La Cumbre de Santa Cruz

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La Cumbre de Santa Cruz





Desde ayer viernes se está celebrando, en la ciudad boliviana de Santa Cruz, la XIII Cumbre Iberoamericana, que concluye hoy. Por cierto que en este cónclave no participó el Presidente de Nicaragua, Enrique Bolaños, al parecer porque tenía que reunirse con Daniel Ortega a fin de negociar asuntos pendientes para el ingreso de Nicaragua a la categoría HIPC, y por eso mandó en su lugar al vicepresidente José Rizo.

Es muy posible que la decisión del presidente Bolaños de no participar en la Cumbre Iberoamericana de Santa Cruz, haya sido considerada como un desaire por los reyes don Juan Carlos y doña Sofía, y por el Presidente del Gobierno español, José María Aznar, pues las cumbres iberoamericanas que se celebran desde 1991 son auspiciadas por España que es o se considera como padre espiritual y líder cultural de la así llamada “comunidad iberoamericana”.

En realidad, aunque en términos generales se considera que son inútiles estas cumbres —todas ellas, no sólo las iberoamericanas— que se celebran con frecuencia por los más diversos motivos, sin embargo para los gobernantes de los países que tienen más poder económico y liderazgo político, son muy importantes.

Sin embargo, muchas otras personas consideran que alguna utilidad deben tener esas reuniones gubernamentales para los países pequeños y débiles, como Nicaragua, aunque sea porque en ellas se ponen a discusión problemas que los afectan directamente, y a veces, además de pronunciarse elocuentes discursos se acuerdan programas de cooperación y de acción conjunta. En el caso específico de las cumbres iberoamericanas, éstas son particularmente importantes para España —o mejor dicho para sus gobernantes, monarquía incluida—, que es sin duda la fuerza aglutinante de la comunidad de naciones iberoamericanas, las que no obstante su diversidad tienen problemas básicamente iguales, raíces culturales comunes y, por lo tanto, una vocación de futuro igualmente común.

Ahora bien, según coinciden en señalar destacadas e influyentes personalidades regionales, como por ejemplo el ex presidente uruguayo Julio Sanguinetti, el escritor mexicano Carlos Fuentes y el intelectual argentino Santiago Kovadloff, quienes recientemente se reunieron en un lugar de Brasil para filosofar y compartir ideas sobre los problemas de América Latina, la verdad es que no puede esperarse mucho de bueno de esta cumbre, y de ninguna otra, mientras siga siendo la región con mayores desigualdades del mundo; una desigualdad que, aseguran, afecta gravemente el crecimiento económico y el desarrollo social, sobre todo porque esencialmente se trata de una desigualdad educativa y cultural.

De manera que de nada o de muy poco sirve, en términos generales, que en las cumbres de líderes iberoamericanos se hagan grandes y solemnes declaraciones que en su mayor parte ni siquiera se intenta posteriormente cumplir —y el peor de los casos es el de Fidel Castro, que firma cuanta declaración de defensa de los derechos humanos, la democracia y la libertad le ponen enfrente, pero sigue sometiendo a la mayor parte de su pueblo a una cruel tiranía que aplasta los derechos y libertades más elementales—, mientras no haya una voluntad sincera de reconstruir y fortalecer las instituciones, y ante todo las culturales, que según dijo en la reciente reunión de Brasil el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Enrique Iglesias, “generan dinero, generan divisas, generan ciudadanía”.

Sin duda que los temas que se están discutiendo en la Cumbre Iberoamericana de Santa Cruz son reales, variados y complejos. Se discute, sobre todo —igual que se discutió en las 12 cumbres anteriores— problemas tan acuciantes como la pobreza y la exclusión social, la necesidad de preservar y fortalecer la democracia, la integración comercial, la lucha contra la corrupción política institucionalizada, la colaboración institucional e inclusive militar en el combate contra el narcotráfico y, por supuesto, la defensa de los derechos humanos. El problema es, sin embargo, que después de la Cumbre sólo se espera la siguiente para seguir discutiendo los mismos asuntos.

Desde ese punto de vista pareciera tener razón el presidente Bolaños de no haber querido ir a Santa Cruz y mandar en su lugar, como premio de consolación, a su Vicepresidente marginado. Pero también ha cometido una mayúscula pifia diplomática al desairar a España y a sus reyes, que mucho han ayudado al pueblo de Nicaragua y a sus mismos gobernantes.

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