Increíble absurdo global

Manuel F. Ayau CordónAIPE

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Increíble absurdo global


Manuel F. Ayau Cordón
AIPE




CIUDAD DE GUATEMALA.- En Europa y EE.UU. se preocupan por el desempleo provocado por la mano de obra barata de África, China y América Latina. Tal preocupación recuerda cuando en EE.UU. los trabajadores agrícolas se quedaban sin empleo por el uso de tractores. Con maquinaria la productividad agrícola aumentó tanto que hoy el 3 por ciento de la población produce más en menos tierra que cuando el 60 por ciento de la población se dedicaba a labores agrícolas. Los pocos que se quedaron en la agricultura ganan hoy diez veces más que antes, y los que se fueron también. Pero ¿qué pasó con los trabajadores desplazados? Se fueron a la industria y a empresas de servicio a producir para mercados que antes de la aparición de tractores no existían. El aumento de productividad agrícola permitió producir más barato y así aumentar el poder adquisitivo de toda la gente, mejorando su nivel de vida y acceso a nuevos productos que alguien tendría que producir.

Lo mismo pasa en la industria de EE.UU. donde la productividad ha aumentado 6.8 por ciento últimamente debido a la inversión de capital, informática, robotización, etc. Mientras la producción industrial se triplicó de 1965 a 2002, la fuerza laboral industrial disminuyó en 1.3 millones. Igual que en la agricultura. ¿Qué pasó con los trabajadores desplazados? Se fueron a producir servicios para los cuales antes no había mercado. La producción industrial aumentó pero bajó como porcentaje del PIB debido al aumento de otras actividades Aunque el empleo industrial bajó en unos 2.5 millones en dos años, otras actividades pronto van creando empleos que la prensa no considera noticia.

Las importaciones baratas, así como los aumentos de productividad, liberan recursos para producir y consumir nuevas cosas que crean empleos. En discusiones sobre la globalización se oye la opinión, tan común como equivocada, de que lo importante es producir y no consumir, trabajar y no divertirse, exportar y no importar. Pero no debemos confundir medios con fines: trabajamos, producimos y exportamos como medio para consumir buenos alimentos, disfrutar de la vida, de la compañía de nuestros seres queridos, del buen cuidado de la salud, de satisfacciones espirituales, etc.; es decir, para lograr nuestro fin de consumir.

Los europeos y los gringos se preocupan porque “exportan empleos” a países con mano de obra barata y entonces ponen impuestos de importación para proteger a sus productores. ¡Se “protegen” de economizar en sus compras en vez de aprovecharlas! Lo absurdo es evidente si el argumento lo llevamos al extremo: ¿qué pasaría si China dispusiera mandarles todo gratis? ¡Horror! Ya no se tendría que exportar nada para poder pagar y disfrutar de las importaciones. Otro ejemplo: imagínense de cuántas cosas nos tendríamos que privar y cuánto más difícil sería la vida si no aprovecháramos la luz que gratuitamente nos manda el Sol todos los días. Piensen en todo lo que hacemos con los recursos liberados por el “dumping” solar. ¿De cuántas cosas tendríamos que prescindir para alumbrar las casas y las calles durante el día? ¿Cuánto más pobres seríamos sin ese regalo del Sol? Pero no faltará algún tonto que diga cuánto desempleo ha creado el Sol.

Increíblemente, Europa, Japón y EE.UU. castigan a su gente primero con impuestos para subsidiar la ineficiencia económica de sus productores agrícolas. Después los castigan con impuestos deliberadamente establecidos para impedirles el beneficio de importar. Y, para colmo, castigan a su gente con más impuestos para subsidiar sus exportaciones y arruinar así los mercados agrícolas de los países pobres, donde, en consecuencia, menos podrán comprarles. ¿No es todo eso un increíble absurdo global?

El autor es ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.

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