Hay que destruir los SAM-7

Humberto Belli Pereira

Nicaragua debe destruir ya sus misiles SAM-7. Como país no tenemos absolutamente nada que ganar conservándolos y sí tenemos mucho que perder. Además, existen razones de ética universal que sugieren que destruir dicho arsenal es la ruta moralmente adecuada.

Nicaragua no gana conservando esos misiles porque su valor militar, como instrumentos de defensa, es prácticamente nulo. Los SAM-7 son artefactos obsoletos en el sentido de que no tienen la capacidad de interceptar aviones caza de ataque, como los pocos F-5 operacionales que podrían quedarle a Honduras. Nicaragua no está más segura ante una agresión externa teniendo miles SAM-7. Éstos solamente son efectivos contra aviones comerciales o militares al momento del descenso o despegue. Los SAM-7 son, por tanto, un arma ideal en manos de terroristas. Son portátiles y pueden ser mortíferos contra aviones de pasajeros volando bajo. Valor comercial militar como instrumentos defensivos no tienen. Lo único que poseen es un valor en el mercado negro de armas homicidas e ilegítimas de alta destrucción. Algo similar al valor de la cocaína. Vale en el mundo de las mafias pero no tiene valor comercial en el mercado legal.

Conservar esos mísiles es extremadamente arriesgado. Los grupos terroristas, desde las FARCS colombianas hasta Al Qaeda, podrían estar dispuestos a gastar millones de dólares para adquirir algunos de ellos. El sistema de vigilancia más exigente sería vulnerable ante la tentación permanente de altas sumas de dinero y, en cualquier caso, sería caro. Estaríamos gastando en guardar armas inservibles para el país con el riesgo de que terminen en manos tenebrosas. Si esto último llegara a suceder, las consecuencias para Nicaragua serían imprevisibles. En el primer atentado contra las torres gemelas los terroristas involucrados portaban pasaportes nicaragüenses. Armas de origen nicaragüense cayeron recientemente en manos de terroristas colombianos. Un incidente terrorista con un SAM-7, sustraído de nuestros arsenales, nos convertiría a todos en miembros de una nación marcada, y traería inevitablemente represalias o sanciones muy severas. En la guerra a muerte mundial contra el terrorismo las medias tintas no caben. Como nación debemos cooperar en que no se le brinde a los terroristas la más mínima oportunidad de realizar sus planes.

Somos además un país amigo de los Estados Unidos. Buscamos su dinero y sus mercados y recibimos muchos fondos de sus contribuyentes. Los Estados Unidos han sido y seguirán siendo un aliado clave en nuestro esfuerzo por reconstruir Nicaragua. ¿Por qué no ofrecerles un gesto de reciprocidad o de amistad, en un tema que con sobrada razón les inquieta?

Propuestas como esperar a que se dé un esfuerzo concertado de los países del área para reducir sus armamentos no tienen sentido. Porque la desaparición de los SAM-7 no altera el equilibrio militar de la zona. Insinuar que los Estados Unidos deben compensarnos a través de lanchas rápidas, helicópteros u otros equipos es también una reacción oportunista, que sería muy mal recibida por la comunidad internacional. Es equivalente a decirle a Estados Unidos: “A mí no me sirven estos misiles que a ustedes los horrorizan. Pero si quieren que los destruya, denme algo a cambio, de lo contrario, continúen con su miedo”. ¿Conservaría usted el aprecio por un amigo que le hable de esta forma? Además, ¿no es más digno hacer una acción correcta sin demandar nada a cambio, que hacerla por un plato de lentejas?

La amistad y la cooperación entre naciones se nutre y cimienta a través de acciones que indican buena voluntad, comprensión y capacidad de dar. Nosotros que hemos estado mucho rato con la mano extendida, ¿vamos a regatearle a los amigos unas bagatelas que sólo aprecian los terroristas?

Destruir los SAM-7 es una decisión patriótica y ética. Nicaragua no será un país más débil ni un país más pobre el día siguiente de destruirlos. Por el contrario, habrá ganado en prestigio mundial y habrá abonado amistades valiosas. Habrá también contribuido a la causa de la paz, poniendo su grano de arena a que la vida de civiles sea menos peligrosa que antes. Ojalá que el presidente Bolaños, comandante supremo del Ejército Nacional, actúe con la decisión y valentía que lo ha caracterizado, y limpie pronto nuestra Patria de instrumentos de destrucción que sólo pueden servir a los perversos.

El autor es analista político.

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