Anita de Holmann
Toda la vida de Sor María Romero era práctica de amor, manifestación de la bondad de Dios, una vida tan extraordinaria y tan sencilla a la vez, que da como certeza que sería glorificada con el honor máximo en los altares.
Todas las mañanas pasaba largo rato delante de Jesús Sacramentado, en oración, en conversación amorosa. Se le veía siempre escribiendo en papelitos y haciendo planes y dibujitos de lo que tenía en mente realizar. Lo hacía todo en unión y compañía con la Santísima Virgen y Jesús Sacramentado. Todos los sábados, después del desayuno, se iba a la capilla a tocar lindas piezas de órgano a sus amores. Alguien la oyó cantar en la capilla “O sole mío” y le dijo que no era una alabanza sagrada. Pero ella, sonriendo respondió: “Sé que le gusta a mi Reina”. Fue en uno de esos momentos ante el altar, cuando Sor María escuchó aún una palabra de su Señor. Ella en su queja encantadora dijo:
“A veces no rezo, Jesús; me distraigo pensando en ti”. Era un día de noviembre de 1969. Respuesta: “Aquellos son medios. Pero el que está unido a mí no necesita de ellos”. Qué amor más maravilloso y bien correspondido. En una de sus oraciones al Padre Eterno ella le dice: “Yo te amo con tu mismo amor, con el amor de todas tus almas escogidas, privilegiadas y predilectas”. Jesús Mío: “Me encierro para siempre en la llaga de tu Divino corazón, océano infinito de tu infinito amor, de tu infinita bondad, de tu infinita misericordia.
Ella siempre le correspondió principalmente a través de su amor a los pobres a quienes ayudaba todo el tiempo. En el año 1949, en la concentración de una fiesta (María Auxiliadora o Navidad) se tenía que pagar, sólo por el pan, 500 colones que no estaban, ¡claro! Llegó el panadero con los cestos llenos y entregó la factura a Sor María. “Es de suponer qué congoja nos invadió”, escribe ella misma. Pero, le dijo al panadero: “Espere por favor un momento”. Y mientras estaban ya despidiendo a los niños de la Primera Comunión, levantó la mente y el corazón hacia su Reina:
“Pon tu mano, Madre mía”. “Al abrir la puerta, apareció una cooperadora nuestra, feliz, con cara de pascua por habernos visto sin tener que hacer antesala”, le dijo a Sor María que cogiera limosna “que había ofrecido a la Virgen por la venta de unos terrenos”. Y se fue. En el sobre —bondad de María— habían 500 colones. El panadero los recibió con naturalidad, pero Sor María y las pequeñas misioneras pensaron en la “bondad de nuestra Madre Santísima y Jesús Sacramentado”.
Se quería celebrar la fiesta de la Asunción, invitando también a las mamás de los oratorianos y oratorianas. Dos días antes Sor María llamó a las misioneritas para preparar el acontecimiento. “Desde este año –dijo– celebraremos también la fiesta de la Asunción de María. ¿Verdad?”.
“¿Y cuánto costará?”, preguntó una muy práctica en la administración, con el billetero vacío.
“Para empezar sólo 2,090 colones y en la caja tenemos ¡un colón!”. Todas se rieron. Pero Sor María continuó impertérrita: “Y los necesitamos enseguida porque mañana es el último día de trabajo antes de la fiesta, y hemos de comprar lo que necesitamos, precisamente mañana”.
La autora es colaboradora de las Obras de Sor María Romero.