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El suplicio de los no fumadores
A principios de la semana pasada LA PRENSA publicó una información sobre las molestias que las personas fumadoras causan a las no fumadoras, en la Asamblea Nacional, y acerca del peligro de incendio que hay allí porque mucho se fuma pero no se toman las necesarias medidas de precaución.
En realidad, está comprobado que el humo del tabaco no sólo daña a los fumadores, sino también a las personas que no fuman pero que por estar cerca de quienes lo hacen se ven obligadas a inhalar el humo, y por eso se les llama “fumadores pasivos”.
Por eso es que en muchos países ya se han dictado leyes que prohíben fumar, o que restringen el fumado a áreas especialmente determinadas para no molestar ni dañar la salud de los no fumadores, de acuerdo con el principio de que nadie está obligado a respirar el humo ajeno y sobre todo de la imperiosa e ineludible responsabilidad de proteger la salud pública. Inclusive, el 21 de mayo de este año representantes de 192 países que son miembros de la Organización Mundial de la Salud (OMS), aprobaron en Ginebra, Suiza, el Convenio Marco para el Control del Tabaco, que compromete a los signatarios a tomar medidas para crear ambientes libres de humo, promover hábitos saludables sobre todo entre los jóvenes, aumentar los impuestos a los productos derivados del tabaco para no reducir los ingresos fiscales, y prohibir o restringir bastante la publicidad y cualquier forma de promoción de consumo del tabaco.
Al consumo de los productos derivados del tabaco se asocian diversas, graves y mortales enfermedades, principalmente pulmonares, cardiovasculares, cerebrales y cánceres en los órganos internos. Además, la sociedad tiene que pagar un precio muy elevado por el tabaquismo, que se manifiesta en degradación de la calidad de vida, gran cantidad de muertes anticipadas, menor rendimiento laboral y una pesada carga para los servicios de salud.
Sin embargo no sólo las empresas productoras y comercializadoras del tabaco y sus derivados —cigarros y cigarrillos— se oponen a estas medidas sanitarias, por obvias y comprensibles razones. También los mismos fumadores están en contra de esas campañas y restricciones porque supuestamente violan sus derechos personales, alegan que en todo caso es su propia salud la que dañan, y aseguran que fumar es para ellos una necesidad y un placer.
Ciertamente, está comprobado que el humo del tabaco contiene óxido nítrico (que no es lo mismo que óxido nitroso, mejor conocido como gas de la risa), que produce el organismo humano para favorecer algunos procesos fisiológicos —como el control de la presión sanguínea—, además de que ayuda a concentrarse y rendir más intelectualmente. Específicamente, el óxido nítrico aumenta la liberación de dopamina y endorfina, neurotransmisores que causan sensación de bienestar. Pero es mayor el daño que producen las alrededor de 4,800 sustancias adictivas que contiene el tabaco, y peor para los no fumadores, que no sienten el alivio del óxido nítrico adicional pero sufren los males del tabaco.
En Nicaragua hay una Ley de Protección de los Derechos Humanos de los no Fumadores, promulgada en diciembre de 1996, que prohíbe (artículo 4) fumar en los edificios y centros públicos, incluyendo vehículos de transporte, salas de cine, restaurantes y muchos otros más. Además la Ley prohíbe (artículo 6) “la venta de cigarrillos o tabaco, en cualquiera de sus formas, a menores de 18 años”, ordena restringir la emisión de publicidad al consumo del tabaco y sus derivados, y establece otras disposiciones destinadas a proteger la salud de los no fumadores, y también de los fumadores.
Pero igual que ocurre con otras leyes de interés social, la de protección a los derechos de los no fumadores no se cumple de manera estricta. Y en la misma sociedad nicaragüense, en la que por razones conocidas prevalece una cultura —o anti cultura— de menosprecio a la libertad y falta de respeto al derecho ajeno, no hay iniciativas a favor de su cumplimiento, como se pudo apreciar con la falta de reacciones a la información que motivó este comentario editorial.
Y mientras tanto los no fumadores siguen inhalando el humo que expelen los fumadores y deteriorando su salud de manera inexorable e irreversible.