puede defender un título entrenando dentro de una botella”, advirtió el columnista Manuel Seyde.
Pero Olivares sorprendió a todos desplegando un boxeo pleno de habilidad, como si fuera Manolete o El Cordobés en una tarde de inspiración, hasta que ingresó al territorio del atrevimiento sin límites, y murió, tan bruscamente como partido por un rayo.
Saliendo del fabuloso Forum de Inglewood, me detuve, volví a ver hacia atrás, fijé nuevamente las imágenes, y escuché con claridad el eco: “¡Mátalo flaco!… ¡Mátalo!”
HISTÓRICO
En febrero de ese 1974, Argüello había fallado en su primer intento de coronarse frente a Ernesto “Ñato” Marcel en Panamá.
El entrenador mexicano Pepe Morales fue despedido y reemplazado por el panameño Ramón “Curro” Dossman.
Eduardo Román consiguió el aporte de Harmodio Icaza, muy vinculado a las esferas de mando de la AMB, y rápidamente se aseguró la pelea con Rubén Olivares, vencedor de Utagawa.
George Parnassus y Norman Kaplan se movieron hacia Nicaragua para ver al explosivo flaco pinolero, lo suficientemente evolucionado, destruir al canadiense Art Haffey, preparándose para ir en busca de Rubén.