Los riscos del Río Viejo y… la Cueva del Ermitaño

Textos: Mario Fulvio EspinosaFotos: René Ortega Durante los primeros siglos del cristianismo y aún en plena Edad Media, un recurso para encontrar la perfección y la santidad era retirarse a la soledad del desierto, para vivir en oración y en prácticas severas de penitencia. Deliciosos son los relatos que hace Giovanni Boccaccio en su libro […]

Textos: Mario Fulvio EspinosaFotos: René Ortega

Durante los primeros siglos del cristianismo y aún en plena Edad Media, un recurso para encontrar la perfección y la santidad era retirarse a la soledad del desierto, para vivir en oración y en prácticas severas de penitencia.

Deliciosos son los relatos que hace Giovanni Boccaccio en su libro El Decamerón, sobre la vida de algunos ermitaños, entre ellos el pícaro Rústico, que al recibir la visita de la candorosa Alibech, la utiliza para meter su demonio, que anda suelto y soberbio, en el infierno de la joven. La obra de Boccaccio constituye una denuncia demoledora sobre las imposiciones eclesiásticas de su época.

Fueron pocos los casos de anacoretismo en América Latina. Santa Rosa de Lima, por ejemplo, se construyó una celda en el último lugar de su casa para vivir separada del mundanal ruido. Pero sorpréndanse, Nicaragua también tuvo su ermitaño, fue un cura de apellido Cermeño que, para aislarse de la vida mundana fue a recluirse en una cueva que cavó en las paredes del profundo cañón que en su recorrido de siglos ha formado el río Viejo en las cercanías de San Rafael del Norte.

Según el sanrafaeleño don Tomás Herrera, Cermeño llegó a esos riscos entre los años 1886 y 1887, se recluyó en la cueva y la única visita que aceptaba era la del padre Clemente Lanzas, el primer cura que tuvo San Rafael.

Sin embargo, otra versión nos la dio el artista norteño Lautaro Ruiz Mendoza, quien afirma que Cermeño era un cura de la Diócesis de León, que cayó en el pecado de blasfemia. Por esa razón el obispo fray Antonio Valdivieso le ordenó recluirse en soledad y con voto de silencio. Fue así como llegó al agreste desfiladero del río Viejo, donde excavó su vivienda.

“Vino muy joven, como de 22 años, y muy pronto envejeció. Se alimentaba de frutas del entorno y de los peces del río. Ese era su mundo. Nadie le visitaba pues su apariencia desaliñada y barbada infundía miedo.

“El único que se atrevió a llegar hasta esa cueva fue ‘don Goyo’ (‘don Gregorio de la Miel Castaña’, personaje pintoresco de esa región) quien dio a Cermeño algunos consejos sobre los misterios del silencio y la absoluta soledad”.

“Este señor peludo –cuenta ‘don Goyo’–, estuvo enamorado de una mujer, pese a ser cura propiedad de Dios, y eso arrechó a fray ‘Toño’ Valdivieso, que lo mandó para acá.

“La verdad, dijo el popular personaje norteño, que yo nunca me metería en esa cueva, ni dejaría por penitencia a mis 59 mujeres y 32 hijos”.

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